Crítica
Fareed Zakaria: El mundo después de USA
jueves 29 de octubre de 2009, 19:21h
Fareed Zakaria: El mundo después de USA. Traducción de Carmen Martínez Gimeno. Espasa. Madrid, 2009. 304 páginas. 21,90 €
El mundo después de USA se presenta, por parte de la casa editorial en España, como el libro de cabecera de Barack Obama. Digamos de entrada que, si ello es así, algunas de las actitudes del reciente premio Nobel de la Paz resultarían más comprensibles; incluso resultaría inteligible el premio en sí. Se trata, la obra de Fareed Zakaria, de un canto a la adopción de maneras no unilaterales de gestión en la agenda internacional. La palabra clave, en la frase anterior, es la de “maneras”: frente a la pretendida arrogancia de la anterior administración americana, amabilidad; en lugar de directrices de obligado cumplimiento, acuerdo sobre la base de los intereses nacionales y los valores liberales, que se sustantivizan, en cualquier caso, en los Estados Unidos. Washington, asegura el autor, debe entender que generar apoyo público internacional para sus puntos de vista acerca del mundo es un elemento crucial del poder, no sólo un ejercicio de relaciones públicas. Volvemos a la conquista de las mentes y los corazones.
Empecemos, no obstante, por el principio. El libro es un producto notablemente bien informado de los procesos registrados en las últimas décadas en el escenario global, así como una mirada inquisitiva sobre el futuro. Todo ello construido sobre una sólida, aunque en ocasiones discutible, mirada al pasado. Ese ayer en el que la modernidad hunde sus raíces.
A diferencia de los ensayos del tipo, digamos, “francés”, Zakaria procede a acumular datos y referencias concretas, a ponerlos en orden y a proyectarlos sobre un argumento. Huye, aunque parezca contradictorio con lo afirmado en el primer párrafo, y como de la peste, de ciertos lugares comunes. Por ejemplo, frente a los agoreros recuerda verdades elementales, como que vivimos en el mejor de los mundos que se han conocido hasta ahora. Sigue existiendo la miseria, cierto, pero el crecimiento global, y en especial su reflejo en algunas dinámicas nacionales, está sacando de la pobreza a más gente de lo que nunca antes había ocurrido.
La cuestión es que, a menudo, es difícil separar en el trabajo de Zakaria la denuncia del catastrofismo de, por otro lado, un optimismo antropológico que se compadece mal con ciertos hechos. Asegurar que el yihadismo ha dejado de ser atractivo, sostener que “ninguna sociedad contempla con admiración y envidia el modelo islámico fundamentalista”, no dar ninguna credibilidad a los riesgos derivados de la creciente presencia de estos elementos yihadistas en el interior mismo de Europa, es algo más que un exceso de seguridad. Está empezando, para quien suscribe esta nota, a ser un error. Tanto, como resulta un acierto el sostener toda su construcción intelectual sobre la necesidad de combatir el miedo, prescindiendo de él. Lo cortés no quita lo valiente.
Nos encontramos, en cualquier caso, ante un libro vivificante. Una manera de proceder que, sin forzar las analogías, explora con inteligencia y sólida documentación los paralelismos. Una mirada que explora las paradojas de nuestro tiempo, pero que no las resuelve. Es más, elude resolverlas porque de lo que se trata es, en esencia, de forjar una nueva actitud en los Estados Unidos. América no sólo tiene que globalizar, sino que debe globalizarse a sí misma. Genéricamente, los procesos del presente se caracterizarían, para Zakaria, no tanto por el flaquear de los Estados Unidos como por la emergencia o el ascenso de todos los demás. Ese rótulo, en la práctica, se limita en gran medida a China e India, con el añadido de Sudáfrica, Brasil y escenarios colaterales. Espléndidos, en el sentido literal del término, son los capítulos dedicados al rival –China– y al aliado –India–.
Estamos a las puertas de un mundo post-americano. Un mundo marcado por la globalización y su correlato, el nacionalismo. Es en ese escenario donde el soft-power resulta preferible. “Necesitamos llegar –escribe– a los individuos para alterar su conducta”. Es preciso construir nuevas legitimidades que permitan afirmar los ideales y, para ello, conviene fijar reglas nuevas y contemplar tanto las excepciones propias como las ajenas. Tal iniciativa doble –reglas claras y generosidad para con las anomalías– pone en evidencia, tanto o más que a Zakaria, al propio Obama. Tendrá que elegir y, entre los argumentos estratégicos relacionados con la seguridad nacional o planetaria y, pongamos por caso, la defensa de los derechos humanos en sentido lato, optará, como recomienda implícitamente –no es tan grosero como para hacerlo abiertamente–, por lo primero. Con la agenda interna ocurrirá otro tanto. La cuestión sanitaria puede convertirse muy fácilmente en un callejón sin salida, simplemente porque estamos en un momento de la historia de los Estados Unidos en el que hay una gran incapacidad para elaborar grandes consensos. Lo cual no quiere decir que no pueda hacerse nada. Hay una agenda reformista alternativa: recortar el gasto oneroso y los subsidios, aumentar el ahorro, extender la formación, regular la inmigración, ser más eficientes en el uso de la energía. En este otro orden de casos, está claro que Zakaria estimularía a Obama a tomar el segundo de los caminos: es, nos recordaría, su obligación.
El libro es sugerente, como decíamos, a pesar de que plantee hipótesis discutibles (que las causas de la retardación de los países árabes y del mundo musulmán se encuentran en la marginación de las organizaciones cívicas, en la preeminencia de estados fuertes frente a sociedades débiles), de que omita o prescinda de escenarios enteros, como la Europa continental (por no hablar de España; suerte tenemos de que al autor le interese sobremanera el tenis, en caso contrario ni apareceríamos), o que aventure que la modernidad opera como crisol de culturas (despreciando las resistencias a ese diluirse en un producto nuevo).
Si el reclamo publicitario del libro se ajusta a la realidad, si Obama atiende a la culta, refinada e inteligente mirada de Zakaria, el futuro se nos presenta incierto, bienintencionado y dubitativo. El terrorismo internacional, las crisis económicas y los desastres naturales serán, como siempre por otro lado, ineluctables. A lo sumo, se tratará, en línea con lo apuntado en los últimos trabajos de Stephen E. Flynn, de promover la resiliencia. Es decir, la capacidad de nuestras sociedades de aceptar que los traumas –desde acciones terroristas a catástrofes naturales– van a golpearnos y que lo que tenemos que procurar es prevenirlos, en la medida de lo posible, evitar caer en el pánico cuando de todos modos acaezcan, y salir fortalecidos de ellos en nuestras convicciones básicas. Gran consejo.
Por Ángel Duarte