Afganistán, ¿guerra de necesidad?
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 07 de diciembre de 2009, 13:21h
Tienen los americanos en el subconsciente, a veces incluso en las primeras capas de la conciencia, un imperativo categórico: evitar la repetición de Vietnam –cuando razones politicas y de opinión publica forzaron la derrota de las fuerzas armadas mas poderosas del mundo- y del primer Afganistán –donde tras expulsar a los soviéticos creyeron los americanos cumplida la tarea y dejaron el terreno libre a los fundamentalistas musulmanes que ellos mismos habían entrenado, armado y alimentado-. En ambos casos, y más alla de las evidentes diferencias, los Estados Unidos practicaron lo que en retrospectiva muchos ahora consideran un grave error estratégico, politico e incluso histórico: la retirada sin condiciones ni garantías.
En el debate que en este momento tiene lugar en los Estados Unidos sobre la guerra en Afganistán, como en el que en los últimos años ha venido teniendo lugar sobre la presencia americana en Irak, esa memoria del fracaso y sus consecuencias están teniendo una profunda influencia en las decisiones del cuerpo político y, en primer lugar, de la Casa Blanca. La decisión en su momento tomada por Bush de aumentar significativamente el número de tropas destinadas en la antigua Mesopotamia, cuando la “psique” popular tendía al derrotismo abandonista, se ha correspondido casi exactamente con la ahora adoptada por Obama, en parecidas circunstancias psicológicas, con respecto a Afganistán. Ha sido el Secretario de Defensa Gates, que ya lo fue con Bush, el que se ha encargado de recordar los paralelismos:” en dos ocasiones”, ha dicho,”he tenido que proponer y administrar un aumento de tropas en guerras exteriores”.
No todo es memoria. La guerra en Afganistán, la más larga conocida por los Estados Unidos en toda su historia, y que hasta hace poco tiempo quedaba oscurecida en horror y víctimas por la que se desarrollaba en Irak, ha pasado al primer plano de la preocupación pública a medida que la situación allí se normalizaba mientras que en el país de Karzai se recrudecían los combates y aumentaban las pérdidas americanas. Bajo las gélidas cifras oficiales de las bajas se encierra una expansiva tragedia humana que incluye a los caídos en combate y a los que lo sobreviven en penosas condiciones físicas y mentales. Siempre cabe especular sobre la resistencia social a la tragedia. Ninguna duda por el contrario sobre su progresiva generalización y el cansancio nacional correspondiente. Que tiene más amplia representación entre los demócratas que entre los republicanos. De ahí en parte las vacilaciones de Obama para decidir sobre la continuación de una guerra que él mismo calificó de “necesidad” –para distinguirla a la iniciada por Bush en Irak, considerada por el contrario como una de “elección”, comparable a un capricho- y que resulta cada vez menos popular entre sus seguidores. Por no hablar de los congresistas y senadores demócratas cuyos escaños salen a elección en 2010 y que temen ser barridos por el sentimiento antibélico. O del propio Obama, que esperará llegar al 2012 con Afganistán pacificado y la guerra ganada, para evitar que su reelección se convierta en un referéndum sobre el conflicto y sus consecuencias. La indicación, luego cuidadosamente matizada, de que las tropas comenzarían su retirada en el año 2011, escogido no por casualidad, tiene precisamente ese trasfondo electoral.
El Presidente de los Estados Unidos, aconsejado por sus jefes militares, ha optado por una estrategia que incluye la utilización de las operaciones especiales y de avanzados medios electrónicos para “decapitar” –como gráficamente dicen los militares americanos- al enemigo y reducir el nivel de violencia mientras las tropas sobre el terreno procuran, en colaboracion con las incipientes fuerzas militares y de seguridad afganas, estabilizar el territorio y su población. Exactamente lo que, con éxito hasta el momento, se ha hecho en Irak.
En la progresivamente polarizada opinión pública americana, la propuesta de Barack Obama ha sido recibida con división de opiniones. Y si la gresca no es todavía mayor es porque, en el fondo, los americanos todavía coinciden en estimar que un Afganistán, en la vecindad de Pakistán, dejado a sus propias iniciativas, acabaría en otro 11 de septiembre. En ello también concurren los aliados en la OTAN que comparten con los Estados Unidos, aunque sea de manera minoritaria y a veces rezongona, la responsabilidad de las operaciones en el lejano territorio.
Quizás convenga admitir, en ese complicado entrecruce de razones y de sentimientos, que en efecto la pelea en Afganistán define mejor que ninguna otra, a principios del siglo XXI, los méritos respectivos de la libertad y de la barbarie. Nadie puede nunca explicar el dolor de una muerte. Es cierto. ¿Podríamos alguna vez soportar la ascensión del totalitarismo islamista?
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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