José Luis López Vázquez y el año en que cambió nuestras vidas
miércoles 04 de noviembre de 2009, 21:39h
Porque desde que el 13 de diciembre de 1972 pusieran en la tele “La Cabina”, dirigida por Antonio Mercero, nadie volvió a utilizar en este país un teléfono público sin asegurarse a conciencia de que tenía el pie estratégicamente colocado para que la dichosa puerta no tuviera la fatal idea de cerrarse y dejarnos allí para los restos. Sinceramente, no recuerdo ninguna otra película que me haya causado tanta angustia. De hecho, hasta hoy, me había negado a volver a verla. También cuando, durante un lejano verano en Inglaterra, la emitieron en la BBC, anunciándola como el mejor thriller español. Claro, no es que en los 70 hubiera muchos thriller de fabricación patria para exportar. Y a pesar de que cuando estás en el extranjero, aprecias más tus raíces y es el único momento que te concedes para apreciar sin complejos la paella, el Rioja, el Jabugo y demás productos de la tierra, no hubo forma de convencerme para que me sentara en el sillón dispuesta a volver a pasar por el tremendo trance del señor que no podía salir de la famosa cabina.
Pero hoy, en una especie de homenaje particular a quien considero el mejor actor que ha dado España, he vuelto a verla y he sentido otra vez, como si los viviera personalmente, todos los estados de ánimo de aquel anodino tipo sin nombre, encerrado a perpetuidad en lo que a simple vista parecía una inocente cabina telefónica pero que, en realidad, era un siniestro ataud. Algunos críticos especularon con la idea de que el filme, de tan sólo 35 minutos de duración, representaba la parálisis de la sociedad de entonces ante el gobierno franquista e, incluso, que se trataba de una película realizada en clave religiosa. Menos mal que Mercero no cayó en la trampa de ese falso intelectualismo que no concibe el arte como mero instrumento de entretenimiento o generador de emociones, y salió al paso afirmando que la película se rodó como un filme de terror, lejos de cualquier planteamiento político.
En todo caso, y dejando aparte la eficacia del guión que tan bien retrata a la sociedad española de entonces y de siempre, a través de los personajes que contemplan la desgracia de aquel pobre hombre con un morbo que, en la actualidad, es aún mayor y se satisface a diario con esos programas en los que la gente acude a contar su desgracia, el verdadero catalizador de la opresiva angustia que se siente al ver la cinta es la magistral interpretación de José Luis López Vázquez. Él es el protagonista absoluto de la historia que convierte el absurdo en el peor de los pánicos, sin necesidad de armas o asesinos y a plena luz del día, y, sin embargo, en todo el metraje sólo le escuchamos decir dos frases, las que cruza con su hijo antes de despedirle y tener la maldita ocurrencia de hacer una llamada. Escuchamos a todos los secundarios, pero a él sólo podemos leerle los labios, aunque no haga falta ni siquiera eso, porque su cuerpo y, sobre todo, su rostro, son los encargados de transmitir al espectador las distintas sensaciones que experimenta: sorpresa, incredulidad, cansancio, desesperación, miedo, tristeza, resignación, despedida y, por fin, auténtico terror.
Decía el actor que “cuando algo te apasiona, y el arte no tiene sentido sin pasión, puedes estar horas y horas haciéndolo, no te cansas”, y él lo demostró con las más de 200 películas que rodó. No iba para actor, no había antecedentes artísticos en su casa de la calle Delicias de Madrid y sus primeros contactos con ese mundo vinieron de los decorados que empezó a realizar, hasta que, por casualidad, para hacer un favor a su amigo Modesto Higueras, al que faltaba un intérprete, se subió al escenario y ya nunca bajó. Bendita casualidad.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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