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Firmeza constitucional

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Se están atribuyendo estos días, en demasía, muchos defectos al Tribunal Constitucional. Se denuncia, así, su tardanza en resolver el recurso de inconstitucionalidad frente al Estatuto de Cataluña. O se señala que parte de los magistrados que lo componen hace tiempo que han visto concluido el tiempo de desempeño de su cargo. O se cuestiona abiertamente la legitimidad del conjunto de los integrantes del alto órgano para llevar a efecto la función jurisdiccional que le corresponde ya que el origen político de su nombramiento determinaría un alineamiento partidista de su lado impropio de una instancia judicial. A estos detractores ocasionales del Tribunal, habrían de añadirse los que reputan imposible la labor de la justicia constitucional cuando se pretende someter lo que, a pesar de las apariencias jurídicas, en el caso presente el Estatut, no es una verdadera norma sino antes que nada un acto o acuerdo político, y como tal irreductible a patrones de consideración jurídica y solo entendible desde criterios o valoraciones ideológicos y, como tales, discrecionales.

Pocos y endebles argumentos que difícilmente resisten un juicio de consistencia, por muy resumidamente que se formule. Desde luego que hubiese sido de desear que el pronunciamiento del Tribunal ya se hubiese producido o que la renovación del Tribunal hubiese tenido lugar en el tiempo establecido. Del mismo modo que hubiese sido deseable una actitud más respetuosa de alguna opinión en relación con el fallo que se espera de la alta instancia judicial, o preferible que algún incidente sobre la composición de la formación colegial no hubiese acabado en la aceptación de una recusación descabelladamente solicitada. De otra parte, la experiencia de muchos sistemas constitucionales corrobora la contribución de los Tribunales Constitucionales a la consolidación de la verdadera democracia, a pesar de la propuesta parlamentaria del nombramiento de sus integrantes, de modo que no hay motivo para pensar que el caso español pueda ser una excepción.

Es difícil, se convendrá, asegurar a una institución en el centro del sistema las condiciones óptimas de su funcionamiento. Lo que se espere de una institución es que funcione precisamente en el contexto difícil o complicado en el que opera. Y lo que interesa saber es que el Tribunal Constitucional tiene no sólo, conforme a su regulación constitucional, plena legitimidad de origen, sino de ejercicio, en cuanto que el desempeño de sus funciones jurisdiccionales se lleva a cabo de conformidad plena con las previsiones establecidas en la Ley Orgánica que atiende a su actividad.

No tengo la menor duda que la Sentencia del Tribunal, cuando se produzca, confirmará el acierto de nuestro constituyente al encomendar a tal órgano la garantía definitiva de la democracia constitucional. Se comprobará la pertinencia del control por su parte de un Estatuto de Autonomía, pues la naturaleza política de esta norma no impide la fiscalización de su regularidad constitucional. Como vio mejor que nadie el primer Presidente del Tribunal Constitucional, don Manuel García Pelayo, la Justicia Constitucional, más en los Estados descentralizados o compuestos, está precisamente para esto, para solucionar problemas políticos de manera jurídica.

Menos dudas tengo todavía sobre la independencia exquisita con que actuará el alto Tribunal , cuyos miembros determinarán su posición exclusivamente según su criterio jurídico, pues no puede esperarse otra cosa de su trayectoria institucional. El Tribunal Constitucional , viejo, desmontó sin fruncir el gesto la LOAPA, como intento centralista de rebajar la condición constitucional de la autonomía , que no estaba por tanto a disposición del legislador estatal, sino exclusivamente en las manos del constituyente o del legislador estatutario. Este Tribunal actual, por su parte, en reciente Sentencia ha cortado de raíz la convocatoria fraudulenta de un referéndum cuya competencia no corresponde a un Gobierno autonómico, descabalgando el proyecto soberanista de Ibarretxe. A este rastro, con toda esperanza, nos atenemos.
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