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El mundo contra Roman Polanski

David Felipe Arranz
sábado 03 de octubre de 2009, 21:00h
Tan surrealista y tan cercano al teatro del absurdo parece el proceso abierto y vigente desde 1977 contra el genial cineasta Roman Polanski como la trama de uno de sus largometrajes más injustamente olvidados por la crítica: ¿Qué? (Che? 1972), rodada en Italia y en la que una joven norteamericana se refugia en una extravagante mansión habitada por personajes que diríase escapados de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Pocos como Roman Polanski se han atrevido a poner en imágenes piezas tan singulares como la obra de teatro de La muerte y la doncella de Ariel Dorfman o la novela Tess of the d’Ubervilles de Thomas Hardy y alcanzar cotas de calidad artística insuperables. Por la natural involución del alma humana, antes o después, el mundo siempre ingrato toma venganza de quienes han retado a la realidad, la han rasgado y han marcado la diferencia.

De Polanski puede afirmarse sin temor a incurrir en una exageración propia del cinéfilo que ha inventado un lenguaje propio partiendo del desasosiego. Repulsión (Repulsion, 1965), Callejón sin salida (Cul-de-sac, 1966) o El quimérico inquilino (Le locataire, 1976), son piezas maestras que descienden a los infiernos, protagonizadas por Eurídices y Orfeos que jamás encuentran a sus parejas. Cualquier cineasta avispado vería en la propia odisea de Polanski, escapando del juez californiano Laurence J. Rittenband, un material en bruto de primera categoría para realizar un largometraje en la línea de la escuela de Lodz, donde se formó el cineasta, ahora detenido en Zúrich por la violación de una menor, hace treinta y dos años. Lo más inquietante del caso es que la mujer, que tiene ahora cuarenta y cinco años, ha pedido oficial y públicamente que se archive el caso. Sin embargo, la fiscalía de Los Ángeles se ha mantenido implacable con quien perdió a su mujer –la bellísima Sharon Tate, a la que jamás nos cansaremos de ver en El baile de los vampiros, dirigida por él– y a su hijo nonato a manos de una secta satánica tras asaltar su casa de Los Ángeles.

El caso no está nada claro, una apreciación que ha manifestado todo el entorno judicial que ha rodeado el proceso, sin tener en cuenta la singular negociación y el acuerdo que en su día alcanzaron el abogado de Polanski y la fiscalía tras cuarenta y dos días de encierro del director en un psiquiátrico. El pacto alcanzado consistió en que Polanski reconocía haber mantenido relaciones íntimas con la entonces menor –trece años– tras una sesión fotográfica en una mansión de Mulholland Drive, a cambio de una desestimación de los cargos mantenidos contra él. En cuanto el autor de La semilla del diablo subió a un avión rumbo a Francia, su señoría el juez Rittenband dictó orden de búsqueda y captura contra él. El dolor sigue vertebrando la existencia de este creador singular y arriesgado, que jamás ha dado su brazo a torcer en una industria adocenada, incluso en sus proyectos más comerciales, en los que se atisba el marchamo inconfundible de la soledad y la locura. Sin ir más lejos, La novena puerta, mal recibida por la crítica en su día, hace palidecer muchas propuestas taquilleras de thrillers literarios, como las desopilantes El código Da Vinci y Ángeles y demonios, del cada vez más plúmbeo Ron Howard.

Para entender el universo polanskiano, sus influencias teatrales, plásticas e ideológicas, recomendamos el imprescindible ensayo de Diego Moldes, Roman Polanski. La fantasía del atormentado (Madrid, JC, 2005) para acercarse un poco a la vorágine creativa existencial en la que el director de El cuchillo en el agua (Nóz W. Wodzie, 1962) se ha visto envuelto a lo largo de su existencia. Polanski nos ha enseñado a través de sus películas a desconfiar de nuestros semejantes e incluso de nosotros mismos. Las voluntades, dice Polanski, se tuercen como los juncos en cuanto los empuja una suave brisa y se comban, cimbreantes, hasta los abismos de la desesperación. Ese punto lírico y doliente lo tocó en El pianista (Le pianiste, 2002), para quien esto escribe una de sus obras maestras, su ensayo en imágenes más acabado y descarnado. Lo han atrapado de la forma más burda: a Polanski le han puesto el cebo del galardón Golden Eye en Suiza y el cineasta francopolaco ha sido detenido en el aeropuerto. Con el prometedor proyecto de The Ghost entre manos –un escritor (Nicholas Cage) ha de reconstruir la vida de un antiguo Primer Ministro británico (Pierce Brosnan)–, a Polanski el fantasma de la envidia y el resentimiento lo visita de nuevo.

La persecución es el sino de los genios y lo lógico –dentro del despropósito kafkiano propio de El proceso– es que Polanski, que perdió a su madre en Auschwitz y a su familia en una carnicería brutal, recoja el testigo del mítico filme de Orson Welles protagonizado por un amedrentado Anthony Perkins, se tome la justicia por su mano y nos regale no tardando mucho otra maravillosa película… basada en los turbadores y demoníacos bandazos a los que nos someten las instituciones, la sociedad y nuestros imprevisibles congéneres.
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