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T. Blair, el hombre odiado (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 14 de diciembre de 2009, 19:35h
Al tiempo que en Gran Bretaña se llevaba a cabo una encarnizada batida denigratoria por parte de la intelligentzia de la larga experiencia gobernante de T. Blair, en Europa y América del lado de las mismas esferas se realizaba una campaña similar, centrada en el Viejo Continente en su europeísmo de cartón piedra; y, en una y otra orilla del Atlántico, en el obsecuente seguidismo de la política iraquí de su gran amigo G. Bush, del que se mostrara su más incondicional aliado.

Duro si no trágico destino, en verdad, del más europeo, con la excepción del conservador E. Heath, de los premiers ingleses de la segunda mitad del novecientos. Amante y admirador de Francia –cuya lengua dominó desde la mocedad-, simpatizante con la gran campaña de J. Delors en pro de la unidad monetaria de la Comunidad, defensor ardido de la ofensiva de la OTAN contra los racistas serbios exterminadores de Kosovo, pero no menos decidido partidario de la labor de puente entre Norteamérica y Europa protagonizada por su país, celoso guardián de la “relación especial” adunada entre Washington y Londres desde comienzos de la segunda conflagración mundial, su figura se convertiría tras su reluctante salida de Downing Street en el chivo expiatorio de gran parte de la opinión mundial. Sin eximente alguno, sería acusado de cerril adicto de la actuación manipuladora de Bush contra el régimen de Sadam Hussein y de defraudador de las mejores expectativas de un compromiso verdadero con la causa de la unidad europea del lado de sus compatriotas. Arrojado a la hondonera del menosprecio generalizado, se llegarían a censurar sus elevadas tarifas como conferenciante público, sus fuertes convicciones religiosas y su desastrada actividad como mediador entre judíos y palestinos en la última por el momento de sus tareas políticas… El “vía crucis” del estadista ingles –artífice, entre otros logros de alcance histórico, de la paz entre las dos comunidades de Irlanda del Norte- es quizá el más prolongado de los sufridos en la contemporaneidad más reciente por ningún otro ex-gobernante de alta estatura.

La última estación de este calvario ha tenido lugar en las semanas precedentes. Presentada numantina y paradójicamente su candidatura para la Presidencia europea por su sucesor y mayor adversario intra moenis de su política de integración del Reino Unido en la Comunidad, Gordon Brown, su aspiración se encontró frente al muro granítico formado por los socialdemócratas y conservadores de los países decisorios, con la salvedad parcial de Nicolás Sarkozy, imantado -¡gran cosa!- indeficientemente por su brillantez dialéctica, intuición y pasión por la res publica. La persecución del hombre llegó con tal motivo hasta tal punto que la gran mayoría de los comentaristas de la elección del Presidente del Consejo Europeo hallaban una compensación al disgusto provocado por la designación del grisáceo -¿será así su futura gestión?- Hermann Van Rompoy en la alegría producida por la frustración de Tony Blair.

Aparte de las vicisitudes y tractos registrados en la trayectoria de gran parte de las biografías de los mandatarios políticos de más levado perfil y celebridad, lo acontecido en la andadura blairista es también muy ilustrativo de los compartimentos de los medios de comunicación de Occidente y de la sociedad de la que son exponentes, ahincadamente reacios a las “conversiones” conservadoras y a la insobornable independencia de los espíritus de fuerte temple. Empero, si éstos no existieran habría que crearlos, justamente para la oxigenación de una convivencia fecunda y la tonicidad de una atmósfera moral no siempre estimulante. Los historiadores de la Grecia y la Roma clásicas sabían algo de ello y nos dejaron un testimonio propicio siempre a la meditación provechosa.
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