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Los bajos salarios docentes

Enrique Aguilar
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enrique_aguilarucaeduar/15/15/19/23
miércoles 16 de diciembre de 2009, 20:43h
La docencia es habitualmente una actividad mal remunerada en todos lados y en algunos más todavía que en otros. Las causas explicativas de esta realidad no son las mismas aquí o allá y desde luego difieren conforme se trate del nivel primario, secundario, universitario, o según la procedencia (pública o privada) de su financiación.

Sin embargo, se podría identificar una causa primera y general que reside, a mi modo de ver, en la opinión harto extendida de que la docencia no es una profesión asimilable a otras sino una en la cual los móviles vocacionales pesan más que cualquier consideración crematística, al punto de predisponer al docente a resignar sus aspiraciones materiales en la creencia de que serán compensadas por réditos de orden espiritual.

Por cierto que la satisfacción por el conocimiento compartido, o por el posible contagio producido en un alma suficientemente receptiva, resulta imponderable en términos económicos. Y no caben dudas de que el factor “vocacional” es determinante a la hora de elegir una profesión por lo común subestimada y descartada de entrada por quienes anhelan para sí un buen pasar. Pero esto no debería servir de excusa en ningún caso.

Además, para ceñirme al caso universitario, creo que el problema se acentúa debido a que quienes toman decisiones en materia de recursos humanos de enseñanza ignoran casi siempre cuáles son los avatares y las responsabilidades propias que recaen sobre las espaldas de un profesor y que abarcan no sólo el dictado de horas de clase sino su respectiva preparación, la corrección de exámenes, la atención de alumnos y, por si fuera poco, la investigación, la publicación de artículos, la asistencia a congresos, la presentación de ponencias, la supervisión de tesis o trabajos de graduación, etc.

Si existiese de verdad conciencia de lo que comporta este cúmulo de tareas, seguramente se daría prioridad a las remuneraciones docentes, postergando otras “urgencias” y orientando la búsqueda y el destino de los recursos a una finalidad que toca a la actividad central, al corazón mismo de la universidad. En efecto, no hay universidad sin profesores. No hay buenos profesores si no se los estimula. No hay estímulo si, al margen del reconocimiento de alumnos y colegas, no se ofrecen salarios que permitan al docente llevar una vida digna sin verse obligado (como a veces ocurre) a distraer sus labores específicas con otras que tienen lugar fuera del ámbito académico pero a las que recurre para completar sus ingresos y sostener a su familia.

Enrique Aguilar

Politólogo

ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina

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