El precio de la seguridad
jueves 31 de diciembre de 2009, 21:50h
A partir de enero de 2010 empezarán a funcionar en el aeropuerto de Amsterdam unos scanner de última generación, capaces de ver a través de la ropa de los viajeros. Posiblemente, de haber estado en funcionamiento hace unos días, el terrorista de Al Qaeda Umar Farouk Abdulmutallab no habría podido introducir los explosivos que intentó detonar en el vuelo que le conducía a Detroit. Dichos explosivos son casi imposibles de detectar en un control tradicional, al tratarse de sustancias compuestas de polvo y líquido, además de ser fáciles de camuflar -Umar Farouk las llevaba cosidas a su ropa interior-.
Al mismo tiempo, el presidente Obama ya ha manifestado su descontento por lo que considera un imperdonable “fallo de seguridad”, anunciando que depurará responsabilidades. Efectivamente, los protocolos han fallado, y eso pudo haber tenido un coste terrible, pero no es menos cierto que la vigilancia de todos los pasajeros que a diario toman un vuelo es prácticamente imposible. Precisamente por eso, toda medida tendente a reforzar la seguridad de quienes vuelan, por molesta que sea, se antoja imprescindible. Siempre, claro está que su uso se circunscriba a la labor para que fue concebida. Tal vez tengan razón quienes argumenten que determinados protocolos de control pueden rebasar la frontera de la intimidad, pero es el coste que tiene volar seguro. Lamentablemente.