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Desconcierto sostenible del Gobierno

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
martes 01 de diciembre de 2009, 21:18h
Tenemos muy mala suerte en España. Llevamos ya casi seis años con un conductor que se pasa la vida soñando el futuro como forma de no tener que gestionar el presente. Ante cada dificultad de hoy improvisa un plan para mañana. Tras un atentado islamista diseña la Alianza de las Civilizaciones; después de una patera quiere acabar con el Hambre en el Mundo y después de un incendio quiere vencer al Cambio Climático, sea ello lo que sea. De esa manera, se quita el problema inmediato de las manos, es decir “lo resuelve”, pero sólo consigue amontonar un inmenso embrollo para el porvenir. Con la peculiaridad de que, en un mundo inmensamente cambiante, el porvenir siempre está a la vuelta de la esquina.

De ahí que el Gobierno en esas manos, las de José Luis Rodríguez Zapatero, esté llegando a unos niveles insoportables de desconcierto, de ineficacia y de confusión. Errores que, hasta ahora, han sido sorteados por una magnífica utilización de la propaganda, pero muchísimos españoles, incluso más de los que imagina Zapatero, están hasta el gorro de sus fantasías, de su indeterminación, de su relativismo, de su incapacidad.

No cabe en un artículo el catálogo de la perplejidad gubernamental. Centrémonos, por tanto, en el último invento económico de Zapatero, la que merecería llamarse, dada la condición hiperbólica de nuestro Presidente, la Ley de la Gravitación Universal de la Economía Sostenible.

El Gobierno no tiene ni la más remota idea de cómo conjurar la crisis económica, de cómo plantear medidas de fondo a corto plazo para combatirla, de cómo frenar la sangría de parados y de cómo desplegar una política que lleve un renovado dinamismo a los agentes productivos para encontrar una salida regenerada al impasse que vivimos.

Por el contrario, el Gobierno se ha rendido ante el problema, ha mostrado su desesperanza para resolverlo con premura y sólo se le ha ocurrido abordar una solución ¡para 2020! Mientras tanto, lo único que ha previsto es cruzar los dedos invocando a la buena suerte de una recuperación espontánea y, por supuesto, intentar drenar su propia sangría de prestigio a base de subvencionar alguna bolsa de votantes a cambio de crucificar con impuestos a las clases medias, que hace ya tiempo que en su mayoría descubrieron la inanidad política de Zapatero.

Así, como si los españoles fuéramos los burros de la noria, movidos por un reclamo de zanahoria, nos pone delante de la nariz un Plan para dentro de una década: la Ley de Economía Sostenible. Que no es Ley, sino una especie de Libro Blanco de intenciones, con despliegue de reglamentos variopintos en un cóctel que combina la compra de vivienda y el ahorro del agua; la revocación de fachadas y la energía nuclear; la educación y las deducciones por alquiler; el coche eléctrico y los sueldos de ejecutivos; la temperatura de las oficinas y la subvención a las entidades financieras.

Y todo ello con un tufillo tan intervencionista como mesiánico. Porque con esa sarta de medidas incongruentes (sean buenas o malas individualmente) se supone que España va a cambiar por Ley su modelo productivo, junto a su modelo energético, su modelo de relaciones laborales, su modelo de comercio interior y exterior, su modelo tributario, su modelo financiero y hasta su modelo de consumo y ocio. Lo que era complicado, pero posible, en la Unión Soviética con sus planes quinquenales (y así le fue) pero que es bastante incompatible con la economía de mercado de una sociedad abierta, donde las apuestas gubernamentales sobre lo que debe ser tropiezan con las realidades sobre lo que puede ser o sobre lo que los ciudadanos quieren que sea.

No hace falta ninguna genialidad gubernamental para saber que es preciso apostar por las nuevas tecnologías, sobre la eficiencia energética, sobre la buena utilización de los recursos y sobre la innovación científica y la excelencia formativa. Pero eso ya lo saben las empresas, y muchas ya lo hacen. ¿O es que Zapatero solito va a instalar banda ancha o cable, o va a construir laboratorios de biotecnología, o va a rentabilizar la nanotecnología? ¿O va a dar clase de chino, de Internet o de marketing?

Por eso, cuando Zapatero recomienda lo que ya se sabe, lo hace para confundir a los ignorantes. Porque quienes pueden poner en práctica esos saltos tecnológicos o científicos ya lo conocen de memoria. Y si ellos no han podido ir más allá en el cambio de modelo es, precisamente, porque la entera economía española está lastrada por una forma política de entender el progreso que no ha podido liberarse del socialismo residual de Zapatero.

Lo que hay que cambiar es el modelo político del Gobierno, mucho antes de hacerlo con el modelo productivo. Porque el primero lastra al segundo de forma decisiva. Un modelo político que está preso del gasto público, que entra alegremente en una deuda nacional galopante, que ve la realidad social con las orejeras de la subvención, que extorsiona con impuestos a los sectores más pujantes, que aherroja el mercado laboral sin importarle el paro que se deriva de ello, que vive atado a la concepción decimonónica de la lucha sindical de clases.

Y sólo cuando el Gobierno entre en la modernidad, podrá hablar de modernidad. Mientras tanto, confundirá la economía financiera con el cambio climático, mezclará biotecnología con contraventanas y, al revés que Don Quijote, atacará con molinos de viento las lanzas de la crisis.

El inmenso error de partida es el complejo socialista de que es la política la que debe impulsar los cambios sociales, cuando es la sociedad cambiante la que debe tener su traducción política. Pero estamos hablando de libertad frente a planificación, de imaginación frente a adoctrinamiento, de iniciativa frente a intervención.

Y no se preocupen los socialdemócratas: con una sociedad pujante y productiva, después fluyen los recursos para la Sociedad del Bienestar, que es un concepto irrenunciable. Pero no se da de comer a la Seguridad Social o a la Educación pública utilizando para el cocido la gallina de los huevos de oro de la Sociedad Civil.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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