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Mujer (ex)esclava

Laila Escartín Hamarinen
jueves 31 de diciembre de 2009, 18:57h
Las mujeres hemos nacido para servir. Las mujeres hemos sido criadas, entrenadas, domesticadas para ser las esclavas de nuestros maridos, de nuestros hijos y de nuestros padres envejecidos. El día en que descubran el gen de la servidumbre en el ADN de las mujeres exclusivamente, dejaré de creer que este rol, con el que cargo en contra de mi voluntad, no me fue impuesto por la cultura y la sociedad a las que pertenezco (apestosamente patriarcales), sino que es algo innato contra lo cual no puedo ni debo luchar. Mientras tanto, pondré mi empeño en deshacerme de las cadenas y en oponerme al dominador cuando me regaña porque desatiendo a mis obligaciones serviles.

La mujer es la que gesta, pare y cría al bebé humano. Teniendo en cuenta que la mujer es la principal responsable de la perpetuación de la especie, se podría presuponer que la mujer es por naturaleza servil: necesita cuidar y nutrir, está grabado en su ADN por orden de la evolución. Al mismo tiempo, podemos constatar que no tiene ninguna relevancia evolutiva que la hembra sirva al macho, porque ello no contribuye de ninguna manera práctica ni vital a la supervivencia de la especie; pero es comprensible, que por extensión, la hembra también sirva y nutra al macho, ya puestos, pourquoi pas?

Simplificando algo, me atrevo a constatar que para la supervivencia de la especie humana se necesita a la hembra pero no al macho, con tener la semilla del macho nos basta. Es cierto que a la hembra, que carga con una cría, nunca le viene de más un macho que sale a cazar y le trae liebres, aves, ciervos y jabalíes para comer; y si un macho sospechoso decide pasarse por la choza y darle un meneo ilegítimo a la hembra, tampoco está mal que el macho de la hembra le propine unos cuantos golpes de basto al insolente intruso; pero, si ese macho cazador y protector faltara, tampoco sería el fin del mundo. La hembra siempre puede echarse a la espalda a la cría amarrada con un paño, y salir al huerto a tender las hortalizas, a darle de comer a los conejitos en la jaula, y a las gallinas y los pollos, y ¡mirad qué rico van a comer ella y sus crías!; y si cualquier macho se atreviera a acercarse con malas intenciones, la hembra puede echar mano de su inteligencia astuta y poner trampas, o ser dueña de un perro guardián que muerda al indeseable.

Así pues, como los bancos de esperma están a rebosar, si las esclavas nos cabreáramos en serio, siempre podríamos exterminar a todos los machos, la perpetuación de la especie no correría peligro ninguno, y podríamos seguir cumpliendo con nuestro deber y nuestra función evolutiva; y siempre tendremos la posibilidad de rellenar las arcas de los bancos de esperma con el líquido seminal de los hijos varones, que a su vez, podrían ser exterminados por las jóvenes hembras, una vez que llegaran a la madura edad de 19 años (porque una madre, aún cabreada, nunca querría exterminar a su propio hijo, por muy macho que éste fuera).

Esta atractiva utopía –o distopía, según quién la observe – nos convence pues de que la evolución no necesita de nuestra servidumbre; somos libres de ser libres. ¡Qué gran noticia para iniciar la nueva década que está a punto de comenzar!
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