Un poco de sentido ético: els billets de Millet
martes 20 de octubre de 2009, 22:05h
Hace algunos años tuve ocasión de conocer por motivos profesionales, si bien tangencialmente, a Fèlix Millet, con el motivo periodístico de la firma de un convenio entre el Palau de la Música Catalana y otra institución, consistente en el apoyo de ésta a la centenaria entidad catalana, que arrancó en 1891 con el coro del l‘Orfeó Català, cuyo empeño y voluntad llevaron la construcción entre 1905 y 1908 del hermoso Palau, monumento a la sensibilidad musical y a una impecable tradición docente que ahora se ve enturbiada por la pecina de la corrupción.
Siento verdadera repugnancia de que Millet y su socio Jordi Montull se hayan lucrado con abundancia de la buena voluntad proveniente de los sufragios y subvenciones que llegaban hasta las arcas del Palau: hablamos de un descalfo, de un latrocinio que supera los veinte millones de euros. La cultura ha sido sableada una vez más por unos atracadores, por unos vulgares chorizos que se han revestido de la dignidad de Atenea y de Calíope: trajes elegantes, corbatas refulgentes, fotos con políticos deseosos de la perpetuación en el poder y sonrisa de resina incrustada en el ajado rostro de la codicia. Siento náuseas al leer la prensa.
Si Adorno y Horkheimer proclamaban el advenimiento de la mercantilización de la cultura, personajes como Millet y Montull hacen realidad la prostitución de la cultura… y en esta sociedad tan quebrada moralmente por los cuatro costados, el último baluarte de la pureza lo constituye ese conglomerado de conocimientos y de artes que hemos dado en llamar cultura, en el que tantos genios y sabios se han dejado su empeño creativo y la vida para que podamos disfrutar, por ejemplo, de los Nocturnos de Claude Debussy o las Gymnopédies de Erik Satie, o contemplar un cuadro de Jean-François Millet o Rothko, y ser un poco mejores y más sensibles. Los nuevos gestores de la cultura convierten la diversidad cultural no ya en un bien de consumo, sino en gastos de listas de bodas, viajes a las Maldivas o a Dubai, pagos y sobornos a políticos y directivos –lo normal en este tiempo, oiga–, bienes muebles e inmuebles –casas, solares, fincas, pisos para encuentros sexuales, que está la vivienda tirada–… e incluso, al parecer, en cajas de preservativos, según indica el anónimo que se ha incluido en el sumario del caso. No deja de tener gracia pensar en el placer sexual al que conduce ulteriormente la conservación y restauración de las partituras de Enric Granados o de Isaac Albéniz en las manos de estos Midas. Y nosotros sin saberlo.
Que la cultura esté sujeta a la corrupción es grave, pero si partimos de la base de que la vida política que rige el juego democrático de una nación está en una parte sustancial podrida, nada debe extrañarnos el que a estas alturas nos moleste el hedor de episodios purulentos como el de la gestión de estos “expertos” en relaciones sociales del Palau de la Música que lograron succionar a más de doscientas empresas (además de la Generalitat, el Ministerio de Cultura, el Ayuntamiento de Barcelona y el propio Orfeó) lo necesario para construirse su imperio particular.
Observen por un momento la base de nuestro sistema económico: se introduce en él la materia prima, la mano de obra barata acciona su mecanismo, los capitalistas lo poseen, y el Estado, los hacendados, los capitalistas y los obreros se reparten a partes desiguales sus frutos. Aquellos que han alcanzado un lugar privilegiado en ese sistema están dispuestos a todo, incluso a la destrucción total de la economía de un país antes que renunciar a cualquiera de sus ventajas materiales. Turgot ya trató en 1774 de poner coto al lujo desmedido de la Corte francesa, pero no lo consiguió y parece que las cosas no han cambiado mucho en trescientos años. Negligencia, prodigalidad… ¿por qué los ricos no son observados con lupa hasta que el volumen de los billetes hace reventar los maletines? La Agencia Tributaria tenía desde el año 2002 un anónimo que denunciaba el saqueo del Palau y jamás se investigó… hasta siete años después, cuando el escándalo ya ha resultado imposible de ocultarse.
Hay un concepto erróneo en las sociedades occidentales sobre el rico, que aparece como el beneficiario inocente de su propia superioridad, merecedor de la riqueza que habrá obtenido por los medios que le provee el darwinismo social: depreda a tu semejante, desplúmalo, que algo abundante queda. Los explotadores, no los honrados trabajadores, siempre han gozado de buena prensa y los medios se han ocupado de auparlos y mantenerlos en alza con un comportamiento en muchas ocasiones disciplinado y servil. Su permanencia a ultranza en el poder depende en gran medida de su habilidad para hacer dinero y, sobre todo, de impresionar al público a través de la ostentación y de una puesta en escena suntuosa; depende, en definitiva, de aquellos precisamente a los que esquilman, aquellos millones de personas de cuya buena opinión nace y se mantiene su propia categoría de epulones. Ni más, ni menos.
No nos equivoquemos: no vivimos en una sociedad sin clases. Con la Revolución francesa se puso fin a una era de injusticia, pero tras la Primera Guerra Mundial se volvió a lo que John Kenneth Galbraith ha denominado “la era de la incertidumbre”: a las viejas estructuras de clases, al inherente ejercicio y abuso del poder, a la abolición absoluta del sentido ético y al ostentoso, descarado y pornográfico desprecio de estos especímenes hacia sus semejantes. Lo más conveniente sería la mano dura con ellos, aunque tal y como están las cosas, igual cuando se encuentren entre rejas a alguien se le ocurre darles otra medalla, otra Creu de Sant Jordi u otra Llave de Barcelona, si hubiera más. Que se cuiden de cerrar bien sus puertas estas noches los barceloneses: los chorizos andan sueltos… con las llaves de la ciudad. ¿Quién se las ha dado?