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Angelina o el teatro sin corazón

martes 12 de enero de 2010, 21:53h
En la sala verde de los madrileños Teatros del Canal se representa la comedia de Enrique Jardiel Poncela Angelina o el honor de un brigadier, un magnífico regalo navideño. Nunca me pierdo una obra de este autor. Me gustan sus equívocos verbales, el dinamismo de las tramas y la voluntad decidida de que el público disfrute de un espectáculo que mezcla lo cercano y lo onírico en un sabio apareamiento.

Insistía Jardiel en la importancia del ingrediente extraordinario o mágico en un teatro donde, a su parecer, urgía renovar planteamientos y efectos. “Sólo los seres rastreros aman lo vulgar; de poetas, en cambio, es amar lo inverosímil”, afirmó.

De padre periodista y madre pintora, colaboró en diversos periódicos. A los diez y ocho años comenzó a publicar cuentos y artículos en Los lunes de El Imparcial, escribió novelas y guiones cinematográficos y se ejercitó en un arte muy próximo a la greguería de su amigo y maestro Ramón Gómez de la Serna, el otro mago del humor.

Más que en la hipérbole o la caricatura el ingenio residía para ambos en el arte de establecer relaciones insospechadas entre las cosas, incluyendo la mirada al revés de los mitos.

Con Angelina, obra en verso, compone Jardiel -en tiempos de rebrote del donjuanismo- un Don Juan sin insolencia ni empaque. Germán se presenta como calavera, pendenciero, un poquillo ateo y triunfador en el amor. Luego resulta conquistador frustrado y suicida fallido. Intenta zafarse cuando Marcial el brigadier, marido y suegro ofendido, le reta a duelo; finalmente, la víctima es un inocente cochero.
De sus estancias en Hollywood recordaba el escritor: “pasé la mitad del tiempo tumbado sobre la arena mirando las estrellas y la otra mitad tumbado sobre las estrellas mirando la arena”.

Los estrenos teatrales de Jardiel en solitario –antes firmó piezas en colaboración- comienzan el mítico año de 1927. Aún se debatían por entonces las polémicas ideas de la Deshumanización del arte de José Ortega y Gasset y su influjo o coincidencia es transparente en la denominación de “teatro sin corazón” elegida para Angelina y otras obras posteriores.

En los prefacios da cuenta de su obsesión por cambiar las cosas del mundo dramático, espectadores incluidos, revalorizando la risa como lujo del hombre culto. Una tarea exigente y arriesgada.

Consciente de la dificultad, mantiene una apariencia de alta comedia con los personajes consabidos, loquinarios y sorprendentes, e innova en la palabra, la sucesión inesperada de los episodios y el tránsito de la realidad al más allá.

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