Semenjanzas: Madrid-Nueva York
jueves 12 de noviembre de 2009, 21:55h
“Siempre he pensado que había un aire común entre Nueva York y Madrid”. Así comienza su prólogo al hermoso libro, alta poesía rimada fotográficamente por Raul Cancio, que vuelve a decir, en esta fastuosa publicación -sí, la fotografía es un Arte Mayor- aquí estoy yo. Como los grandes toreros este Artista se gusta. Y en el Arte solamente te gustas si sabes gustar a los demás.
El parecido de dos ciudades vibrantes, Madrid y Nueva York, “proviene a la mirada. Me siento en casa en las dos” sintetiza la prologuista. El secreto, la magia, no es únicamente fijar los ojos o el objetivo – color, caballete, pincel, sensibilidad- es que el objeto del deseo mire y quiera a los que lo quieren, miran y admiran. Eso sucede con la empatía de un retratista –lo eran también Velázquez, Picasso, Vázquez Díaz, Solana, Dali- que dispara su sensibilidad supitañamente, que deposita su amor sobre aquello que le gusta.
Gusta Raul Cancio a sus ciudades- modelos. Recoge su estética y hace vibrar su estática. Supo elegir y emparejar a sus modelos quietos, nunca callados. Empareja la estatua de la libertad neoyorquina con la libertad inmensa de un torero, “Yiyo”. Un ángel que sigue sobrevolando los ruedos desde su emplazamiento de la plaza Monumental madrileña. Los dos, estatua neoyorquina y bronce madrileño, hacen un brindis al sol hasta que se sumen en la penumbra, el reposo de las sombras.
Hay ciudades con vida, verbigracia las dos que el artista pone en nuestras miradas y otras, también hermosas, sin más vida que los tesoros de los museos. Digamos París, la ciudad de la luz que, cuando se enciende, se apaga la ciudad sin noche. En Madrid y en Nueva York la noche vive, sin artificios ni componendas para simula su vitalidad. Paris bien vale una misa, proclama el monarca que no cree. Madrid y Nueva York se valen que se abran sus noches y nos deslumbren sus amaneceres.
Dicen que afirman que vale más una imagen que mil palabras. Más vale una instantánea, si está escoltada por la palabra tan concisa como debe serlo un estampido de flash. En este libro, breve y puntual, pone letra, verso a verso, Angel del Rio, cronista oficial de la Villa y Corte madrileña.
Ven los autores una ciudad, la neoyorquina, plena de rascacielos en la que aquel inmortal y mártir viajante de Artur Miller exclama:
-Hay que partirse el cuello para ver una estrella.
Madrid quiere echarle un pulso a Nueva York y hace crecer sus edificios y, burla burlando, hace crecerlos hasta convertirlos en rascacielos.
Raul Cancio no encuentra a la manera picassiana, busca al modo de los grandes maestros de la pintura a sus modelos. Piedra, cemento, madera, acero.
Dos corralas diferentes que parecen gemelas. Las madrileñas del Avapiés y las escaleras de seguridad que guardan la espalda a los grandes edificios neoyorquinos.
Semáforos y flechas indicadoras que invitan a seguir el camino que a lo peor nos lleva a cualquier parte. Quizás a una o a ninguna parte.
Pasan los viandantes indiferentes a los dos flautistas callejeros que, tratan de hacerse presentes en los oídos, que ahora parecen sordos, de los transeúntes que no saben si vienen o van porque, en definitiva, todos caminan sin rumbo definido. Las gentes felices, sin agenda ni reloj, si tiranias se detienen a escuchar la charanga que en Callao interpreta schotis y corridos o que, cerca del Central Park, oferta blues.
Estatuas semejantes “pret a porter” que sirve lo mismo para exaltar a un héroe legendario que a un artista. Ambos serán conocidos por los bustos de el famoso desconocido.
Amanece y anochece de manera semejante en las dos urbes que sigue inmortaliazando Raul Cancio que camina por sus calles mientras las ciudades duermen.