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Una semana a la italiana

domingo 25 de octubre de 2009, 16:13h
Para escribir mi columna de los lunes, suelo apuntarme los principales eventos que ocurren en Italia a lo largo de la semana, anhelando comentar la noticia de mayor interés para los lectores. Sin embargo, debido a la complejidad del país y al peculiar momento que está viviendo, la elección resulta cada vez más complicada. Tomamos como ejemplo esta semana: apunté reflexiones sobre el polémico caso del juez Mesiano, culpable de condenar la Fininvest de Berlusconi. Una mañana, un canal del magnate italiano trasmitió un “exclusivo” reportaje sobre el magistrado que paseaba normalmente por las calles de Milán mientras una locución pedante y acusatoria repetía: “Vean qué estrafalario es este hombre”. Culpable de llevar unos calcetines celestes o fumar mientras esperaba su turno en el barbero. ¿Acto intimidatorio o uso criminal de la televisión? Luego, anoté algunas ideas sobre otros temas de la semana como las presuntas negociaciones entre la Mafia y el Estado en 1992-94 (¿hay que fingir sorpresa o podemos limitarnos a un sarcástico “nada nuevo bajo el Coliseo”?) o el inquietante retroceso de Italia en el informe anual de “Reporters sans frontières” sobre la libertad de prensa, donde perdió 5 posiciones. Raro para una democracia occidental, pero que Italia constituya un anomalía en materia ya lo hemos repetido en varias columnas. Mientras decidía sobre qué centrarme, leo que Berlusconi viaja a Rusia para encontrarse con Putin, definiéndola una “iniciativa privada”. ¿En un país democrático (seguimos considerando Italia como tal, ¿verdad?), el jefe de Gobierno puede reunirse con un líder mundial y discutir temas de interés nacional (seguridad energética, construcción de un gasoducto transnacional, firma de contratos para importantes empresas nacionales) sin informar el Parlamento? ¿La gestión de los intereses del Estado son asuntos privados del Cavaliere? Verdad es que el hombre no conoce bien la diferencia entre público y privado (lo mezcla con frecuencia, a su uso y consumo), pero cuando se reúne con un alto cargo institucional extranjero, ¿no debería ser en visita oficial? A menos que no hayan hablado de escoras y pesca, los temas tratados deben considerarse de interés nacional: quizá por primera vez, tenga razón D’Alema cuando afirma que “Berlusconi viaja más a Rusia que los antiguos gerifaltes del PCI”. Sin embargo, todavía no sentía el tema como mío. Tampoco me entusiasmaba la noticia de la creación de un grupo de Facebook llamado “Matemos a Berlusconi”: por mi parte, comentarlo sería demasiado fácil, como disparar a la cruz roja.

Pensativo, cavilaba sobre más temas hasta que encontré una noticia menor, más curiosa y emblemática para ofrecer una imagen de la actual situación del país. Como suele pasar, el Parlamento italiano había invitado a dos grupos de escolares a que asistieran a sus labores, al desarrollo de su actividad, explicándoles la importancia de tan prestigiosa sede: “El Parlamento es una cosa muy seria, es la institución más importante de nuestro país”. El orden del día preveía la discusión y votación de unas enmiendas de ley sobre la escuela, los nuevos cortes presupuestarios y los “incentivos” al trabajo provisional. En su intervención, un diputado del Italia dei Valori, definió a Berlusconi “mafioso, delincuente y bufón” (quizá se haya quedado corto…) generado la ira de Alessandra Mussolini (¡pobre abuelo! No se merecía eso…) que le gritó con su incuestionable estilo: “Córtate el pelo…” y otros insultos pocos acordes al lugar y a la presencia de unos niños. Los dos intentaron enfrentarse cuerpo a cuerpo y se “elogiaron” mutuamente sin remordimiento. ¡Vaya escena en el lugar símbolo de la democracia!

¿Extrañado? La verdad que poco. El Parlamento italiano es un lugar donde jamás llevaría al hijo de mi hermana: peleas, insultos, ofensas e injurias están al orden del día. Actualmente representa una institución en declive y desuso (Berlusconi pasa “a tope”, gobernando por decreto ley), frecuentada por personas de moral desviada, de dudoso pasado, tanto que 82 de ellos tienen problemas con la justicia (casi el 10% del Parlamento y eso que les llamamos honorables): muchos tienen una condena definitiva (¡25!), otros están imputados, condenados en primer o segundo grado, algunos “absueltos por proscripción” y otros beneficiarios de leyes ad hoc, ad personam. Pese a que el dato podría parecer curioso (65 elegidos en el centro-derecha y 17 de izquierda) lo resulta ser mucho más la tipología de crímenes cometidos: pasando de la “banal y obvia” corrupción, políticamente hablando, a la financiación ilícita, desde los fraudes a la asociación mafiosa, desde el “atentado a la Constitución y a la unidad del Estado, formando estructuras paramilitares” al abuso edilicio, desde la banda armada al homicidio, desde el incendio agravado (¡no podía ser otro sino Borghezio!) a la fabricación de material explosivo, la adulteración de vinos, violación de la privacidad o de los derechos de autores y mucho más.

El Parlamento italiano resulta ser un lugar malsano, revelando la degradación que, lamentablemente, vive el país, y evidenciando la falta de una clase política digna de un país democrático (a final del artículo, me surgen aún más dudas). Improvisadores políticos de segundo orden, oportunistas, malas personas deciden el futuro del país, convirtiendo la “res publica” en un asunto de familia, su familia. Cuidan sus intereses, se cubren mutuamente y ofrecen una imagen asombrosa de la pobre Italia. Decía Togliatti que el Parlamento es el espejo de la sociedad civil. Quizá, en Italia, se nos cayó y yace roto hace décadas. ¡Mala suerte!
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