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Berlusconi sale del hospital, así que...

domingo 20 de diciembre de 2009, 16:35h
Última columna política y luego dejaré que el espíritu navideño se apodere de mí. Después de darle mi enhorabuena a Berlusconi por haber salido del hospital y reiterar mi condena sin reserva por la agresión, merece la pena reflexionar sobre la última semana que ha vivido Italia.

Lamentablemente, el suceso demuestra el clima político que vive el país, cargado de odio y de exasperación, un malestar que no podía tardar en manifestarse. Italia se halla en una difícil etapa, caracterizada por un envenenamiento de la política y una profunda división de su sociedad civil: antes se decía “o le odias o le amas”, mientras ahora se ha convertido “o le votas o le deseas la muerte”. El país parece dividido en dos bandos, antagónicos y antagonistas, que se enfrentan, considerando que la política pueda asociarse a la violencia. Es un absurdo: son los electores quienes deciden si un político sigue con su mandato o se le manda a casa. La violencia no representa una solución: a Berlusconi se le puede contradecir, se le debe criticar, se debería juzgar judicialmente, pero nunca pegar. La agresión demuestra sólo el clima de exasperación imperante, la incapacidad de entenderse, la pérdida de la esencia democrática y del respeto por el diferente, que puede gustar o menos. Por eso, invité a ser solidarios con Berlusconi y por eso elogio a las pocas voces sensatas que se han escuchado desde el pasado domingo: Napolitano, Fini, Prodi (¡jamás hubiera pensado que podría echarlo tanto de menos!) han invitado a bajar el tono de la discusión, intentando que el país evite caer en una nueva espiral de violencia. Este odio está incubando una situación trágica, un retorno al pasado, al terrorismo político de los años setenta, donde se vertió demasiada sangre roja y negra.

Y por este misma razón, considero un absurdo las acusaciones públicas (y parlamentarias) de terrorismo mediático, definiendo que los críticos de Berlusconi forman parte de una “red de odio”. Es una reacción insensata cargar las responsabilidades sobre quienes le han venido criticando, aún más si tenemos en cuenta que no provienen sólo de la prensa cercana al jefe de Gobierno (el “satírico” Il Giornale) sino de alto cargos políticos. Abogando por la total libertad de expresión, de información y de crítica, resulta irracional e inadmisible señalar a la prensa, a los medios de comunicación y a parte de la oposición política como responsables morales del ataque sufrido por el primer ministro. Me parece un disparate peligroso, tanto que desde que supe que un nuevo testigo afirma de haber visto a alguien pasarle el objeto al desquilibrado agresor, ¡me alegro de tener una buena coartada! Por esta misma razón condeno firmemente quien está haciendo apología de la violencia, la irresponsabilidad que se ha empadronado de Facebook, donde se han acrecentado los grupos de apoyo a Tartaglia o el video de Youtube que aparece con el nefasto comentario: “todo buen actor acaba recibiendo su estatuilla”. Siento tristeza por cualquier tipo de fanatismo, sea por parte de aquellos que pasan la noche en vela fuera del hospital, sea de quien compran la estatuilla del Duomo para conmemorar el evento.

Reiterando de manera clara y determinante, mi condena por lo sucedido y mi solidaridad humana hacia el primer ministro no puedo olvidar que apenas 15 minutos antes de la brutal y dichosa agresión, Berlusconi estaba vehementemente arremetiendo una vez más contra instituciones, opositores y enemigos. Con eso quiero expresar una preocupación: el ataque no debe convertirse en una excusa perfecta para legitimar la carrera hacia la dictadura, ni justificar medidas que reduzcan las libertades civiles. El fin no justifica los medios: no estamos al borde de una guerra civil, pero sí que podríamos llegar si la situación no se maneja con cuidado. La calma y la concordia social no se pueden obtener garantizando la inmunidad judicial al cavaliere. Otra cosa es la de preocuparse por su incolumidad física, por la eventualidad de una agresión o incluso de un magnicidio.

Y, ¿qué esperarse de Berlusconi? Bueno, que deje de utilizar palabras mesiánicas, de que su sangre y su sufrimientos sirven por el bien del país (él mismo sabe que la religión, sus símbolos sí que hacen daño…) y asumir una actitud conciliante y tranquilizadora. Tome como ejemplo Togliatti (difícil que Berlusconi esté a su altura...) que de inmediato invitó los italianos a la calma, a “deponer las armas” y a un clima mas distendido. Mientras tanto los cinco puntos para cerrar la herida se han convertido en cinco puntos más de consenso en torno a su figura.

La solución a la grave crisis ético-política que vive Italia no consiste en la reducción de los espacios de democracia, en la hostilidad a la magistratura o en la mordaza a la prensa crítica. Ni en la violencia o en las agresiones físicas. Italia quiere cambios, necesita una nueva clase política, una ética nueva, eliminando quien abogue por la adaptación del Estado y del derecho a sus conveniencias y de quien en lugar de oponerse a las políticas de su gobierno, se encara a Berlusconi. Bueno, pero dónde se encuentran nuevos políticos: ya que estamos por estas fechas ¿pedirlos a papa Noel?
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