Nueva York de la capital del mundo y, como tal, alberga en su interior una muestra de las miles de nacionalidades y culturas que la han convertido en la ciudad más cosmopolita del planeta. Y así, entre los inteligibles carteles de Chinatown, las míticas callejuelas de Little Italy, a poca distancia del arrogante Wall Street y en medio del barrio más chic y bohemio de la ciudad, el Soho, se encuentra Despaña, una tienda dedicada única y exclusivamente a vender productos españoles: desde jamón ‘del bueno’ hasta chupa chuses y, por supuesto, cola-cao.
Como ya se ha dicho más de una vez desde estas líneas, estar en EEUU y tratar de escapar de ‘lo español’ o, al menos, lo latino, es, cuanto menos, una tarea extremadamente difícil. Lo es si, como es el caso, nuestra vida se desarrolla en la costa este, en ciudades tan abiertas y cosmopolitas como Nueva York o Washington D.C. Así, a nadie puede extrañar que un ordinario viaje en el autobús judío (www.washny.com) que une la Gran Manzana con la capital estadounidense por apenas 40 dólares, acabe convirtiéndose en lugar de encuentro fortuito con un simpático sevillano que viaja, guitarra en mano, a NYC para tocar un poco de
“flamenquito”, a petición de una amiga, en Despaña (www.despananyc.com), una tienda de productos españoles en el Soho.
Julio - que así se llama el guitarrista sevillano- me cuenta que está estudiando inglés en Washington y en enero le gustaría hacer un máster sobre Comunicación Institucional. En su Sevilla natal tiene un grupo con unos colegas, Alboroto (www.grupoalboroto.es) , con el que suele tocar, “en plan informal”, en bodas y algunas fiestas. Su amiga Rocío, que trabaja en la Agencia Andaluza de Promoción Exterior (www.extenda.es), una especie de ICEX andaluz, necesitaba un guitarrista para amenizar un acto promocional en Despaña y le llamó a él. Julio, por supuesto, por amor al arte, a su amiga y a la aventura, ni se lo pensó y aquí está, un viernes a las 7.30 de la mañana, dispuesto a dar lo mejor de sí en Nueva York.
Una flamenca negraA pesar del madrugón, mi olfato periodístico despierta y, sin dudarlo, le pido Julio que me de la dirección de la tienda, que, por suerte, queda cerca de mi hotel, y un lluvioso sábado de octubre me plantó en ella dispuesta a comprobar por mí misma
cómo se vive España en el corazón de Nueva York.
La primera gran sorpresa es encontrarme a
una flamenca de raza negra sirviendo jamón de jabugo, queso y pan con aceite detrás de un mostrado preparado ad hoc para la ocasión. Neoyorquinos de toda la vida se entremezclan con pequeños grupos de españoles, todos ellos poniéndose las botas en la abarrotada tienda, amenizados por el cante de Julio y vigilados por una cabeza de toro -creo que falsa-, colgada de la pared.

Entre los estantes del local, muy chic, podemos encontrar cualquier cosa que imaginemos. Desde bonito del norte, hasta aceite de todas clase, embutidos, pimientos, cola-cao, nocilla…
Todo productos españoles, la mayoría de primera clase, que en general son muy difíciles de conseguir por estos lares. Incluso hay chupa-chuses, golosina de origen español imposible de encontrar en EEUU. También hay una barra con una cocina al fondo en la que se sirven platos preparados, para llevar o tomar en el mismo local, además de cafés y otras bebidas.
Pintxos de tortilla y Benicio del ToroLo más emocionante es ver los míticos pintxos de tortilla de patatas, tan normales en cualquier bar español, aquí, en el corazón de Manhattan. Comerte uno, acompañado por su ineludible trocito de pan -del bueno, del de toda la vida, nada de pan de molde-, en Nueva York, a pocos metros de Broadway, rodeado de ‘newyorkers’, en lugar de los parroquianos del Bar Paco, es una experiencia de lo más curiosa.
Entre bocados de jamón y pan con aceite -hay que aprovechar, que hasta que vuelva a España no habrá otra ocasión de disfrutar de un buen jamón-, consigo hablar con Angélica, la dueña de la tienda, que no para de atender a clientes en el mostrador. Me cuenta que Despaña surgió al principio como una fábrica de chorizos que montó su actual marido, un asturiano afincado en Nueva York, junto con dos amigos, hace más de 15 años, en el barrio de Queens. El negocio fue creciendo y, aunque siguen manteniendo la factoría de Queens,
hace unos pocos años montaron la tienda en el Soho. Los precios aquí son más caros, “porque se paga también el lugar”, pero aún así no dejan de tener clientes asiduos. Angélica me asegura que, lejos de ser una especie de ghetto para españoles en Nueva York, tienen un montón de clientes estadounidenses a los que les encanta la comida y los productos españoles, entre ellos,
actores como Benicio del Toro, que se ha pasado alguna vez por el local.
José Andrés y Jaleo, los mejores embajadoresAprovecho también para hablar con Rocío Martí, la agente de la Agencia Andaluza de Promoción Exterior amiga de Julio, que ha sido la encargada de montar el actor promocional. “Lo español está cada día más en auge en EEUU, especialmente gracias a la labor de gente como el cocinero José Andrés” -dueño del restaurante Jaleo, en Washington DC-, asegura. Rocío también me confirma que, aunque casi todas las comunidades autónomas tienen su propia agencia de promoción exterior, pocas veces, por no decir ninguna, se coordinan para llevar a cabo actuaciones conjuntas.
Cristina Bilbao, area manager de Alamazara Acapulco (www.almazara-acapulco.com), una “empresa familiar” de aceite de oliva de Jaén, coincide con Rocío -mientras me ofrece a probar un poco de su maravilloso aceite- en señalar a José Andrés y su restaurante como los mejores embajadores, hoy por hoy, de
la cocina española en Estados Unidos.
Con el estómago lleno y el paladar agasajado con sabores maravillosamente familiares, que tardaré en volver a disfrutar,
salgo de Despaña dispuesta a volver a enfrentarme a la locura de la capital del mundo. El aroma a jamón de jabugo o aceite de oliva virgen da paso a los olores de los puestos ambulantes de pretzels, comida oriental o perritos calientes. Afortunadamente, ahora ya conozco un lugar al que acudir ante ataques de nostalgia culinaria. Si bien el jamón queda un poco por encima de mi presupuesto, siempre me quedará el cola-cao.