Zapatero en Israel
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 16 de octubre de 2009, 22:07h
Afortunadamente Zapatero se ha desprendido de la kefiah palestina, que casi era una bufanda umbraliana en él, en su visita al Estado de Israel. Nos alegramos. Y nos sentimos orgullosos como españoles de que nuestro Presidente del Gobierno por fin viaje a Israel en visita de Estado. El alma de España contiene, al lado de nuestra gran mundivisión católica, un fuerte componente musulmán, que podríamos rastrear en multitud de vertientes culturales, y un insoslayable elemento judío. Ello nos obliga, por una parte, a sentir como esencialmente españolas la fortuna y la desgracia del mundo árabe y del mundo judío y, por la otra, a ser árbitros pacificadores de esas dos partes del alma española hoy enfrentadas y antaño coexistentes en el mismo solar patrio. Viajar Zapatero ( o cualquier otro mandatario español ) a Israel o a un país árabe es viajar también a nuestro rico subsuelo histórico, al mismo torrente circulatorio de nuestra sangre nacional, una entrañable y familiar marcha espeleológica al interior de nuestra alma. Esto sí que es Memoria histórica, y no otros episodios desgraciados de provisional coyuntura interpretativa. Averroes, Avicena, Maimónides o Sem Tob de Carrión han conformado más el alma Española y nuestra cosmovisión que los “suspirillos del norte” por atractivos que los veamos.
Del mismo modo que es pavoroso que la diplomacia española se arrodille ante la tumba de los descendientes espirituales del Gran Muftí de Jerusalén, Huseini, amigo entrañable del nazi Adolf Eichman, también se hace necesario el escrupuloso respeto de los derechos humanos por parte de los judíos hacia los palestinos, con la consiguiente denuncia española si esto no se cumple. Pocos pueblos deberían tener el grado de sensibilidad hacia los derechos humanos como los judíos.
Por otro lado, los contactos de Zapatero con los israelíes deberían haber sido aprovechados por la muy inteligente acompañante Ministra del Presidente, Cristina Garmendia, para entrar en contacto los departamentos de alta tecnología de nuestro país con la tecnología judía, uno de los sectores más avanzados de la ciencia mundial. En este momento de crisis le vendría muy bien a nuestro país ciertos resortes tecnológicos que hiciesen más competitiva nuestra lánguida economía.
No tenemos la potencia militar de los EEUU ni su prestigio dinamizador, pero ninguna nación de la Tierra tiene la posición histórica de España para hablar a sus hermanos árabes y judíos. Por eso, cada vez que un dirigente español pisa Israel o un país árabe se siente como un grandioso eco en nuestra conciencia nacional.
Acabada la Segunda Guerra Mundial, el general Juan Luis Beigbéder Atienza solicitó a Franco desde Washington que metiese a España en la Liga Árabe frente a un naciente Estado judío; cosa que malquistó a los judíos con el Régimen de Franco, aunque a éste jamás se le pasara por la cabeza meter a España adonde le proponía su general anglófilo y juanista. Pero esta anécdota histórica revela por lo menos que la cuestión árabe y judía ha latido siempre con gran fuerza en nuestro cuerpo nacional, como si se tratara de una herida propia.
Por eso, cada vez que un Presidente de España o un Rey de España visiten Israel o un país árabe deberíamos tomar la noticia con la alegría de quien contacta con un familiar, deseosos de recordar a los abuelos. Me decía un amigo judío en la época de Felipe González, cuando Israel puso por vez primera su embajada en España, que cuando un español habla como árbitro entre árabes y judíos es como si lo hiciese Burguiba, pero cuando les habla un estadounidense o un inglés, incluso un francés, es como si verdaderamente lo hiciera alguien de fuera, un extraterrestre. Obama tiene más poder que Zapatero, pero Zapatero debería saber que representa algo mucho más cercano a árabes y judíos que el todopoderoso Obama. Con Nobel incluido.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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