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España y su responsabilidad europea

lunes 28 de diciembre de 2009, 17:31h
Normalmente, la experiencia equivale a cualificación. Esta será ya la cuarta vez que nuestro país presida el Consejo de la Unión Europea y sus diplomáticos y políticos acaudalan un sobresaliente potencial de conocimientos sobre todos los aspectos del funcionamiento del mastodóntico organismo, facetas menores y mayores pero todas importantes a la hora de responder al singular desafío que en la ocasión presente dicha presidencia.

Pues, para comenzar, una vez votado y botado el Tratado de Lisboa, la presidencia nata ya no corresponderá al jefe del Ejecutivo español sino al flamante máximo responsable del Consejo Europeo, el belga Van Rompuy; y lo mismo acontecerá en el delicado y estratégico ámbito de la acción exterior de la U. E. pilotada desde ahora por el alto representante al tiempo que vicepresidente del Consejo, la igualmente inédita dama inglesa Catherine Ashton; celebrándose –tercera destacada innovación en los hábitos y prácticas de la rectoría de la Comunidad- todas las sesiones del organismo director en Bruselas. No por ello, claro está, España, como cualquier otro Estado al que le hubiera correspondido estrenar el Tratado lisboeta, tendrá un papel meramente decorativo en su gobierno de la UE en el semestre inicial del 2100. A sus actuales dirigentes les incumbe la alta misión de aclimatar la atmósfera burocrática y política de la Comunidad al excitante horizonte abierto en la capital portuguesa como peldaño decisivo en la construcción definitiva de la difícil pero posible unidad real del Viejo Continente, no defraudando las grandes esperanzas alumbradas en la bella Lisboa, tajamar de tantas empresas de elevado velamen.

Las responsabilidades supremas en el gobierno de la Comunidad recayeron sobre nuestra patria en circunstancias contrastadas. El primer envite se afrontó en 1989 por un gobierno pilotado por Felipe González en plenitud de recursos y popularidad interna y externa. El gabinete socialista respondió con rotundo éxito a un desafío cuyo último precedente en el acerbo histórico del país se remontaba al siglo XVII, cuando la misma Bruselas se hallaba bajo la soberanía de los últimos Austrias… Todo lo que la coyuntura demandaba específica y novedosamente así como las iniciativas exigidas en los usos comunitarios a los gobiernos de turno –reducidas, de ordinario, al arraigo y fortalecimiento del aún pensamiento utópico de la adhesión y participación entusiasta de la ciudadanía en la aventura soñada por los padres fundadores en la desgarrada tesitura de finales de los años cuarenta del novecientos- fue cumplimentado con diligencia y acierto por un Ejecutivo madrileño cuyo responsable se encontraba crecientemente engolfado y entusiasmado con las tareas de dicha índole.

No pintaban precisamente oros en el panorama de nuestra política cuando, en 1995, por segunda vez fue encargado el gobierno socialista, en la rotación normal de los mecanismos bruselenses, de la Presidencia del Consejo europeo. Con la escasa perspectiva que, pese a la opinión en contrario de tertulianos, comentaristas mediáticos y cultivadores de la llamada “historia inmediata” o, con mayor injuria aún al severo oficio de Clío, “historia del presente”, que otorga, decíamos, el quindecenio transcurrido desde la mencionada experiencia, cabe afirmar que la situación nacional no se ofrecía entonces tan halagüeña como la anterior de 1989. Pese a ello, el balance de esta gestión no desmereció del de la primera.

No obstante el desplome del cielo sobre el tercer y último gabinete de Felipe González en su estadío final, cuando, justamente, como se recordará, debió asumir la Presidencia europea, ésta transcurrió, globalmente, sonreída por el éxito y jalonada de aciertos. La frustración interna derivada de los grandes escándalos eclosionados en este tiempo y el cansancio provocado por un dilatado mandato en una figura compleja y atenazada, según suele ser habitual en tales caracteres, por graves problemas psicológicos, determinaron quizá el ahíncamiento extremo del líder socialista en el terreno internacional, convertido ya para entonces en el predilecto de su actividad. Ahorra, probablemente, espacio y tiempo en el enjuiciamiento del resultado final de la segunda navegación por la alta mar de la política europea recordar el veredicto sentenciado por el en aquellas fechas –y ulteriormente…- encarnizado adversario de F. González y muy poco o nada ejercitador de elogios y loanzas, José María Aznar, para el que el político sevillano había realizado una buena gestión al frente del organismo comunitario, si bien no tanta ni mucho menos, se encargaba de apostillar, en el orden interno, en la gobernanza de un país a la deriva…

El coro unánime de alabanzas que en la Comunidad suscitara la presidencia de F. González acabada de reseñar se reprodujo ad integrum en el 2002 al término del tercero pilotaje de la UE a cargo de España. Nada más sorprendente que los azares y destinos de la política. La muy notable dirigencia del líder conservador en su primera y postrera –al menos, por el momento…- salida europea se enmarcó en un contexto interno tal vez no demasiado diferente, a nivel íntimo y general, del que encuadrase el protagonismo de su rival un septenio atrás. Encandilado como éste de modo irrefrenable por las tareas internacionales y cuando su refulgente estrella comenzaba a desviarse a ojos vistas en el panorama nacional, José María Aznar y sus competentes equipos desplegaron una labor al frente del Consejo caracterizada por una audacia llamativa al tiempo que por un meticuloso desempeño de los trabajos y los días en el funcionamiento de la monstruosa maquinaria bruselense. La pretensión aznarista de desplazar el tradicional eje formado por Berlín y París –gobernado a menudo por mandatarios de contrapuesta ideología- en beneficio de la “periferia”, razonable y explicable en más de un extremo para el logro de un equilibrio que, por supuesto, implicaba también un “asalto” al poder inveterado de Francia y Alemania en provecho de las potencias medias, como España e Italia, o emergentes, a la manera de Polonia, e, incluso, de la también “periférica” Inglaterra, se saldó finalmente con el fracaso, pero contribuyó muy positivamente, en el seno de la Comunidad, a la creación de una sensibilidad y un clima muy necesarios para su enriquecimiento al evitar la pérdida de energías e ideas sustanciales en orden a su proceso de renovación permanente.

En el continuum de esta empresa, el primer semestre del 2100 ha encarar, conforme ya se recordase, la forja de un eslabón especialmente precioso por cuanto orientará en ancha medida la andadura de la UE en un tramo crucial de su trayectoria. Un ritmo aletargado o, más temible todavía, sincopado pondría en peligro la conclusión y remate de la arquitectura de un edificio de indispensable trascendencia no sólo para albergar definitivamente la convivencia de los países del Viejo Continente, sino también para hacer de éste, de acuerdo con su pasado, un motor esencial del mundo que amanecerá tras la crisis en cuyo vórtice aún nos hallamos. A buen seguro que por España no se perderá la ocasión.
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