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crítica

Shashi Tharoor: Nehru. La invención de India

jueves 01 de octubre de 2009, 20:02h
Shashi Tharoor: Nehru. La invención de India. Traducción de Victoria Ordóñez Diví. Tusquets. Barcelona, 2009. 280 páginas. 19,00 €
Al norte de Nueva Delhi, en las Colinas del Himalaya, se eleva la ciudad de Chandigarh. Construida completamente de la nada en los años 50, bajo los planes y el diseño del arquitecto modernista francés Le Corbusier, fue promovida con fuerza por el recién nombrado primer ministro Jawaharlal Nehru al poco de estrenar la independencia de su nueva nación, la India. Todo en ella debía ser un modelo de racionalidad, un monumento a la India moderna, libre de costumbres milenarias y supersticiones, pero también de su pasado colonial, libre para celebrar una nueva era. Hoy los errores de Chandigarh se detectan muy fácilmente. Las plazas vacías sin sombras no tienen sentido en el tórrido verano indio. Los edificios, perfectos en su hechura, son completamente ajenos a la tierra en la que se levantaron y a los habitantes que debían poblarla. La idea de Chandigarh fue sublime en su ambición, pero su destino fue el fracaso. Esta capital, construida para dar forma a la nueva visión nehruniana de la India, se erige ahora también como un recuerdo de las limitaciones que el plano ideal tiene sobre la realidad.

La imagen del Pandit Nehru, tan venerada en la India durante décadas y tan presente durante la segunda mitad del siglo XX en Oriente y Occidente, lleva ya años que vaga entre el silencio que la sepulta hacia el olvido y el descrédito con el que las nuevas generaciones indias señalan al hacedor material de su reciente Estado. Es más fácil recoger el legado de Gandhi, venerar la figura del Mahatma, fuerza espiritual y revolucionaria contra el Imperio y su idiosincrasia, que llevar en la memoria el trabajo que sentó las bases de una nueva nación, en suelos embarrados y poco estables, para la marcha en común de un pueblo que aún no estaba inventado. A este olvido no cabe duda que han influido muchos factores negativos directamente relacionados con el estadista, especialmente la controvertida gestión de su hija Indira Gandhi al frente del gobierno de Nueva Delhi tras la muerte de Nehru.

Pero hay ahora un movimiento de reivindicación del personaje que inventó una nueva y gran nación en el meridiano del siglo XX. Entre otras recientes publicaciones, destaca sin duda la breve semblanza que de él hace el diplomático anglo-indio Shahi Tharoor, que tiene un perfil político y profesional muy parecido al de su biografiado y que a punto estuvo, en 2006, de presidir las Naciones Unidas. En sus páginas sitúa muy acertadamente al personaje que a lo largo de los años ha sido objeto de muchas hagiografías y de otros tantos escritos demoledores. La distancia que dan los años y el conocimiento de la realidad india en la política y la sociedad nacional e internacional permiten a Tharoor navegar con soltura por la peripecia vital de Jawaharlal Nehru.

De amena lectura por lo bien escrito y por el interés que despiertan tema y personaje, la conclusión de este recorrido biográfico es sin duda la mejor parte del libro. Tharoor elabora un resumen muy ajustado de los aciertos y fallos que el estadista protagonizó. Se desprende de estas líneas que la idea que Nehru tenía de la India se debió sobre todo a su procedencia y formación: miembro de las clases altas de Cachemira, fue educado en los mejores colegios de la élite de Inglaterra y tuvo, a partir de entonces, una visión anti-imperialista, de izquierdas e intelectual. Estas fueron las bases de su modelo de desarrollo, completamente contrario al que está implantado actualmente en la China: si Pekín apuesta hoy por una economía cada vez más liberal, en un Estado poco o nada democrático, Nehru prefirió la idea de un Estado liberal democrático con una economía de control. También su laicismo permitió dar forma coherente a su idea de gran nación: aunque nació en el seno de una familia perteneciente a las castas hindúes superiores, Nehru era un hombre secular convencido, cuyo deseo fue siempre mantener las pasiones religiosas al margen de la política. Pero si bien parece ésta una de las claves principales para convertir un continente entero, plagado de variadas lenguas, creencias y culturas, en una democracia moderna, la realidad sacudió estos esquemas, y el agresivo secularismo de Nehru le hizo incapaz de entender el mundo musulmán que temía la dominación hindú en la lucha por la independencia, y de contener el chovinismo religioso de la entonces pujante –hoy dominante– clase media hindú. Sin embargo, el balance sobre el personaje es más que positivo: sin Nehru no se habría podido asentar una democracia que, si bien es débil y flaquea por numerosos lados, aún se mantiene, a pesar de la violencia y corrupción que aloja. La mayoría de los líderes anticoloniales de Asia y África, si bien revistieron su discurso de elevada retórica democrática, acabaron traicionando las libertades y se convirtieron en tiranos peores que los imperialistas contra los que habían luchado y a los que habían derrocado. Pero no Nehru: tenía todos los ingredientes para haberse convertido en un dictador y sin embargo fue único en el trato parlamentario, en tomarse en serio los procedimientos políticos y en respetar las libertades, incluyendo a sus críticos.

No fue el gran discípulo de Gandhi únicamente el líder de un pueblo, el constructor de una nación; fue directamente su creador a través de una idea. La esencia de la India no se podía basar en los indicadores tradicionales que definen un nacionalismo: ni una sola lengua –la constitución de la India reconoce 22 idiomas oficiales y hay como mínimo 35 que son habladas por más de un millón de personas cada una– ni en la raza o la etnia –la palabra “indio” da cabida a una diversidad de tipos raciales en la que muchos indios (los punjabíes y los bengalíes, en particular) tienen más en común con algunos extranjeros desde el punto de vista racial que con otros compatriotas suyos– ni en la religión –la India es un Estado laico pluralista en el que encuentra acomodo toda religión que haya conocido la humanidad, con la posible excepción del sintoísmo– ni en la geografía –la geografía natural del subcontinente, delimitado por las montañas y el mar, se fragmentó tras la partición de 1947–. No se basa tampoco en el territorio, puesto que, por ley, cualquiera que tenga un solo abuelo nacido en la India anterior a la partición, es decir, fuera de los límites territoriales del Estado actual, tiene derecho a la ciudadanía. El nacionalismo, por tanto, es el de una idea: la que surge de una civilización milenaria, unida por una historia común y sostenida por una democracia pluralista, la idea que diseñó y puso en marcha Jawaharlal Nehru.

Por Margarita Márquez Padorno
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