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Trieste, una frontera literaria

viernes 15 de enero de 2010, 22:21h
Hermosa, cosmopolita, austriaca en su arquitectura, italiana de tradición, Trieste se asienta en el extremo del noroeste de Italia, entre el Adriático y Eslovenia. Capital de la provincia del mismo nombre, integrada en la región Friuli-Venezia-Giulia y puerta de entrada a la península croata de Istria, es un cruce de caminos entre las culturas germana, italiana y eslava. Su historia es la típica de las zonas de frontera: guerras, colonizaciones, invasiones, cambios de adscripción administrativa. Un microcosmos originado en el flujo migratorio constante que procede de los Balcanes y de los países del Este, con una población mixta y una lengua que también delata esa condición fronteriza. Predomina el italiano en su versión dialecto triestino, pero en sus calles se oye esloveno, serbio, alemán, croata, húngaro.

Trieste se sitúa en un abrupto y bello litoral, a los pies de la meseta de Kras que sombrean los Alpes Julianos. Construida inicialmente a las faldas de una colina, que fue creciendo hasta el Colle de San Giusto, en el siglo XVIII y XIX nació la cittá nuova gracias al impulso de la emperatriz María Teresa de Austria que convirtió Trieste en el gran puerto meridional del Imperio Austrohúngaro. Todavía destila la marchita grandeza de la arquitectura neoclásica de la época proyectada por urbanistas austriacos que abatieron la muralla que levantó Julio César y destruyeron parte del casco antiguo para crear una ciudad al estilo Miteleuropa.

Con amplias avenidas, elegantes bulevares, calles en forma reticular, en torno al Gran canal, el Borgo Teresiano luce su desvaída y rancia elegancia a orillas del mar. Allí está la iglesia ortodoxa griega con sus iconos, dorados, mosaicos y bulbos en el tejado. Al oeste, se encuentra la Piazza dell’Unitá d’Italia, un elegante y amplio recinto, quizá la mayor plaza de Italia, con espléndidos edificios como el teatro y el municipio. Detrás del ayuntamiento se accede al laberinto de callejuelas que asciende por la falda de la colina y que conforman la citta vecchia. En la espléndida plaza todavía permanecen vivos los cafés, con sabor y atmósfera tan vienesa, tan centroeuropeos, en los que Joyce pasaba el rato o se emborrachaba. Y es que si algo caracteriza a esta ciudad de tradiciones diversas, de hermosa decadencia, es su larga tradición literaria.

El gran escritor irlandés vivió en Trieste durante diez años. Allí nacieron sus dos hijos y enseñó inglés en la academia Berlitz. Escribió Dublineses, esbozó el final del Retrato de un adolescente y fraguó el inmortal Ulises. Pude que en más de una ocasión compartiera un exquisito café, hecho con la cafetera que inventó el triestino Ricardo Illy, con Aron Héctor Schmitz, hijo de una acaudalada familia judía de origen húngaro que devino en otro gran escritor: Italo Svezo, autor de La Conciencia de Zeno. El poeta alemán Rilke buscó en el palacio de los príncipes Thurn und Taxis la inspiración para su obra Elegía de Dunio. También frecuentaron la ciudad fronteriza Freud, el poeta Umberto Saba, la escritora italiana Susana Tamaro, y el filósofo y ensayista Gillo Dorflles. Desde hace años, Claudio Magris, natural de la ciudad, extraordinario escritor, autor del excepcional El Danubio, enseña literatura germánica en la universidad.

Fundada por los romanos en el siglo II a. C., tras la caída del Imperio quedó en manos de Bizancio hasta el 788 en que fue conquistada por los francos. En el siglo XII se convirtió en ciudad libre, en constante confrontación con la vecina Venecia rival por el comercio mediterráneo, hasta que en 1384 pasó a poder de los Habsburgo a los que estuvo ligada los 534 años siguientes. Sin embargo, desde el punto de vista cultural, se mantuvo vinculada a Italia por lo que, tras la desmembración del Imperio Austriaco como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, pasó en a formar parte del país trasalpino. En 1945 fue ocupada por los aliados que permanecieron en Trieste hasta 1954 después de terminar con las ambiciones expansionistas de Belgrado que anhelaba incluir Trieste en la soñada gran Yugoeslavia. Desde su integración en Italia, capea una clara decadencia.

El Colle de San Giusto se levanta sobre el alto de una colina desde donde se contemplan magníficas vistas de la ciudad y del Adriático. Junto al viejo castillo veneciana, está la basílica de San Giusto, patrón de la ciudad, concluida en 1400 y de clara influencia bizantina en la que sobresale una buena representación de mosaicos. Como curiosidad hay que señalar que allí están enterrados Carlos Isidro de Borbón, duque de Madrid y Carlos Luis de Borbón, conde de Montemolin, primeros reyes de la dinastía carlista española. En las faldas de la colina se encuentra el teatro romano, de época de Trajano y descubierto en 1938 y dos iglesias: la de San Silvestro, románica y la de de Santa Maria la Magiore, de exuberante factura barroca.

Camino de Venecia, a 5 kilómetros deslumbra el extravagante palacio construido en piedra blanca llamado Miramare, un hermoso recinto a orilla del mar, rodeado de espléndidos jardines. Era la casa de verano el archiduque Maximiliano de Austria, hermano del emperador Francisco José, cuñado de Sissy y desgraciado emperador de México, donde terminó sus sueños y sus días. Si se toma el camino inverso, en otros 5 kilómetros se llega a la frontera eslovena y a las tres ciudades marítimas del pequeño país: Koper, Izola y Piran, de gran impronta veneciana.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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