www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

El neopopulismo patrimonialista en la interpretación de la presidenta argentina

jueves 21 de enero de 2010, 18:52h
Me la juego. Por hablar de una mujer seré condenado, sin juicio, por cometer el delito de machismo, a la pena de destierro a perpetuidad. Pero no puedo resistirme (siempre me pierden las palabras) a hablar de esta gran lideresa contemporánea que es Cristina Fernández de Kirchner, la presidenta (quizás debería ser con mayúscula) argentina. No me negarán que apuntaba maneras... desde el principio. Pero es capaz de superarse en la interpretación de la pseudoideología del neopopulismo patrimonialista.

Envuelta en la bandera de la identificación de los intereses del pueblo con los suyos, concibe el Estado y sus instituciones como una finca particular en la que no tienen sitio quiénes que no se arrodillan sometidos a sus mandatos que toman la forma jurídica de decretos de urgencia y necesidad. Vestida de demócrata verborreica, no repara en medios para aplastar a la oposición o para sumar voluntades en cualquier forma. Hace casi trescientos años que murió Luis XIV, pero ha resucitado el “Estado soy yo” reencarnado en la Señora (quizás debería ser minúscula), heredera de la peor escuela de los vendedores de humo negro y los expropiadores de la ilusión. Ha tenido una magnífica escuela en el continente y es seguro que alumnos aventajados incluso llegarán a mejorar el original, pues no está escrita la última palabra en materia de veleidades, arbitrariedades ó caprichos y de cohortes engordadas en las faldas del poder.

La Señora es, naturalmente, experta en tirar dardos afilados contra la levantisca. Jamás será responsable de nada sino que cualquier mal será imputable, por ejemplo, a “una formidable maniobra, no solamente política sino mediática, con ayuda de algunos sectores judiciales, contra su Gobierno”. Tan profundo y sólido pensamiento lo ha exteriorizado en el marco del sarcásticamente titulado conflicto de poderes por el uso de reservas monetarias para el pago de la deuda pública, que en realidad no es sino la lucha por el botín. La confabulación es siempre la culpable y hacia ella apunta el dedo acusador.

En su camino se interfirió el Gobernador del Banco Central de Argentina, Marín Redrado, quien recibió al motorista con la carta de cese al minuto y medio de oponerse a los dictados de Cristina Fernández de Kirchner. Se la ocurrió, en su ingenuidad, invocar la legalidad.

No hay espacio para los que tienen opinión propia. Tampoco para jueces como María José Sarmiento que tuvo la osadía de anular dos decretos presidenciales: uno de ellos el de destitución del Gobernador del Banco Central que se llevó a cabo prescindiendo total y absolutamente del procedimiento establecido en la Ley, y otro, sobre el Decreto para la disposición de la cuenta de reservas. El cese fue a las bravas, llevándose por delante al máximo responsable del Banco nacional, dotado de un estatuto, lógico, de autonomía funcional y orgánica respecto del Gobierno, como en los países civilizados.

Para algunos las leyes son estorbos.

Para algunos los jueces independientes son también estorbos.

Para algunos no hay otra ley que la obediencia ciega.

Manifestó la Señora, tras conocer las resoluciones de la magistrada Sarmiento (que se atenían literalmente a la ley violada burdamente): “Para que haya judicialización de la política tiene que haber jueces que acepten tomar decisiones políticas en lugar de tomar decisiones judiciales”. Parece ser que no le gustó.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios