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LOS DEBATES Y SUS REGLAS

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 25 de febrero de 2008, 21:33h
Uno de los grandes expertos norteamericanos en elecciones, Theodor White, escribía hace ya algo más de un cuarto de siglo que "los debates en televisión cambian los votos más que cualquiera otra acción concreta en el tramo final de la campaña". Desde entonces se ha repetido esa idea casi como un mantra, aunque las experiencias son muy diversas y no confirman siempre esa idea. ¿Quién puede dudar de que lo deseable para un candidato es ganar, en cualquier caso, los debates en que participa? Pero, ¿qué significa ganar? No hace mucho un experto en estas cuestiones me decía que lo importante no es tanto lo que sucede en el curso del debate como lo que cuentan después los medios. Hace bien poco veíamos cómo el debate Solbes-Pizarro era relatado de modo radicalmente distinto por unos u otros medios, según sus supuestas simpatías políticas. El eco del debate llega mucho más allá que el debate mismo y el espectador medio acaba a veces diciéndose: "Yo creía que había ganado X, pero parece ser que el ganador es Y, según dicen los periódicos". Cuando en el año 93 se celebraron dos debates entre González y Aznar, en el primero de ellos el ganador incontestable fue este último, líder entonces de la oposición. Y no pocos comentaristas nos aseguraron que Aznar perdió las elecciones precisamente como consecuencia del debate que ganó, ya que sirvió para movilizar a una izquierda radical que, harta de la corrupción del PSOE, había decidido abstenerse. Al inteligente grito de "¡que viene la derechona!" esta gente se decidió a dar sus votos a González, aunque fuera tapándose la nariz.

Como los debates son voluntarios -aunque poco reflexivamente hay quien ha pedido que se hicieran obligatoriamente- la regla de oro es que quien se perfila como ganador no suele aceptar enfrentarse con aquel a quien se considera perdedor. Pero ya sabemos que esos cálculos son muy aleatorios. Lo deseable es que haya debates, porque a los electores les gustan, pero sabiendo que si a veces sirven para que los indecisos se decidan, en otras ocasiones pueden incluso incrementar el número de éstos. La contundencia en el debate no siempre es positiva. El viejo zorro de la política que fue Mitterrand decía que "en televisión importa menos lo que se dice que lo que se ve". Y lo puso en práctica en un famoso debate con Chirac en 1988. Este último estuvo solidísimo y contundente pero muy exaltado, mientras Mitterrand jugó a "la fuerza tranquila" y ni se inmutó ni se molestó en contestar las cuestiones que le planteaba su adversario. Si después se leía el texto de las intervenciones era evidente que Chirac había sido superior, pero las imágenes le mostraron agresivo e incluso faltón y eso le perdió. Algo parecido le pasó el año pasado a Ségolène Royal frente a Sarkozy. La candidata socialista no sólo no siguió la citada máxima de su primer mentor, sino que, además, estuvo mucho más floja en el fondo de los temas. Y de nada le sirvió su agresividad y su pasmosa falta de educación. Por el contrario, el hiperactivo Sarzozy supo contenerse, hizo alardes de corrección y no sólo ganó el debate sino las elecciones.

La importancia de "lo que se ve" incluye, por supuesto la presencia del candidato, que debe mostrarse tranquilo, aunque puede ser útil hacer algún gesto de desaprobación o sorpresa cuando el contrincante miente o exagera. En cuanto a "lo que se dice", quien debate debe tener muy claros los tres o cuatro mensajes que quiere transmitir, repitiéndolos con ocasión o sin ella. Es evidente que sobran farragosas explicaciones y diluvios de cifras, aunque unas cuantas cifras, bien elegidas y bien repetidas pueden ser muy útiles. Es muy conveniente hacer un uso medido de la ironía, para dejar en evidencia al adversario, como lo es "poner alguna trampa" que obligue al adversario a una esperada respuesta, que se puede después utilizar en beneficio propio. Y tiene también enorme importancia no dejar pasar ni un solo error, equivocación o mentira: hay que abalanzarse sobre ellos inmediatamente o en cuanto se pueda. En resumen, quien debate tiene que estar muy seguro de sí mismo, consciente de las trampas que le va a poner el de enfrente, convencido de sus mensajes y pensando siempre no tanto en la circunstancia inmediata -el estudio en que se desarrolla el debate- sino en los millones que le están viendo y que él no ve. Al final siempre quedará una duda ¿quién mejor debate es quien mejor gobernará? Los americanos se lo preguntan ahora respecto de Obama, que arrastra multitudes, pero que tiene menos solidez que Hillary Clinton.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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