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Zapatero se esconde tras las faldas de Elena Salgado

martes 20 de octubre de 2009, 19:10h
No es fácil discernir lo que es más preocupante: la terrible conducción de la política económica del Gobierno, cuyos resultados son evidentes hasta para el más lego, o la satisfacción del propio Gobierno cuando explica su gestión.

La distancia entre la realidad española y la percepción de la realidad gubernamental se ha hecho tan abismal que sólo nos queda admirar la inefable cara dura con la que los coros y danzas de Zapatero defienden sus actuaciones (o la carencia de ellas); o bien alimentar nuestro lado compasivo porque, pobrecitos, no saben lo que hacen.

Pero, claro, los caraduras o los pobrecitos son los que se cuelgan la medalla gubernamental, los que llevan los coches oficiales y a quienes se saluda con bandera, banda y música. Para ser más precisos, son las señorías a las que pagamos con nuestros impuestos para que hagan algo más que tomarnos el pelo.

Y ésa es (la de tomarnos el pelo) la impresión primordial que causó el debate presupuestario de ayer. Un debate que sobraba, pues el proyecto del Gobierno sólo se sostiene en la ensoñación y en el voluntarismo, como han coincidido en señalar la inmensa mayoría de las instancias nacionales y foráneas relacionadas con el conocimiento de la economía. Pero el proyecto ya estaba políticamente salvado, porque el Gobierno siempre encuentra en los escaños del Parlamento algún grupo que pueda venderse por un plato de lentejas, honor bíblico que esta vez ha recaído señeramente en el PNV. El mismo PNV que se manifiesta al lado de los proetarras para defender la voz política para la banda terrorista Eta. Una vela a Zapatero, ay, y otra ¿también a Zapatero?

Con los votos en el buche, al Gobierno, con el protagonismo de la discretísima parlamentaria, dudosa gestora económica, e irritante portavoz de lugares comunes de oposición a la Oposición, Elena Salgado, sólo tenía que salvar el expediente de la comparecencia obligatoria. Pues, además, al Gobierno le importan una higa los Presupuestos tan rimbombantemente presentados, ya que, tal como hizo el año pasado, se los puede pasar por el forro de las previsiones a los quince días. Exactamente el tiempo en el que el Gobierno de Zapatero cambió radicalmente sus cálculos de 2009, sin que se le moviera un músculo de la cara.

El de este martes ha sido, pues, un esfuerzo inútil que, como todos, produce melancolía. La sensatez de Rajoy y de Duran y Lleida, al analizar las Cuentas, demostrar sus inconsistencias y reclamar una política económica basada en la regeneración del maltrecho tejido productivo español vapuleado en sus clases medias y trabajadoras, no sirve de nada ante el muro de iluminación zapateril, de sus fantasías oníricas, según las cuales todo lo que falla en España, todos y cada uno de sus parados, son productos de un hado maligno (que vagamente puede atribuirse a las burbujas capitalistas, y concretamente al PP y a los empresarios), mientras que él, Zapatero, el tocado por el dedo de Dios, es el que tiene las claves para resolverlo.

Unas claves bastante simples, que se resumen en dos. Primera: el saqueo a todo español en edad y capacidad de producir, vía impuestos indiscriminados. La segunda, derivar ese saqueo al supremo interés de la permanencia en el poder, a base de administrar dádivas (obtenidas por la recaudación) a algunos sectores electoralmente influyentes.

Por lo demás, el problema está resuelto. Los sindicatos de clase (de la clase pasiva izquierdista) ya se encargarán de adormecer en lo posible el mundo laboral; algunos nacionalistas cambiarán votos por nuevas prebendas irreversibles; y los medios de comunicación progubernamentales (algunos de ellos también prisioneros de la ayuda gubernamental) harán el resto.

El resultado es sencillo: España está abocada, según la inmensa mayoría de expertos, a un endeudamiento y a un paro estratosféricos. Ni una sola actividad relacionada con el famoso cambio de modelo productivo enarbolado por Zapateo (investigación, desarrollo tecnológico y científico, infraestructuras, valor añadido industrial) ha sido apoyada en estos Presupuestos. Sólo impuestos, exacciones, recaudaciones, trinques y sises.

Saldremos de la crisis más tarde y peor que los demás, pero tenemos algo que los demás no tienen. Una infinita paciencia para aguantar al Gobierno Zapatero, una credulidad gigantesca para digerir su demagogia.

Hay que reconocer que los españoles encajamos bien. Estoy seguro de que quizá la mitad de los parados están dispuestos a votar a Zapatero. Ese personaje que no es capaz de abordar en primera persona el debate más importante del año en una democracia, el que trata las cuentas del Estado. Momento en el que se mete detrás de las faldas de la vicepresidenta Salgado, a la que, al menos, hay que reconocerle una cosa: su inmenso respeto a las directrices de su Gran Timonel, el absoluto responsable del caos de la política económica española, hacia quien no perdió ojo en sus intervenciones, para subrayar todas y cada una de sus invectivas contra la Oposición.

Al menos, ellos dos se quieren, y todos sus compañeros socialistas de escaño están encantados (quizá porque no temen el paro). Lástima que todos los galones que llevan Zapatero y Salgado sean los del capitán del Titanic y su ayudante. Ese señor que sostiene impávido el rumbo de colisión, y esa señora que lo justifica con entusiasmo, porque la culpa no es del piloto, sino del iceberg internacional.
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