Crisis y migración
viernes 23 de octubre de 2009, 20:11h
Nadie en su sano juicio pensará en dejar su solar, su casa, familia y entorno. Sin embargo, esto ocurre y es una de las prácticas comunes de numerosos grupos humanos, quizás desde la época del Éxodo así como de las migraciones que poblaron los continentes en épocas remotas. Alrededor del 3% de la población mundial vive en lugares distintos al de origen, señaladamente en países desarrollados. Esa diáspora genera alrededor de cincuenta y dos mil millones de dólares de remesas que van a sus lugares de origen, constituyendo una de las grandes contribuciones al combate a la pobreza en zonas marginadas.
Si bien el exportador neto de migrantes en la era moderna fue Europa en sus procesos de colonización –primero hacia América- y después hacia el resto de los continentes, en la actualidad se da un proceso de movilización del llamado sur o regiones subdesarrolladas hacia países ricos, estableciéndose por lo menos tres grandes destinos: Norteamérica, particularmente Estados Unidos, Europa y los países petroleros del Golfo de Arabia.
La emigración en nuestro país hacia los Estados Unidos se originó hace más de un siglo, cuando la expansión de la economía norteamericana demandó trabajadores que desarrollaran los ferrocarriles y los campos agrícolas del sur de ese país.
Dentro de las visiones analíticas de este fenómeno están por lo menos dos: la que considera la emigración como una pérdida neta para los países expulsores, toda vez que personas mayores, educadas, sanas, dejan su país de origen para ir a subsidiar la economía receptora con su mano de obra barata y la otra que tiene la perspectiva opuesta; es decir, quien ve los positivos efectos en los migrantes –que van a sitios donde tendrán acceso a mejor calidad de vida y de desarrollo personal y familiar- así como los beneficios directos a la economía de origen vía la transferencia de remesas.
A raíz de la crisis económica mundial, este fenómeno humano social y económico, también se ha modificado. De entrada han disminuido los flujos de personas y donde es más sensible el cambio, es en la disminución de las remesas, producto de la menor disponibilidad de empleo para los migrantes y por consecuencia de los recursos anteriormente disponible para enviar a sus familias o lugares de origen.
Si bien la migración puede y de hecho mejora la condición de vida de los recién llegados, será hasta la segunda generación, cuando se logre la completa realización de las personas, toda vez que los inmigrantes difícilmente superarán barreras de la sociedad receptora, particularmente las culturales y ya no digamos las que explícitamente desarrollan las sociedades bajo pretextos de soberanía y unidad y cohesión interna.
En estos días en que se analizan las consecuencias de la crisis, se dice por ejemplo que para México la disminución bruta de las remesas anda en el orden del 22% respecto del año anterior –que es cuando alcanzó un tope histórico superior a los veintiséis mil millones de dólares-. Esto se viene a compensar –trágica y paradójicamente-, con el crecimiento del poder adquisitivo de los dólares que en nuestro país es de aproximadamente el 30% en el mismo periodo. Así pues, los recipiendarios de las remesas no tendrían porque ser afectados por la crisis, salvo la perversidad de fenómenos económicos colaterales, ya que a la caída del valor de la moneda nacional, necesariamente se da en paralelo con el crecimiento de los precios en los productos de consumo.
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