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se recrudecen los enfrentamientos contra los talibanes

El polvorín de Paquistán, a punto de estallar (NO VALE)

viernes 06 de noviembre de 2009, 21:16h
El avispero en que se ha convertido el noroeste paquistaní está alcanzando cotas de violencia e inseguridad muy alarmantes para la comunidad internacional. Los más de 500 muertos, entre civiles, militares e insurgentes talibanes, y los 250.000 refugiados en apenas tres semanas que han provocado los enfrentamientos entre milicianos islamistas y tropas paquistaníes han obligado a la ONU a retirar a su personal en la zona. Ante esta caótica situación, Islamabad ha tenido que movilizar a 28.000 soldados en la operación ‘Camino de la Liberación’, una intervención histórica puesta en marcha el pasado 17 de octubre que intenta erradicar la amenaza terrorista en la región de una vez por todas.
La expansión del problema talibán hacia Paquistán se está convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza para Estados Unidos y para las fuerzas de la coalición. Cada vez se hace más evidente que el conflicto afgano no se resolverá si no se interviene, paralela y contundentemente, en su vecino del sur, refugio de miles de talibanes. Estos insurgentes, que según las últimas estimaciones superarían los 15.000 efectivos, se han hecho fuertes en una extensa zona fronteriza de difícil acceso en la provincia de Waziristán del Sur.

En las últimas semanas, desde que se inició la operación 'Camino de la Liberación', los enfrentamientos en la región entre las tropas paquistaníes y los insurgentes talibanes se han recrudecido y las cifras de víctimas y refugiados han ido en constante aumento. Más de 500 muertos y 250.000 desplazados en apenas veinte días son el trágico saldo de esta nueva etapa en la lucha contra los talibanes en el noroeste del país.

Paquistán, enclavado en la zona más militarizada del planeta, es uno de los países más inestables desde el punto de vista sociopolítico del mundo. El Ejército no ha dejado de controlar en la distancia la transición política de una dictadura militar a un gobierno civil encabezado por el progresista Ali Asif Zardari, sabedor de que es, gracias al comodín nuclear, el que tiene la última palabra. Pero la endeble estabilidad política no se traslada a las zonas rurales del noroeste que, controladas por los líderes locales, se gobiernan, en la mayoría de los casos, al margen de la ley, sirviendo de lanzadera para el terrorismo fundamentalista y para un creciente mercado de armas y droga.

Sin duda, la ausencia de una fuerza militar paquistaní permanente ha sido una de las principales causas por las que los insurgentes han logrado asentarse en la zona. Islamabad nunca ha priorizado el problema talibán, al confiar durante años en que fueran los propios líderes locales los que contuvieran a los insurgentes en sus territorios. Pero, a medida que el flujo de talibanes desde Afganistán se incrementaba, estos líderes tribales se han ido sometiendo al poder de los milicianos viéndose en clara inferioridad.

Lejos de ser grupos aislados de delincuentes, los talibanes están fuertemente armados, bien entrenados, son expertos en la lucha de guerrillas y perfectos conocedores del terreno. Las diferentes facciones terroristas que actúan en la zona se han organizado en torno al grupo Tehrik-e-Taliban Pakistán (TTP) encabezado, desde el pasado mes de agosto, por Hakimullah Mehsud. Además, los insurgentes no están solos en estas remotas áreas tribales. Desde que cayera el régimen talibán en Afganistán, los milicianos se han exiliado a esta tierra de nadie donde campan a sus anchas con el apoyo de parte de la población civil. El conflicto, lejos de estar localizado en estas inhóspitas montañas, está bajando de las laderas y librándose en los valles interiores a menos de 100 kilómetros de la capital.

Lo cierto es que, durante mucho tiempo, Paquistán financió y entrenó a muchos de estos insurgentes para que hostigaran a las fuerzas indias en el conflicto cachemir. Curiosamente, los combates contra los indios en los años 80 y 90 les han servido a los milicianos para adquirir una valiosa experiencia militar que ahora están poniendo en práctica contra sus antiguos patrocinadores. Y es precisamente India, con la que Paquistán mantiene un estado de continua hostilidad desde hace más de medio siglo, uno de los grandes problemas estratégicos de Islamabad. Casi el 80 por ciento de los efectivos y recursos militares paquistaníes se concentran a lo largo de la frontera entre las dos ex colonias británicas. El hecho de desproteger este frente para destinar tropas al noroeste del país no está muy bien visto por el sector más conservador del Ejército que no se fía de que India no aproveche la ocasión para lograr sus aspiraciones territoriales.

Mientras el conflicto se recrudece, la administración Obama ha presionado al Gobierno de Zardari para que lance una ofensiva seria y efectiva sobre los talibanes. El Ejecutivo paquistaní, que no ha desarrollado una política clara para atajar el flujo de insurgentes a través de su frontera, ha encontrado el respaldo popular necesario en los propios atentados terroristas. Los ataques de los últimos días en Lahore o Rawalpindi contra objetivos civiles y militares vienen a sumarse a una larga de lista de atentados que ha provocado que las diferentes fuerzas políticas del país y el Ejército, tradicionalmente distanciados, se pongan de acuerdo en hacer frente al problema de la insurgencia.

Tras meses de combates a uno y otro lado de la frontera, los talibanes han caído en la cuenta de su auténtico poder en esta guerra de guerrillas en la que están manteniendo un pulso con Estados Unidos y los aliados, por un lado, y con el Ejército paquistaní, por otro. Los terroristas se están haciendo fuertes en las montañas y la constante llegada de armas, fondos y combatientes desde Yemen, Arabia Saudí o Iraq les proveen de refuerzos permanentes.

El miedo de Occidente a que las revueltas talibanes acaben con un alzamiento popular que logre derrocar al actual frágil régimen paquistaní está más que justificado. No sólo supondría dotar de arsenal nuclear a la rama más radical del islamismo sino que, además, terminaría por desestabilizar la zona. Paquistán, potencia nuclear desde finales de los años 90, no sólo sería un santuario para estos terroristas, sino un estado soberano de corte fundamentalista que respaldaría su causa.

Si bien la solución al conflicto se atisba lejana, la comunidad internacional ya ha recomendado a Islamabad que ponga en marcha medidas encaminadas a aplacar la influencia talibán en la zona. Aún así, las iniciativas que se tomen parecen insuficientes ya que, de no mediar una importante ayuda económica y militar externa, los refuerzos paquistaníes resultarán vanos.

Es ahora, con los talibanes ganando terreno en Afganistán, cuando la coalición internacional ha caído en la cuenta de que debe atajar la cuestión paquistaní para lograr la paz en la zona. Para que Occidente estabilice la región, Paquistán debe dejar de ser un santuario para los terroristas. Cada vez son más las opiniones que reclaman una estrecha colaboración entre la coalición e Islamabad con el fin de cortar la red de abastecimiento, refugio y reclutamiento de los talibanes y, de este modo, conseguir una calma necesaria en el principal aliado de Occidente en la contienda afgana.
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