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reseña

William Shakespeare: Sonetos

viernes 27 de noviembre de 2009, 11:45h
William Shakespeare: Sonetos. Traducción y prólogo de Christian Law Palacín. Edición bilingüe. Bartleby Editores. Madrid, 2009. 173 páginas. 16€
En España, la dimensión poética de William Shakespeare ha quedado tradicionalmente ensombrecida por su enorme valía como dramaturgo, las reediciones de sus obras teatrales se suceden sin cesar; en cambio, las de su poesía son mucho más escasas. Sin embargo, el bardo de Avon fue sobre todo un gran poeta: de hecho, los ingleses se refieren a él como “The Poet”.

Dentro de su quehacer poético, los sonetos fueron sin duda su actividad más destacada, de ahí que acabe de aparecer una nueva y cuidada edición bilingüe de los mismos. La traducción al castellano, realizada por Christian Law Palacín, pretende diferenciarse de las anteriores en huir de la ordinariez en aquellos versos plagados de dilogías y múltiples connotaciones, salvo cuando ésta constituya la auténtica esencia del poema.

Shakespeare aborda en esos ciento cincuenta y cuatro sonetos grandes temas vitales: amor, belleza, efectos devastadores del paso del tiempo, obsesión de los hombres por dejar huella de sí mismos en la posteridad, muerte, infidelidad, lujuria, celos, sufrimiento, dolor, pasión, etc. Temáticamente se podrían agrupar en tres bloques: los conocidos como “sonetos de la procreación”, los de amor a un joven, y los de amor a una mujer. El conjunto se cierra con dos poemas amorosos de carácter alegórico.

En los sonetos del primer apartado el poeta insta al joven a perpetuarse en la tierra mediante su descendencia. Dos son los argumentos esgrimidos para convencerle: lograr así la permanencia eterna de su belleza a través de sus hijos, y dejar un remedo de sí mismo que consuele a su viuda en su soledad marital. A partir del soneto XVIII se inicia de lleno el tema amoroso. Textos de sufrimiento por abandono o imposibilidad de consumar el amor se combinan con otros de sentimientos correspondidos y pasión, que roza la obscenidad, en muchos sonetos del tercer apartado. El conjunto se cierra con dos alegorías protagonizadas por Cupido, el dios niño del Amor.

El carácter innovador de Shakespeare permite dotar al amor de una nueva dimensión que se manifiesta fundamentalmente en Romeo y Julieta, dos jóvenes unidos en el descubrimiento y el deseo de la carne. Ese amor carnal rompe con algunos conceptos tradicionales y se prolongará en el tiempo para culminar en Walt Whitman. Nada tiene pues de raro que los sonetos del Bardo sean todos ellos de tema amoroso y, en ocasiones, bastante impúdicos.

Por Julia María Labrador Ben
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