Las ventanas rotas de Zapatero y el Partido Popular
miércoles 04 de noviembre de 2009, 20:03h
El traslado forzoso de la CMT a Barcelona en 2004, medida sin precedentes en la España democrática y con un coste superior a los cincuenta millones de euros, fue aceptada en silencio por los líderes del Partido Popular. Todo un presagio de lo que iba a venir después con Zapatero y una oposición muy débil.
La historia reciente europea demuestra que los partidos conservadores llegan al poder cuando los gobiernos populistas de izquierda han dejado la economía gravemente tocada. España no es una excepción a esta regla, pero el daño causado ya por los gobiernos de Zapatero supera los destrozos de Mitterrand en Francia, de Craxi y Prodi en Italia, de Schroeder en Alemania e incluso los más lejanos producidos por Callaghan y Wilson en el Reino Unido. Por lo tanto, lo normal es que la derecha se encuentre pronto con la responsabilidad de gobernar un país en pésimas condiciones.
Nuestra preocupación sería ya, por tanto, saber si la clase política conservadora, el Partido Popular, será capaz de afrontar con éxito una herencia tan complicada. Es deseable que así sea, pero lo que hemos visto desde 2004 no da mucho margen para el optimismo. En el terreno económico, por ejemplo, la principal preocupación de los populares es que se les acuse de ser poco sensibles a los problemas sociales que está produciendo la crisis económica. La verdad es que la situación no es muy diferente a la vivida durante los últimos gobiernos de Felipe González: crisis fiscal profunda unida a unos niveles de desempleo sin igual en el mundo desarrollado. Estanflación entonces, recesión con deflación ahora. Y también entonces los socialistas consiguieron, con habilidad y buen control del mundo mediático, mantenerse unos cuantos años más en el poder, acusando a la oposición conservadora de no tener corazón ante los problemas de los millones de parados forzosos que habían producido los propios socialistas. Es bastante desolador comprobar que las mismas pantomimas y lugares comunes socialistas siguen funcionando frente a una sociedad indiferente y una oposición conservadora débil y cogida casi siempre desapercibida.
Los conservadores españoles se van a enfrentar con la inevitable elección, en 2012 o antes, de hacer de Jacques Chirac o de Margaret Thatcher. Chirac, con mayoría absoluta sobrada y sin apenas oposición, no hizo prácticamente nada para sacar a Francia del declive en el que la dejó Mitterrand. Margaret Thatcher, con casi todo en contra, consiguió transformar al Reino Unido, el “sick country” de Europa entonces, en uno de los países más dinámicos del mundo.
El Partido Popular español tiene todas las papeletas para ser una reedición, salvadas las distancias, del UMP de Jacques Chirac en Francia. Por ejemplo, para no enajenar futuros apoyos parlamentarios, su estrategia ha sido que los nacionalistas les quieran y no les aíslen, y así han conseguido perder la tercera parte de los votos en la Comunidad Autónoma Vasca y un porcentaje todavía mayor en la Comunidad Autónoma Catalana.
En este contexto, tal vez sea útil recordar la increíble historia del traslado de la CMT a Barcelona. Apenas llegado a la Moncloa en la primavera de 2004, Zapatero accedió a la petición de Maragall de trasladar de inmediato la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT) a Barcelona. El sueño maragalliano era convertir Barcelona en un centro de las nuevas tecnologías de las comunicaciones, a las que se había aficionado con los Juegos Olímpicos de 1992. Es evidente que ambos ignoraban todo sobre la CMT y casi todo sobre el sector de las telecomunicaciones. Y tampoco les importaba mucho que la decisión fuera improvisada sin ningún estudio ni consulta previos y que el decreto correspondiente fuera ilegal como luego dictaminó el Tribunal Supremo.
Esta medida, sin precedentes en la España democrática y con un coste superior a los cincuenta millones de euros, fue aceptada en silencio por los líderes del Partido Popular, convencidos por los medios progresistas de que el pueblo barcelonés había recibido alborozado la buena nueva y que oponerse les haría perder votos en Cataluña. Sólo Esperanza Aguirre reaccionó recibiendo al comité de empresa de la CMT y apoyando la presentación del correspondiente recurso que el Tribunal Supremo avaló. Los ciento cincuenta profesionales que trabajábamos en la CMT esperábamos algo más del resto de la oposición conservadora.
El traslado forzoso de la CMT a Barcelona y la no reacción del Partido Popular fueron un mal presagio de lo que iba a ser la legislatura: un gobierno irresponsable y una oposición pusilánime. En realidad la CMT fue la “ventana rota”, pero al revés, que utilizaba el alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, para explicar su implacable política de tolerancia cero con la delincuencia urbana. Su asesor, el sociólogo George Kelling, era el autor de la teoría de las “broken windows”, según la cual, si no se arreglan de inmediato las ventanas rotas y se arresta a los responsables, el vandalismo urbano acabará haciéndose con el edificio, luego con el barrio, y al final con la ciudad. Es una pena que los líderes del PP no hayan estudiado a Kelling y hayan aplicado sus consejos no sólo a la delincuencia urbana, sino a todos los destrozos que han ido provocando los sucesivos gobiernos de Zapatero en nuestra deteriorada convivencia.
El triste episodio de la CMT nos indicó con claridad lo que iban a ser los años de gobiernos socialistas: Zapatero se dio cuenta de que podía hacer su real gana y con muy poca oposición. Con el inconveniente adicional de que el PP maleable no parece haber recogido con su actitud muchos réditos electorales. Confiemos en que los populares hayan por fin aprendido la lección cuando reciban la España cuarteada que les va a dejar Zapatero, y sean capaces de llevar a cabo las profundas reformas que vamos a necesitar para salir adelante.
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Técnico comercial y economista del Estado
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