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Feminismo de la cuarta dimensión

Laila Escartín Hamarinen
jueves 14 de enero de 2010, 21:59h
El Hombre –especifico: el macho – ha creado las reglas del juego de la vida social y cultural. El hombre es el creador de la historia, de todas las historias: de la política, del arte, de la literatura, etc.; el hombre es el padre de los asentamientos humanos (léase arquitectura); de la ciencia; de los cánones de belleza; de la estética; de la filosofía; de las artes; de la educación; del psicoanálisis; hasta del bien y del mal.

Dios es un hombre; Lucifer es un hombre; los Arcángeles son hombres. El bien supremo es masculino, y el mal supremo también lo es. Percibimos nuestra realidad humana –aún hoy en el futurista siglo XXI – a través de los ojos del varón, todo está condicionado por su inteligencia, por su gusto, por sus proyecciones y por sus necesidades. La Verdad humana es pues arbitraria, y desde el punto de vista de la mujer, probablemente nociva.

La Mujer en un lejano día fue venerada como la Creadora y Dadora de vida. La mujer se empezaba a inflar y de pronto expulsaba por la entrepierna un ser humano vivo en miniatura, al que luego alimentaba con un líquido que brotada de sus senos. ¡Milagro!

Luego llegaron los dorios, y los hindúes, y los budistas, y los judíos, y los cristianos, y los musulmanes y metieron a la Creadora y Dadora de vida en una jaula y la amenazaron con golpearla y matarla si no obedecía al Hombre. El instinto de supervivencia pudo sobre la dignidad, y la Mujer agachó la cabeza.

Reivindico mi derecho a ser respetada precisamente por ser Mujer –no a pesar de serlo –.

Reivindico mi derecho a ser diferente del hombre.

Reivindico mi derecho a ser madre.

Reivindico mi derecho a ser independiente psíquicamente dentro de la dependencia física que me crea el ser madre y criadora.

Reivindico mi derecho a ser apoyada y venerada por la sociedad en mi faceta de gestadora, paridora y criadora de la especie humana –sin mí, se extinguiría –.

Reivindico mi derecho a realizarme además de como madre (si así lo elijo), también como individuo sexual y asexual que tiene necesidades profesionales, intelectuales, estéticas y artísticas.

Reivindico mi derecho a rechazar la esclavitud (antes obvia, hoy día perversamente sutil) que me impone el patriarca.

Reivindico mi derecho a envejecer y a ser imperfecta.

Nada que ver con el feminismo de los años 60. El humo de los sujetadores ardiendo quedó atrás. Ahora se trata de abrir los ojos, de estar alerta, de no dejarse engañar más –las trampas son más sutiles, más difíciles de descubrir, pero ahí están con su inteligente perversión –, de tener los ovarios (y las pelotas) de mirar a la realidad de hermosa máscara y monstruosa esencia a los ojos, sin vacilar. Y de aprender a poner límites.







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