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Calderón de la Barca en Madrid

jueves 22 de octubre de 2009, 19:04h
Que un tipo en pantalón corto y camiseta blanca, o a rayas de colchón antiguo, meta un gol en el último minuto es noticia. Pero también es un suceso inesperado e imprevisto, la representación de un auto sacramental de Calderón de la Barca, El año santo en Madrid, en la iglesia de los Jerónimos de nuestra capital. La cosa ocurrió hace un par de semanas, con un notable éxito de público. Este periódico anunció la representación. Ahora imagine el lector que hace un año alguien le cuenta que se va a poner en escena un auto sacramental de Calderón. ¿No suena un poco absurdo? Pero los que tuvimos la suerte de verlo y oírlo –pues hay mucho que oír en las canciones, aunque algunos ritmos nos hagan sospechar que se han tomado ciertas licencias, y en los versos tan sabiamente rescatados—hemos tenido que reconocer que no era absurdo el proyecto de montar un auto sacramental en pleno siglo XXI.

Calderón de la Barca no figura entre los autores de nuestro Siglo de oro más representados por nuestras compañías de teatro clásico pero tampoco está absolutamente olvidado. Incluso Pilar Miró rodó una película basada en una de sus comedias de enredo más famosas, La dama duende, que alcanzó un éxito notable. Pero atreverse con una obra de género sacro que hace más de cuatrocientos años que no se representaba, sin personajes en el sentido moderno de la expresión, animado por actores que encarnan en la escena al Hombre y su Albedrío la Gracia o el Pecado, es cosa estéticamente atrevida por no decir heroica.

Es verdad: las obras de arte, como cualquier cosa salida de la cabeza del hombre tienen fecha, siempre de nacimiento y casi siempre de caducidad. Pero es privilegio de algunas creaciones atravesar intactas las generaciones y hasta los siglos. Dante o Cervantes son ejemplos obvios. Sólo necesitan de una buena edición y de un espíritu lector inquieto para que reviva el milagro de actualizarse su obra. Pero un autor teatral, y no digamos uno del género sacro que escribió en plena Contrarreforma, lo tiene más complicado. Precisa de la complicidad y de la generosidad de otros creadores que inyecten vida y comprensión en las palabras e ideas de un escritor que murió hace mucho tiempo, tanto que también murió su mundo y con él las referencias, los sobreentendidos, el paisaje de cosas y nombres que compartía con el espectador de su obra. Se me dirá que eso ocurre con cualquier obra teatral. Sí. Pero es más difícil y arriesgado apostar por una obra cuya acción dramática es el caminar del Hombre por el gran teatro del mundo, donde se enfrentan Gracia y Pecado, y lo salvado o lo perdido es el perdón o la caída. ¿Podría interesar este asunto lo mismo que la historia de un desalmado seductor que engaña y se aprovecha de humildes doncellas y dialoga con los muertos? Don Juan sube constantemente a los tablados y el público disfruta. Se beneficia de una complicidad cifrada en la inmediatez de las ideas y asuntos de que trata, la seducción, tan viejo asunto como los hombres y las mujeres, pero mucho más urgente en nuestros días, puesto que tenemos la vida puesta a la carta del deseo. La apuesta por el auto calderoniano tiene, entonces en su contra eso, que no están los oídos por la labor de atender a ciertos mensajes. Sin embargo, los miembros de la compañía Delabarca saben lo que se hacen. Y sabían que conseguirían llegar, sin falsear ni manipular el mensaje calderoniano, al corazón del espectador si daban con un montaje escénico acorde con nuestro tiempo, si eran capaces de hacer revivir la alegoría, haciendo creíbles los no-personajes de Lascivia, Gula, Pereza, Soberbia, etc, acosadores del alma del Hombre, que viaja desde la cuna a la tumba, teniendo que tomar sus decisiones, en diálogo consigo mismo, sobre la vida que aspira a llevar. Resultó entonces que con el lenguaje plástico del barroco madrileño se nos habla de cosas actuales, de lo más urgente del hombre moderno. Que crea o no en el más allá da igual. Ha de hacer su vida sobre un paisaje –hoy se dice “entorno”-- que condiciona pero no determina. ¿Un calderón existencialista? Calderón captó en sus inicios el drama del hombre moderno, que habría abandonado para siempre el vientre protegido de una edad segura de sí, confiada en una fe sin resquicios. La modernidad que llegará a nosotros fue pasto de la duda y de la crítica, de la inseguridad y el desgarro. Calderón fue capaz de objetivar en un lenguaje poético y alegórico, como antes Cervantes en una prosa irónica y descriptiva, el inicio de esos nuevos tiempos fiados a los falsos ídolos de la técnica y del progreso.
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