La UE: una lectura española
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 21 de diciembre de 2009, 18:42h
Es pronto y, por ende, arriesgado y, acaso, si se quiere, un punto irresponsable extraer consecuencias de largo alcance de la reciente puesta en práctica del Tratado de Lisboa, hoja de ruta de la unidad europea rumbo a su definitiva consolidación (que no tendrá efectivo término hasta la incorporación de Rusia al proceso). No obstante esta en nada desdeñable aporía, la trascendencia del acontecimiento y algunos datos desprendidos ya de su flamante travesía autorizan cualquier reflexión encaminada a incrementar siquiera muy superficialmente el caudal de su pensamiento.
La designación como primer Presidente de la UE del político flamenco V, taumatúrgico gobernante del último periodo de la historia de Bélgica, transcurrido merced a sus artes prestidigitadoras en inesperada calma, y la influencia decisiva que en su nombramiento ha tenido la Canciller Angela Merkel -a la cabeza del país de mayor tradición federal entre los grandes estados del Viejo Continente- así como N. Sarkozy, audaz propugnador de la primera tentativa anticentralista de alguna entidad en el acendradamente jacobino mapa del Hexágono, permiten imaginar una deriva crecientemente regionalista y autonómica de la estrategia general bruselense cara al diseño territorial de la comunidad. En plena marejada o, si se prefiere, tormenta del Estatuto catalán, el tema, per se de alto velamen y subido interés, reviste caracteres de urgencia y gravedad imponderables. Más que ningún otro del de los países miembros de la Unión, será el futuro inmediato del español el que acuse en mayor medida los efectos de la nueva planificación dibujada en los despachos de Bruselas respecto a la orientación prevalente en su política interna. Otras veces ha sucedido. Rezagada de ordinario en su incorporación a los grandes debates continentales, en ocasiones como la presente la Península y sus archipiélagos se convierten en escenario principal de los envites superiores de la historia.
Pero ni el ejemplo belga ni tampoco el germano sirven de gran enseñanza para los derroteros del primer Estado-nación en el caminar del mundo moderno. De formidable personalidad en todas sus piezas geográficas, con un pasado regional sin posible parangón en los siglos de su construcción medieval, tierra predilecta de la diversidad, España nunca ha sido una nación de naciones, por mucho que el genio envidiable y empecinado de Unamuno se afanase por dar carta de legitimidad a su eutrapélica definición ni, ulteriormente, sus escoliastas no cejaran en defenderla. Como representación simbólicamente suprema de los reinos que protagonizaron la empresa reconquistadora, España gozó en todo momento de unidad antes de que los Reyes Católicos la plasmasen política y territorialmente. Bélgica, entidad nacional surgida artificialmente en 1830, y Alemania, a la que en Sadowa –agosto de 1866- y en Varsalles –enero de 1871-, Bismarck, el mayor estadista de un siglo pródigo en ellos, otorgara su status estatal, no admiten cotejo posible con la andadura de un pueblo que durante cerca de quinientos años, apenas fraguadas las bases de su ordenamiento como Estado-nación, usufructuó una condición imperial, ahincada desde luego y sobre todo en una viva y permanente conciencia unitaria. Ni en la etapa del César Carlos y su hijo ni durante la de los Austrias Menores ninguno de los súbditos de la Monarquía Católica albergó dudas acerca de en qué solar y en quiénes hombres residía la esencia del poder de su formidable fábrica política y organizativa.
Desde los cuadrantes bruselenses semejan soplar en estas semanas iniciales de la Presidencia vientos propicios a una nueva visión del diseño político y territorial de los países de la Unión. Las corrientes federalistas parecen alzarse sobre las unitarias y centralistas, hegemónicas hasta el presente. Los partidarios de éstas temen que la prevalencia de aquéllas desunan lo que se mostró por los siglos unido y den paso a un horizonte de fragmentación e, incluso, de taifismo. Mientras que, por el contrario, los adictos a las primeras de las mencionadas orientaciones propugnan un aflojamiento del que consideran corsé centralista, a fin de establecer responsabilidades y metas más compartidas, integradoras de las energías de un solar como el europeo entero caracterizado por su dionisíaca diversidad. En su sentir, los Estados-nación a la manera del español tienen una fecha de caducidad a muy corto término, y es preciso adelantarse al curso imparable de la historia, cimentando una convivencia edificada sobre el principio axial de la federación y, llegado el caso, incluso de la confederación allí donde por siglos reinó el espíritu uniformador y centralista…
Que tal visión no se ajuste o se acomode a la realidad del pasado –más bien, lo primero- en nada es obstáculo para que se ofrezca como experiencia creciente e irrefrenablemente deseada por sectores influyentes de la sociedad española, muy en onda así con la flamante fase que se ha inaugurado en el gobierno de la Unión, que tiene justamente como primera asignatura el encarnarse y hacerse presente en la cotidianeidad, en el día a día de los ciudadanos de una Europa todavía, a la altura de los años diez del siglo XXI, en búsqueda de un tejido cordial y entitativo de verdad roborante. Por muchas que sean las dificultades que se dibujen en dicha senda, tales fuerzas se muestran hodierno firmemente decididas a recorrerla hasta abocar a un panorama de corte federalista en la estructura del Estado español, que, según gran parte de sus integrantes, no se halla excluida del articulado de la Carta Magna de 1978. Aunque mayoritarias en el conjunto de la población, las capas y elementos opuestos a ese planteamiento de la identidad nacional y de su navegación futura por el mapa europeo y mundial advierten que el impulso de la actualidad y el peso, enorme, de las esferas culturales y mediáticas más “vanguardistas” labran sin desmayo ni fisura un porvenir que discurra sobre roderas hasta ahora no transitadas por un pueblo que viene de lejos y avezado constructor de arquitecturas de tamaño y vigor colosales.
Así las cosas, Europa quizá decida en medida muy considerable el rumbo próximo de nuestro país. Muy indigente en pensadores de proyección nacional y autoridad señera e imperante en las esferas políticas los enfoques más limitados y angostos, el presente español está acaso más abierto que nunca al “seguidismo” y la imitación pedisecua del modelo que patenten el presidente y la canciller A. Merkel con el visto bueno más o menos reluctantes de Sarkozy, urgido en la segunda fase de su mandato quinquenal de extraer nuevos programas de su inagotable chistera. El torcedor que para esta carta de navegación supondría una victoria de los tories en el Reino Unido, con la consiguiente pleamar de los nacionalismos galés y, sobre todo, escocés, pero con el acrecentamiento igualmente del unitarismo a escala continental, no implicaría quizá con todo la aparición de una palestra distinta a que se configura a nuestra vista estos días.