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¡Prohibición a los toros!

José Suárez-Inclán
miércoles 16 de diciembre de 2009, 20:36h
En la tienda del Museo Picasso de Barcelona hay una hornacina con su repisa, su armario y sus tres estanterías, dedicada a “Toros y toreros”. Dibujos, aguadas, tintas, pinturas y acuarelas del gran pintor malagueño y catalán, español y francés, local y universal, se exhiben y venden reproducidos en tazas, llaveros, abanicos, cuencos, platos, cuadernos, agendas, gomas de borrar, ceniceros, cajitas, posavasos, manteles, pliegos de papel de acuarela, postales y libros ilustrados. Justo a la entrada. Se topa uno con ello en la boca de la puerta principal. Quieras o no. Una joven de rasgos orientales y una hermosa mulata vestida de blanco observaban el expositor con interés. La primera tomó en sus manos un llavero con una escena de la tauromaquia en tinta china. La segunda, miraba. Yo también, desde detrás, miraba los dibujos taurinos del maestro y las miraba a ellas. De pronto otro joven se acercó. Escondía una secreta violencia bajo sus ropajes de paz. Inopinadamente, hizo un gesto de desprecio, dio la espalda al escaparate, y mirando a la cola de visitantes que esperaban para pagar frente al mostrador de caja, se puso a gritar: “Pero ¿qué hace esto aquí? ¡En Barcelona no queremos muestras de barbarie! ¡Prohibición a los toros! ¡Que lo quiten, que desaparezca! ¡No al crimen animal!” El joven, al que todo el mundo miraba atónito, parecía, como un profeta iluminado, amparado por la seguridad de que en estos días se celebrarían las últimas corridas de toros de la fecunda historia taurina de esta gran ciudad. Los hombres libres prohibicionistas comenzaban a celebrar a gritos el expurgo y secuestro del arte bárbaro de un tal Pablo Ruiz Picasso. En unas horas se iba a celebrar un festejo taurino —un canto de cisne— en los que la plaza Monumental de Barcelona acogería en sus gradas mujeres y hombres bárbaros, ávidos de ver en la arena las zapatillas negras de los toreros.

Por la tarde, media hora antes de la corrida que daría comienzo a las seis, estábamos ya en las puertas de la plaza Monumental. Ajetreo de gente en las aceras y fragor de tráfico en la calle Marina, que circunda el coso. Detrás de los coches, en la acera que mira a la Puerte Grande, se oyen algunos pitos y gritos perdidos tras unas domésticas pancartas. Son caras, miradas y gargantas con algo lúdico y violento a la vez, una agresividad disfrazada, un buenismo fatal. Son los prohibicionistas, los salvadores de la cultura animal (entienda cada cual esta expresión como mejor le convenga, sin proscripción alguna). Los cuento uno a uno y compruebo que son nueve. U ocho, porque una señora de rojo, que parece enormemente feliz, no se sabe si pertenece a las brigadas antitaurinas o solamente mira. Me doy cuenta que son menos que los toreros y sus cuadrillas.

A la salida, en el revuelo de motores y faros, de grupos de gente que los interrumpen alegremente, corriendo tras El Juli y Manzanares, que se pasean en hombros con sus heroicos, anacrónicos vestidos de oro que cuajan las sedas nazarenas y carmesíes, vuelvo a oír, lejanos y pertinaces, los pitos y las voces de la legión animalista de la interdicción. Los volví a contar. Se habían sumado dos. O a lo mejor uno. Eran ya diez.

Cuando volví a casa, recordé unas recientes declaraciones publicadas en “Burladero.com”, de Bruno Delaye, embajador de Francia en España: “La afición francesa es muy fuerte e importante. Hace poco salió una encuesta en la que quedaba claro que la inmensa mayoría de los franceses no quieren que se prohíban los toros, aunque como en todos los sitios hay gente a la que le gusta y a la que no. Hay personas opuestas, pero la mayoría de la población del sur de Francia apoya la fiesta brava”.

Algunos ingenuos se extrañan, y aun se indignan, cuando comprueban que en el país vecino se considera a Picasso un pintor francés. Entonces sale el patriotismo facilón, llamado, con término guasón y acertado, “patrioterismo”. Los que se indignan ante este hurto de la nacionalidad picassiana, acto seguido, en bochornoso ejercicio de ignorancia, suelen acusar a los franceses de chauvinistas, o sea: de lo mismo. Pero por lo menos no prohíben.
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