Pensamiento único sobre el Estatuto catalán
jueves 03 de diciembre de 2009, 19:10h
Escribió un agudo teórico de la política que la pasión por la unanimidad es propia del totalitarismo.
Los periódicos catalanes se han pronunciado unánimemente porque asumen una idéntica visión de la realidad. No hay lugar a la discrepancia. Monótona y cansada, parafraseando a Espronceda, es su contemplación sobre el mundo.
La muerte del pluralismo es, simple y llanamente, el óbito de la democracia. Cuando se impone la adhesión inquebrantable a un modelo, a una idea, la libertad llora amargamente, se desangran todas sus venas.
El pensamiento único se funde en la coacción, sea material o provenga del estado-ambiente. Me vienen a la pluma las palabras de Savater en su “Panfleto contra el todo” cuando decía que buscar la unanimidad me parece tan lóbrego como desear que siempre sea trece y martes.
Las horcas caudinas pasan a cuchillo a los que se atreven a mantener criterios propios. La apisonadora de la unanimidad acaba con cualquier espacio para pensar por uno mismo. Las flores se marchitan y todo se convierte en un secarral.
El pensamiento único necesita existencialmente deformar la realidad para hacer creíble la suya. Se fundamenta siempre en falsedades, en retorcimientos. El pensamiento único es pasional y acientífico. No le interesa el individuo sino la colectividad sumisa que camina a la orden y que acaba creyendo las falacias que se le imponen a golpe de consigna.
El pensamiento único, en fin, requiere de un enemigo racial al modo hobbesiano, responsable de todas las maldades que una mente perversa pueda imaginar. Una vez identificado es sancionado a perpetuidad sin ni siquiera someterlo a un juicio justo. ¡Que pase el condenado!, como decía aquél célebre aprendiz de jurista. Los ideólogos de la unanimidad han hecho del Tribunal Constitucional la encarnación formal de la perversidad, descalificando a parte de sus miembros, retrógrados e insensibles ante un Estatuto que se empeñan tozudamente en situar de un modo subordinado a la Constitución de todos.
El Estado de Derecho es sustituido por el Estado de SU Derecho a golpe de acusaciones insostenibles como que los Tribunales pretenden estar por encima de presuntas voluntades refrendadas, sembrando la duda de su legitimidad. El cirujano de hierro no es quien tutela la supremacía del Derecho sino quien pretende derruirlo al poner por encima de la Constitución un presunto pacto político coyuntural. Poco le importa al ideólogo de la unanimidad. A su proyecto de país todo está subordinado, incluso nuestra dignidad. Me sumo con orgullo a la propuesta de Francesc de Carreras: ¡Que me borren!.
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Catedrático y Abogado
ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial
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