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crítica

[i]El baile de la victoria[/i]: el tibio regreso de Trueba a la ficción

domingo 29 de noviembre de 2009, 12:57h
Se esperaba a Fernando Trueba desde hace siete años, después del estreno de El Embrujo de Shangai, durante los cuales el director se ha dedicado al documental y a la escritura.
El director madrileño llegó como favorito a la última edición del festival de San Sebastián, pero su trabajo no se llevó los galardones que todas las quinielas pronosticaban y hasta su protagonista, el genial Ricardo Darín, se quedó sin el Premio al Mejor Actor, que le fue arrebatado por el debutante Pablo Pineda. Sin embargo, nuestra Academia de Cine sí ha visto en la cinta a la candidata idónea para representar lo mejor de nuestra industria cinematográfica en la lucha por los Oscar del próximo año.

La realidad es que el esperado filme de Trueba, estrenado este viernes, aunque de calidad indudable, no llega, en ningún sentido, al listón que su propio director había colocado hace años. Con una trama y una acción altamente desiguales en cuanto al interés que despiertan en el espectador, El baile de la Victoria resulta un producto que no convence totalmente y que, en ocasiones, parece confundir lo poético con una sensiblería fuera de lugar. Únicamente el personaje encarnado por el actor argentino consigue darle algo de credibilidad y de fuerza dramática a la pobre historia que cuenta, y que es la adaptación de una novela de Antonio Skármeta que pretende mezclar tragedia, humor e intriga.

En esta ocasión, Darín se mete en la piel de un célebre ladrón especializado en cajas fuertes, que sale de la cárcel gracias a la amnistía general en el Chile postdictadura. Su firme intención es la de recuperar a su mujer, interpretada por Ariadna Gil, y a su hijo de once años para vivir junto a ellos una existencia normal alejada de cualquier tipo de actividad delictiva. Pero sus planes fracasan muy pronto: su familia es ahora la de un próspero empresario y el socio que debía entregarle su parte del botín conseguido en el último golpe le asegura que la pasta se ha esfumado como consecuencia de negocios ruinosos. De modo que, a pesar de sus buenas intenciones, cada vez se siente más vulnerable ante las ofertas que le hace insistentemente otro delincuente, a quien da vida un mediocre Abel Ayala, liberado, como él, por la gran amnistía.

Se trata de un chaval lleno de los sueños y la energía de la juventud, cuyo único afán es dar un gran golpe que le permita vivir para siempre en la abundancia con la mujer de su vida, Victoria. En realidad, acaba de conocerla a la entrada de un cine porno, pero ha comprendido enseguida que no podría vivir sin esa chica tan especial. Victoria no habla, perdió todas sus palabras cuando, de pequeña, presenció el arresto y el asesinato de sus padres a manos de los esbirros del dictador chileno. Pero lo que sí hace es bailar maravillosamente, aunque tenga que limitarse a hacerlo en la destartalada academia de una vieja y pobre bailarina retirada que la ha dado cobijo. Y ella, Victoria, interpretada por Miranda Bodenhöfer, será el punto que una definitivamente los destinos de ambos ladrones.
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