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Teresa Alcobendas

martes 19 de enero de 2010, 20:41h
Teresa Alcobendas, en adelante, Tere. Si usted no conoce este nombre no saldrá de dudas en Google. No lo reconoce y apenas hay cinco entradas realmente relacionadas con él. Me resisto a que para aquellos que no conocieron a esta mujer increíble todo se reduzca a esos escasos datos. Teresa Alcobendas nunca me llamó Mayte, siempre Tere, con voz ronca de tanto corregir pasos a sus alumnas en las clases de baile. La estoy recordando con maillot verde claro, de licra y falda negra de vuelo, castañuela en ristre, y ay Dios, otra vez clase de Escuela Bolera. La situación: marcaba los pasos, accionaba la música, se adelantaba hacia el espejo y empezábamos a bailar. En cualquier momento, su aparente ira se descargaría sobre ti reconviniéndote sobre esos brazos y esos pies que los dejas como muertos.

Ella murió hace dos semanas pero yo no quiero que mis recuerdos se esfumen ya. Estoy hablando de pasos que bailamos hace muchos años pero el recuerdo pervive. También quiero que otras (digo otras porque sus alumnas de ballet a través de los años hemos sido niñas mayoritariamente) la recuerden. No pertenecemos a una generación porque hemos sido cientos a las que nos has enseñado ronde de jambe, demi-plié, diagonales, sevillanas con castañuelas y estira el cuello, por favor. Si vieras que he vuelto a clases de ballet, que en cada paso que doy recuerdo aquellos días, que estiro el cuello a cada paso.

Estoy viendo cómo imponía su presencia, cómo marcaba la diferencia entre mayores y pequeñas y entonces supe lo que era el temor reverencial hacia alguien que consigue hacer dos piruetas seguidas girando el cuello a tiempo. La disciplina, a veces tan denostada, se enseñaba eficazmente en un pueblo de la periferia madrileña.

En muchas ocasiones me negaba a ir a clase. Era duro acudir cada día a aquella pequeña academia donde hacía frío y siempre había una listilla que ya subía la pierna a la segunda barra y tocaba los “palillos” (Tere los llamaba así siempre) de las cuatro sevillanas sin titubear.

En todos estos años de infancia y juventud no tenía noción clara de la idea de “injusticia”. Después lo aprendí teóricamente con frases de café: “Eleanor Roosevelt: La vida es tremendamente injusta y quien piense lo contrario está realmente mal informado”. Ahora no tengo ninguna duda sobre la existencia práctica de la injusticia y la muerte de Tere ha sido un argumento más. El ayuntamiento de esta localidad periférica debería acordarse de ella porque su trabajo formó a sus ciudadanas, las hizo realmente mejores a costa de su trabajo incansable. Un beso muy fuerte, de Tere a Tere.

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