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Relaciones líquidas

Montse Fernández Crespo
viernes 04 de diciembre de 2009, 17:16h
Mi compañera está triste, tremendamente triste, tanto que no puede evitar que se sus ojos se empañen en nuestra compañía. Y se aguanta y se duele y nos dice: “Estaba convencida de que era el hombre de mi vida”.

Yo le doy vueltas, como a casi todo, buscando sentido a aquello que modifica el comportamiento humano y concluyo con el convencimiento de que el concepto “hombre de mi vida” o “mujer de mi vida” ha dejado de existir, simple y llanamente, porque lo que ayer tan firmemente representaba hoy carece de significado. Sí, son malos tiempos para la lírica. No depende de nosotros ni es nuestra la culpa. Vivimos en una sociedad líquida (término acuñado por el sociólogo Zygmunt Bauman) apunto de derretirse, por causas exógenas, como le ocurre al hielo en los círculos polares.

Hasta ahora el ‘progreso’ era una promesa de felicidad universal y duradera, la manifestación extrema del optimismo radical. Pero ahora, el ‘progreso’ representa la amenaza de un cambio implacable e inexorable, que lejos de augurar paz y descanso, presagia una crisis y una tensión continuas que imposibilitarán el menor momento de respiro. El progreso se ha convertido en algo así como un persistente juego de las sillas en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota inapelable. En lugar de grandes expectativas y dulces sueños, el ‘progreso’ evoca un insomnio lleno de pesadillas en las que uno sueña que ’se queda rezagado’, pierde el tren o se cae por la ventanilla de un vehículo que va a toda velocidad y que no deja de acelerar.” (http://www.genisroca.com/2008/01/03/tiempos-liquidos/ )

Y así es. Nada, absolutamente nada, depende enteramente de mí cuando hasta la pataleta de un maorí en las antípodas puede repercutirme y provocar que se destroce o que, simplemente, zigzaguee lo que con esmero había planeado. Si se profundiza en ello, empieza a sentirse un miedo al futuro, ya no a largo plazo, sino en el más cercano, repleto, cada amanecer, de nuevas y desconocidas incertidumbres. Como un temblor que no cesa.

Cuando absolutamente todo lo que conoces es susceptible de cambiar a gran velocidad sabiéndose uno mismo incapaz de controlarlo, la sensación de inseguridad se magnifica. Inseguridad que se extiende y se padece: inseguridad laboral, inseguridad social, inseguridad personal, inseguridad emocional… Vulnerabilidad.

Bauman argumenta que esta vulnerabilidad se desprende del hecho de que para establecer una relación son necesarias al menos dos personas, pero para romperla, basta con una. La posibilidad de que a la mañana siguiente nuestro compañero (amante/amigo) decida que no quiere saber más de nosotros nos mantiene temblorosos subconscientemente en un constante estado de inquietud.

Es posible que estas realidades relacionales, que se desprenden de la característica líquida de la sociedad en la que vivimos, sean lo habitual para las nuevas generaciones que han nacido con ella, y que nuestros mayores mostraran perplejidad con sólo escuchar el término, pero para nosotros, la generación X entre otros, esta mutación social nos asalta un tanto descolocados obligándonos a batirnos mental y emocionalmente entre los valores que nos inculcaron y aquellos a los que tenemos que adaptarnos ahora.

Olvidemos el “para siempre”. El futuro es cada vez más un brevísimo “corto plazo”.


PD. “Se va por una semana, pero medio dormido, lleno de pánico, se me ocurre que no volverá jamás. Se beso, suave y resuelto, sus ojos brillantes, me llenan de vacío.” (Justine, Lawrence Durrell)

montsefcfr40@hotmail.com
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