Si hace unos años volar en avión era privilegio de unos pocos, ahora, cuando está al alcance de casi todos los bolsillos, ha perdido calidad, viajar en él ha dejado de ser placentero e, incluso, se ha convertido en una tortura.

El miedo provocado por los atentados del
11-S provocó un aumento de las medidas de seguridad aeroportuarias que, con los años, se han convertido en exhaustivas y agotadoras. Comenzó el
striptease. Antes de pasar por el detector de metales, es preciso quitarse el reloj, las joyas, el abrigo, el cinturón y, lo a que muchos ya les ha irritado, los zapatos. Después, ante la más mínima sospecha o el más leve pitido, un agente de seguridad enguantado procede a un rápido pero intimidante
cacheo corporal. Todo este engorro en aras de la seguridad.
Los menos sumisos han constituido plataformas de protesta por considerar que la seguridad no puede ser excusa para los abusos. Una de las más conocidas,
nosinzapatos.com, cuenta el apoyo del eurodiputado de CiU
Ignasi Guardans, que se negó a descalzarse ante las autoridades aeroportuarias barcelonesas.

Después vino la controversia de los
líquidos. A raíz del intento de atentado en siete aviones de
Londres con explosivos líquidos durante el verano de
2006, una directiva comunitaria obligó al pasajero a desvelar el contenido de su neceser, introduciendo los líquidos en bolsas de plástico después de haberlos volcado a mini-botellas de 100ml como máximo. Por supuesto, ni cortauñas, ni navajas suizas, ni tijeras de uñas, ni cerillas, ni patines de hielo, ni bastones de esquí, ni cañas de pesca...
Otro lío que para muchos consumidores es "absurdo" pues, una vez pasado el control de seguridad, cualquier persona puede llevarse un cuchillo del restaurante del aeropuerto para emplearlo como arma o verter los líquidos contenidos en las botellitas a una más grande comprada en el
dutty free. Una medida de seguridad “tonta”, según el portavoz de Facua, Rubén Sanchez, que además, beneficia a las tiendas del aeropuerto.

Pero la intromisión en la intimidad del pasajero no se queda ahí. Sin zapatos, tras el cacheo, la consulta del bolso, del equipaje de mano y de los líquidos para el aseo personal, algunos han tenido que pasar ya por el escáner corporal, una medida implantada de momento en Estados Unidos y en Holanda a raíz del atentado, también frustrado, del pasado 25 de diciembre en un vuelo Ámsterdam-Detroit.
¿Sólo en los aviones?
Pero, ¿por qué tanto control en los aviones frente al realizado en las estaciones de tren o en otros medios de transporte? Rubén Sánchez afirma que estos controles aeroportuarios son fruto de una "paranoia sin sentido que considera más grave un atentado aéreo que uno ferroviario cuando, en muchas ocasiones, los trenes tienen más pasajeros que un avión".
El usuario del avión tiene que presentarse con al menos una hora de antelación para un vuelo nacional y tres horas para uno internacional si quiere no perder el vuelo por tanto control y colas para todo: para facturar, para embarcar...
La calidad de servicio, en tela de juicioEstos controles han “empeorado” la calidad de un servicio de transporte que se caracterizaba en un principio por su rapidez. Sin embargo ahora el usuario se llega incluso a plantear coger antes el tren que el avión.

Gracias a la reducción del coste de los vuelos, muchos pueden viajar en avión pero, en cambio, en unas condiciones que dejan mucho que desear. Según una encuesta de Facua, el 55 por ciento de los consumidores considera que el servicio ha perdido calidad: asientos más estrechos, recorte paulatino de servicios añadidos como el piscolabis gratis o la mantita y almohada para dormir más a gusto, etcétera. La
Organización Mundial de la Salud alertó este verano del peligro de volar en aviones bajo estas condiciones. Aumenta el número de afectados por el
síndrome de la clase turista que ya han padecido trombosis en las piernas por falta de movilidad.
Ahora, es preciso pagar un poco más para tener un asiento más confortable o para tomar unos cacahuetes en el avión. El “abuso” ha llegado a cotas tan elevadas que alguna compañía de bajo coste se ha planteado incluso cobrar por ir al cuarto de baño.
Además, a la hora de la compra, realizada por el usuario sin contar con la ayuda de un operador, “las compañías van incrementando el precio del billete disfrazándolo de desglose”, indica el portavoz de Facua que añade que nos cobran por las maletas cuando esto “es ilegal”. Si se equivoca en la compra, en la fecha o el destino escogido, no hay manera de rectificar “sin tirar de tarjeta de crédito” porque ha sido el propio cliente culpable de este error.
Por último, los pasajeros son con frecuencia víctimas de las inclemencias del tiempo, de los retrasos, del overbooking, de los cierres de compañías como Air Comet y de las huelgas de controladores, pilotos, auxiliares de vuelo, personal de tierra, taxistas...
Pocas reclamaciones
El consumidor no ha tenido más remedio que asumir como normal esta “tortura” cotidiana en los aeropuertos y, a pesar de ser muchas las quejas verbales, pocas se hacen por escrito. Por una parte, según una encuesta publicada por Facua, el 71 por ciento de los usuarios desconoce cuál es el procedimiento para reclamar y, por otra, las compañías no cumplen con su obligación de informarles.
Pero, aún así, concluye Rubén Sánchez, tampoco les serviría de mucho porque, en caso de huelga o de inclemencias, la legislación no permite reclamar y, cuando lo permite, las compañías se “inventan motivos de fuerza mayor” para no indemnizarlos. Por ello, desde las organizaciones de consumidores se exige a la Administración un mayor control de las compañías para que dejen de “ningunear” al cliente.