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Cutre Navidad

miércoles 09 de diciembre de 2009, 22:01h
Pasado el puente de la Constitución y de la Inmaculada, uno ya es plenamente consciente de que no hay salvación posible. Sólo el afortunado que tenga un refugio en una aldea con menos de veinte habitantes o que disponga del tiempo y de los fondos suficientes para escapar a algún remoto paraje en el que no se celebre la Navidad, podrá huir de pasar el mes de diciembre y algo del de enero sin someterse a la exigencia de emborracharse, indigestarse y dejar su cuenta en números rojos. Soportará, además, insufribles atascos y aglomeraciones de hordas bárbaras a la caza del último juguete, agotado ya desde septiembre.

En estas condiciones es difícil, mejor dicho imposible, encontrar un equilibrio para disfrutar, en la verdadera paz que anuncia el villancico, de las fiestas navideñas. El último fin de semana en Madrid ha sido el aciago preludio de lo que se avecina y la razón definitiva para odiar sin remilgos ni falsas correcciones sentimentales o políticas una época en la que si no participas en igual medida que los energúmenos de pelucas rojas y verdes que pasean por la calle Mayor, te tachan de amargado aguafiestas digno de la más cutre y vacía de las compasiones. Hasta el pasado martes por la noche, la capital estuvo literalmente invadida de gente, muchos llegados de fuera para contemplar las recicladas luces navideñas de bajo consumo y las horteras atracciones que el alcalde se empeña en extender cada vez más por los adoquines del centro, convirtiendo sus calles en una feria de pésimo gusto. Gente que nada quiere saber de crisis, de pobreza, de abandono, de dolor ni de enfermedad.

Murió hace mucho el espíritu navideño. Eso de sentar a un pobre en la mesa suena a película en blanco y negro y lo hemos cambiado por excursiones patéticas a los estridentes centros comerciales, símbolos de nuestra decadencia, que dentro de unos siglos nos identificarán, como ahora lo hacen los acueductos y las calzadas con el Imperio Romano. Nos hemos vuelto locos. No, peor, tremendamente superficiales, y ni siquiera la crisis financiera que ha arrasado el mundo occidental y que aún colea con fuerza, especialmente en España con una tasa de paro que asusta al que no encuentra trabajo o al que teniéndolo, aún le late el corazón de la empatía, ha servido para que hagamos examen de conciencia y nos miremos de verdad por dentro. Será por miedo a encontrarse con que ya no nos queda alma. Ni siquiera aquella efímera que sacábamos de paseo por Navidad.

A los que aún sí les quede algo, que dejen de lado el esnobismo y recuerden que no hace falta marcharse a remotos, peligrosos y exóticos lugares de la Tierra para encontrar al pobre a quien brindar un asiento en su opípara mesa. El sufrimiento está aquí, muy cerca, a la vuelta de cada atestada esquina que las luces de los grandes almacenes tratan de ocultar. Aquí, en Madrid, hay muchos ancianos que viven solos en edificios viejos sin ascensor y sin calefacción, que cenarán otra noche más con la única compañía del televisor, si aún funciona. También hospitales repletos de personas que padecen y de quienes sólo se acordará su familia, si tienen la suerte de tenerla y llevarse bien con ella. Y, por supuesto, pobres martirizados por los insultantes anuncios que repiquetean a cada instante con mensajes de opulencia y derroche, cuyo único consuelo durante estas frías noches de celebración será la anhelada sorpresa que pueda guardar en su pegajoso fondo un contenedor verde mucho más lleno que durante los demás meses del año.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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