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El PCE y el fin de las sandeces

Jordi Canal
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jcanalelimparciales/7/1/7/19
lunes 16 de noviembre de 2009, 18:31h
Una de las frases más demagógica, más débil y más patética leída en España en el último cuarto de siglo salió de la pluma del escritor y periodista Eduardo Haro Tecglen. Es de justicia decir que el “niño republicano” por antonomasia de nuestro país elaboró algunos textos muy interesantes. Pero, en el caso que estoy evocando, patinó estrepitosamente. La frase en cuestión, aparecida al final de un artículo del autor en El País, en 2003, rezaba: “Yo no soy comunista: pero cuando oigo denunciar el comunismo, pienso: ‘He aquí un fascista’.” Estas palabras han sido repetidas después por los cachorros del progresismo comunista y filo-comunista en muchas ocasiones, como si de un argumento de autoridad –y no de una solemne sandez- se tratara. La escuché por última vez hace unos meses, en Tetuán, en boca del jurista Rafael Escudero Alday, un discípulo de José Antonio Martín Pallín, que, por cierto, asentía mientras tanto a su lado, orgulloso del ingenio de la criatura. La sentencia, que nos devuelve al tétrico bipolarismo reductor fascismo-comunismo, permite frenar cualquier debate y discusión, algo que siempre resulta adecuado si se carece de argumentos o de voluntad crítica. No puede sorprender a nadie, en este sentido, que la frase de marras encabezara la nota necrológica distribuida por la Secretaría de Comunicación del Partido Comunista de España (PCE) tras la muerte de Haro Tecglen, en octubre de 2005.

Recordé las palabras de Haro Tecglen mientras pensaba en cómo plantear este artículo. Criticar a los comunistas o al comunismo sigue estando mal visto y provoca reacciones viscerales por parte de los interesados (Elvira Lindo lo ha experimentado, por ejemplo, en los últimos días tras publicar una ingeniosa columna en el diario en el que habitualmente colabora). Poseer la verdad permite, como es bien sabido, estos privilegios. En cualquier caso, mi intención era comentar tres entrevistas aparecidas durante la primera quincena del mes de noviembre en El País, elaboradas por Vera Gutiérrez Calvo, que me han llamado poderosamente la atención. Todas tenían como protagonistas a miembros más o menos relevantes del PCE, que acaba de renovar su dirección. En las dos primeras se entrevistaba, respectivamente, al secretario general saliente, Francisco Frutos, y al nuevo, José Luis Centella. Aseguraba el primero, con el fin de explicar el poco éxito de formaciones como la suya, que el capitalismo “ha sabido imponer a la sociedad un lavado de cerebro”, y, ante la pregunta sobre si iba a celebrar el aniversario de la caída del muro de Berlín, respondía: “No, no... yo no celebro estas cosas. Insisto: demagogias, las justas. ¿Y el muro de Palestina?” Imagino que luego se quedaría tranquilo y muy satisfecho. En la otra, Centella afirmaba con rotundidad que los comunistas no deben pedir perdón por nada: “No sólo no hay que pedir perdón sino que creo que la historia del PCE es de las más gloriosas que puede tener un partido en el mundo.” No añadía, en cambio, las razones por las cuales otros sí deberían pedirlo, como desde su formación se reclama a veces. Entre las muchas perlas de la entrevista, las referencias a Cuba resultan inevitables. Cuando la entrevistadora le solicitaba su opinión sobre los encarcelados por motivos políticos en la isla de los Castro, contestaba sin el más mínimo rubor: “En Cuba hay personas encarceladas porque han sido cómplices de atentados terroristas, porque han estado a sueldo de la embajada de EEUU.” ¡Bendita ceguera! El ejercicio de cinismo de los dirigentes comunistas es proverbial.

Más jugosa era todavía la tercera de las entrevistas, con el eurodiputado Willy Meyer y con la joven arqueóloga Esther López Barceló, afiliada al PCE y candidata por esta formación en las últimas elecciones europeas. La conversación, bastante larga, no tiene desperdicio, no tanto por las opiniones del precavido político madrileño, como por las increíbles aseveraciones de la vehemente alicantina. Dejo a un lado los esfuerzos de esta última por disculpar a la URSS o por considerar la caída del muro de Berlín como el triunfo del imperialismo, para centrarme solamente en el tema de Cuba. Sostenía Esther López Barceló: “La realidad cubana es la democracia más profunda que he vivido yo en cualquier país.” Y, evidentemente, allí hay muchísima más democracia que en España, pues en este último país “no hay una democracia garantizada”. A la inteligente observación de la entrevistadora sobre la concurrencia en las elecciones del estado caribeño de un solo partido, contestaba impávida la pizpireta militante del PCE: “Yo no estoy a favor del sistema de partido único pero es un sistema mucho más democrático y participativo del que tengo yo aquí en Parlamento español.” Sobre los presos políticos en el feudo castrista soltaba, asimismo, la siguiente frase (ante la sorpresa del propio Meyer): “Hay tantos presos políticos como en España.” La desfachatez no tiene límites y, desde luego, los comentarios sobran.

Podría continuar con la última entrevista, ya que las opiniones del tipo que he citado más arriba abundan. Pero pienso que es ya suficiente, para su paciencia y también para la mía. Suficiente para darse cuenta, por un lado, que la supuesta apertura y evolución de los comunistas españoles deja mucho que desear, y que los niveles de crítica y autocrítica, personal y colectiva, están por los suelos; suficiente, por otro lado, para cerciorarse de que el PCE es, afortunadamente, visto lo visto, hoy y ayer, con algunas excepciones, un partido del pasado y una formación política sin futuro. En los agitados, críticos y apasionantes tiempos en los que vivimos –en el mundo no sometido a dictaduras como la cubana, está claro-, confieso que no sé decirles si hemos llegado, como algunos afirmaron en su momento, a la época del fin de las ideologías o bien estamos ante el fin de la historia. Por ahora me conformaría, aunque por lo que parece es mucho pedir, con el simple y liberador fin de las sandeces.

Jordi Canal

Historiador

JORDI CANAL es doctor en Historia y profesor en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París

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