La dignidad nacional en entredicho
sábado 28 de noviembre de 2009, 17:51h
Cuando se aproxima el 20 de noviembre es inevitable echar la vista atrás. Han pasado ya 34 años desde la muerte de Franco y en verdad parece que ha pasado mucho más tiempo, tal ha sido la transformación experimentada por la sociedad española. Y el otro día pensaba en cuál era la herencia del franquismo. No me refiero a la herencia en el sentido económico y social ni tampoco a la herencia institucional, claramente resuelta a favor de la monarquía, que por la firme voluntad de Don Juan Carlos y la audaz e inteligente gestión de Adolfo Suárez fue desde el principio intencionadamente democrática
Aludo, a la herencia de las actitudes, la herencia de los conceptos, de la concepción del ejercicio del poder desde el poder. Y no me sorprende comprobar que el gran damnificado de esa herencia “franquista” es la penalización de la dignidad institucional, que ha desaparecido como referencia “moral” para buena parte de la izquierda, la derecha o el centro, y no digamos para los nacionalistas vascos, catalanes o gallegos.
La conclusión del secuestro del pesquero Alakrana, es un ejemplo de ello. Con motivo de la liberación del pesquero vasco, previo pago de un millonario secuestro, el Gobierno ha valorado como un éxito el haber pagado el rescate a unos piratas. ¡qué importa que la Armada, los servicios secretos hayan quedado en ridículo.! Carecemos de valores de aprecio identitario y por ello la izquierda no cree grave las agresiones internacionales de vecinos, piratas, terroristas o maleantes. Algunos han llegado a comparar esta “inteligente” conducta con la intolerancia de Aznar que “obligó” a ETA a matar al pobre Miguel Ángel Blanco. ¡Hay que ser ruin!
El otro ejemplo fue la recuperación que en su día se hizo por el gobierno español de la aviesa invasión que el Rey de Marruecos hizo del islote de Perejil. De la liberación de éste se rió toda la izquierda, ridiculizando que se hubieran movilizado algunas unidades navales y aéreas para recuperar lo que decían era un simple “pedrusco”. ¡ poco importaba el hecho de que un país vecino se hubiera saltado a la torera un acuerdo de statu quo sobre territorios en conflicto!
Hace unos días, y a cuenta de la vergonzosa tardanza del Tribunal Constitucional en pronunciarse sobre la constitucionalidad del Estatuto de Cataluña, un buen amigo francés me decía que España tenía un problema de identidad de valores, que en todo el tiempo que él lleva viviendo entre nosotros – creo que desde finales de los años ochenta- ha comprobado que a las instituciones y a los que gobiernan les cuesta mucho tomar decisiones de afirmación de identidad española.
Me preguntó si yo creía que en este momento sería posible que el Gobierno suspendiera la autonomía de Cataluña ante lo que él observa como una permanente amenaza y chantaje de sus instituciones, ya sea por la sentencia o por los referéndums en pueblos y ciudades catalanes. Y claro le contesté que eso era impensable e imposible, como en su día quedó en nada la notoria complicidad entre los propios gobiernos vasco y catalán (entrevista ETA- Carod Rovira en Perpignan y votación investidura Ibarreche con votos de HB) y los objetivos de los terroristas. Sin embargo, insistió con razón que el gobierno inglés lo había hecho en más de una ocasión con la autonomía de Irlanda desde la firmeza democrática y en defensa del orden constitucional, vulnerado.
Insistía mi amigo: “En España nadie quiere parecer como defensor de la autoridad, y eso es malo, porque muchas veces para defender los valores hay que ejercerla, por muy impopular que sean las decisones para ciertos sectores”.
Y esa carencia deriva en indiferencia ante lo grave, complacencia ante la agresión, complicidad ante el enemigo, debilidad ante la chulería, acojona….ante el envalentonamiento del que pervierte a la sociedad, cobardía ante la vejación, buenísimo ante el canalla, simpleza ante la perversión sexual o moral.
Tenemos una sociedad dominada por el ejemplo moral que ofrecen los y las ex de gentes famosas, que hacen de su rencor y venganza un autentico botín, ante el aplauso y la sonrisa complaciente de comunicadores y tertulianos- muchos progresistas- , que les explotan comercialmente para embrutecer a la audiencia. La sociedad española cada vez se escandaliza menos.
Eso si, en el guión secreto de los gobernantes está ofrecer a través de los medios público y también privados, la ridiculización de la indignada respuesta de padres de hijos violados y asesinadas, la caricaturización de una Iglesia cercada, la sumisión a la agresión de jóvenes salvajes y la indiferencia ante la vulneración de derechos.
Al mismo tiempo, ese guión exige máxima tolerancia ante la impúdica exhibición de las tendencias sexuales y la permanente idealización del amor homosexual como “panacea” frente al agotado modelo del matrimonio heterosexual basado en la moral católica. Y el colmo es cuando los “educadores” televisivos y literarios –todos muy modernos- recurren a la justificación sutil pero eficaz de la terrible educación católica que recibió el agresor, la tremenda rigidez con la que se crió en su casa, la incomprensión que vivió en su colegio, el autoritarismo del que hacía gala su padre, la insensibilidad de la madre, retahílas todas producto de la mejor defensa del horror, de la aberración y de la cobardía para no afrontar los problemas.
Los gobernantes españoles afrontan con debilidad las situaciones de conflicto con la sociedad, con los agresores del orden social, con los terroristas, con quienes tratan de demoler el orden ciudadano, la convivencia, la armonía entre las personas. Nadie quiere parecer autoritario, porque creen que es un valor de derechas, cuando sociedades como la francesa, la británica o la americana –sean quienes sean sus gobernantes- tienen la identidad nacional y el orden como un valor supremo y saben que quien lo pervierte, la paga.
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Licenciado en Ciencias Económicas y escritor
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