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Ife, la Atenas de Nigeria

Concha D’Olhaberriague
martes 03 de noviembre de 2009, 21:45h
La mitología yoruba sitúa el origen del mundo en Ile-Ife, la ciudad cuyo arte, coincidente en el tiempo con nuestra Edad Media y Renacimiento, causó asombro a los etnólogos del siglo pasado y fue objeto de devoción para los artistas del París anterior a la Gran Guerra.

La racionalidad de los estudiosos europeos se resistía a admitir que las hermosas cabezas en bronce, algunas con finos e idealizados rasgos, otras naturalistas, fueran muestras de una cultura africana sin influjo alguno de los griegos.

Surgieron, así, explicaciones tan peregrinas como la del conocido Leo Frobenius. El sabio alemán, quien pasó por Madrid en los años veinte y dio varias conferencias en la Residencia de Estudiantes a instancias de Ortega, llegó a creer, con otros colegas, en una nueva recuperación de la Atlántida. Sólo así entendía la excelencia de las obras halladas por él mismo en uno de sus viajes a Nigeria en 1910. Luego, asimiló al dios yoruba Olokun con el Poseidón helénico, y, de esta forma, todo se plegaba a sus ideas.
Actualmente, el Museo de Bellas Artes de San Fernando, junto a la Puerta del Sol, presenta una exposición excepcional, titulada, Dinastía y divinidad. Arte Ife en Nigeria.
Más de un centenar de piezas de primer orden en terracota, piedra y cobre en distintas modalidades de aleación dan cuenta de un complejo mundo de jerarquías y variantes humanas en un entorno de creencias animistas y presencia sustancial y funcional del mito y el rito.

Un arte que irradia sacralidad y sentido a la vez que esconde muchos enigmas. Varias son las explicaciones que se proponen para las estrías verticales incisas en las caras. Se debate también la finalidad de otras marcas faciales como los bigotes ascendentes de algunos rostros varoniles. Más transparentes resultan las mordazas.

Abalorios de cuarzo, máscaras, bastones de mando y mojones, vasijas, figuras humanas con deformidades simbólicas o rasgos que delatan su mácula social, divinidades tutelares, amos y servidores; animales genesíacos como el camaleón, protagonista de la creación en el relato yoruba, toscos peces de terracota como el acomodaticio y resistente siluro, capaz de sobrevivir en condiciones extremas en el fango durante la estación seca, o el cocodrilo y las serpientes, trasuntos de la vida doble y el cambio vivificador, el nocturno búho, o las bestias apotrocaicas configuran un conjunto rico en poesía, cohesión cultual y misterio.

La pérdida de la pintura confiere un aire más homogéneo y clásico a las cabezas, reducidas en un tercio con respecto al tamaño natural; éstas son, a mi juicio, las obras más señeras de la colección. Muchas exhiben los orificios de donde pendían los adornos que ora las ocultaban ora las dejaban entrever.

Menos anunciada que otras, la exposición ha recibido, no obstante, la acogida de un público numeroso, convocado de forma espontánea por los visitantes precedentes.
Merece la pena verla. Yo les recomiendo que, si lo hacen, tengan presente la imagen yoruba que describe su cultura: un río que no reposa.
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