Más leyes, pero peores. Increíble, pero cierto
jueves 07 de enero de 2010, 13:13h
Me cuenta un amigo brasileño que una mañana se fijó que en el autobús en el que habitualmente iba al trabajo alguien había pegado un adhesivo que así rezaba: CUIDADO CON LOS HURTOS EN EL INTERIOR DEL VEHÍCULO. Ya en letra pequeña figuraba el título (larguísimo) y el número de la Ordenanza municipal correspondiente. Mi amigo se tomo la molestia de investigar el contenido de esa Ordenanza y tras una ardua indagación, pues no era sencillo acceder a las mismas, comprobó que efectivamente se había dictado y que determinaba la obligatoriedad de las empresas de transporte colectivo de colocar adhesivos de alerta en los autobuses, concretando: incluso el tamaño de la pegatina.
Estoy convencido que los políticos de ese municipio se quedaron enormemente satisfechos de su proeza. Los regidores se jactaron en la rueda de prensa convocada al efecto del enorme paso dado en beneficio de la seguridad de los ciudadanos. Cumplieron con su programa después de interminables sesiones de debate en torno a la trascendental Ordenanza.
Me sirve el ejemplo para reflexionar sobre las normas útiles exclusivamente para llenar el rebosante cesto de las normas para la galería. Las leyes ornamentales satisfacen algunas conciencias o rellenan los diarios oficiales pero son inservibles salvo aquel que se glorifica poniendo su nombre en pan de oro junto a la misma. Pero las leyes no se miden por el número sino por la razón a la que responden, por la racionalidad de sus preceptos y por su eficacia. El cuantitativismo es una enfermedad del legislador productivista contemporáneo que nos inunda de mandatos abusivos, inicuos, inviolables, inhábiles, distorsionantes y precarios. Son prescripciones gaseosas, inútiles que ni ordenan ni permiten ni prohíben. Meras novelas blandas. Escribió Descartes que “el no ser útil a nadie es lo mismo realmente que no valer nada”. Y si la ley se convierte en nada quiere decir que se transforma en un trapo, en pura demagogia. El legislador racional se hizo voraz para llegar a inocuo, a “chatarra normativa”.
Se está imponiendo el gusto por las leyes circunstanciales, de títulos rimbombantes o políticamente atractivos (economía sostenible, memoria histórica, diálogo social, alianza de civilizaciones), pero vacías como los arroyos en verano. Se asemejan a titulares periodísticos. Son leyes-marketing, maquilladoras de la vacuidad de ideas, pero innecesarias. Y que no llegarán a cumplirse nunca o incluso que pasarán desapercibidas.
Vuelvo a los clásicos (qué sentido desgranan en sus reflexiones). Nos llegó de sus contemporáneos que era un gran orador, y el paso de los siglos no ha enmohecido la reflexión de Demóstenes: “Los deberes del legislador pueden reducirse únicamente a no querer ni buscar más que lo justo, honesto y útil, y después de encontrarlo, hacer de ello un precepto general y uniforme, que será lo que merezca el nombre sublime de ley”. El exceso legislativo verborreico puede conducir a la anomia. La explosión legislativa se transforma en maraña indescifrable. La sobreproducción e inflación legislativa es un suplicio, como el sabio consejo de Don Quijote a Sancho las leyes deben ser pocas y que se cumplan. Lo requiere nada menos que la seguridad jurídica.
|
Catedrático y Abogado
ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial
|
|