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El gran carnaval

jueves 21 de enero de 2010, 18:58h
Es poco conocida en España otra de las grandes películas de Billy Wilder, “Ice in the hole” (Hielo en el agujero), titulada en nuestro país como “El gran carnaval”. Retrata tan magistralmente como Wilder hace siempre sus películas, la desaforada y despiadada ambición de un periodista fracasado, Charles “Chuck” Tatum, quien aprovecha la desgracia de un minero sepultado por un desprendimiento para demorar su rescate y mantenerle vivo, solo y exclusivamente para lograr la gran exclusiva y que todos los medios del país-los Estados Unidos- envíen a sus mejores profesionales para informar del drama humano. Con magistral crudeza, Wilder muestra como gracias a ese suceso, el periódico local multiplica por mil su tirada, como todos los grandes medios mandan a sus corresponsales y como es el periodista sin escrúpulos, “Chuck” Tatum quien se convierte en el gran exclusivista de la situación, negociando en su propio beneficio sus exclusivas, al ser el único que accede al minero sepultado. Con él, la frustrada mujer del minero que harta de la miseria en la que vivía aprovecha también la coyuntura y el suceso para cobrar por acceder a la mina, creando un parking y vendiendo salchichas y hamburguesas en su mugriento motel de carretera a los ingenuos excursionistas y a todos los que atraídos por ese triste suceso se acercan para seguirlo con voracidad.

Viéndola estos días de navidad me pareció el más memorable anticipo premonitorio - la película está rodada en 1951- de lo que hoy es algún programa de televisión, capaz de excitar el espectáculo de su “minera” Belén Esteban, de exprimir al límite de lo digno su simpleza y de explotar en aras de una mayor audiencia todas las más bajas pasiones de la sucesión de arpías y vulgares meretrices que por el programa desfilan para sonrojo de quienes por curiosidad malsana se ponen-nos ponemos -delante del televisor. Este programa se ha convertido en el heredero de otros de idéntico jaez que han servido a la venganza personal de algunas personas y de periodistas –ambos sin escrúpulos- siempre contra quienes no se han plegado a sus chantajes, o a ser gargantas profundas de otros a los que pretendían “ajusticiar” públicamente.

En un momento especialmente cruel de la película, Kirk Douglas-soberbio en esta ocasión- le lleva al minero el periódico y le enseña la portada con su foto, que él mismo había sacado la víspera- y el pobre hombre sonríe feliz de ser el centro de atención de un diario. Su mueca trágica y complaciente me recuerda la ridícula pretensión de la pobre Esteban cuando se envalentona ante cualquiera “presumiendo” de que este es “mi” programa, de ser capaz hasta de matar por su hija y cuando se insinúa la inquietud de algún sensato poder público ante la exposición permanente y obscena que hace de su hija.

Detrás de las cámaras, sin que los espectadores los veamos, en los despachos de la cadena se frotan las manos los “Chuck” Tatum modernos, ante la ingenuidad del minero /Esteban, que cree ser ella la protagonista de la historia, y de nosotros por creernos tal historia y de ser tan ingenuos como los veraneantes de la película que aparcan su caravana esperando el fatal desenlace como gran atractivo de vacaciones. Tampoco se debe regodear poco el presentador –con un mediocre curriculum profesional y un reciente reconocimiento en forma de premio que merecía ser devuelto por quienes antes que él lo recibieron por hacer su trabajo con exquisita vocación periodística y haber dignificado a la radiodifusión en España- y los cómplices tertulianos de esta infeliz, a la que alimentan cada día, como Douglas hacia con su minero, y como el guardián hace del león o el orangután en el zoo, para que genere una noticia inexistente, opine sobre lo que no tiene ni idea, defienda a su hija de un inventado ataque, replique a una de las más que hartas personas a las que ella insulta cada día, y para que no deje de producir absurdas vicisitudes personales que solo a ellos interesan para dar leña al mono de su “desgracia y de su falsa novedad. Son éstas arpías con idéntico y exclusivo mérito que el presentador, quienes ceban el único mérito del minero /Esteban – el de haber sido ex de alguien relativamente conocido o – y el de ser todos los que y las que con más saña le echan cada día carnaza en forma de agresiones externas o de lo que sea, para que la infeliz se soliviante aun más y entregue a la masa -la audiencia- su dosis de miseria humana convenientemente manipulada.

Pero con ser esta descripción ya conocida y comentada, lo es menos que esta cadena del “Gran carnaval” sea la misma que prácticamente calcando modelo de presentador y de tertulianos habituales, ejerza cada semana su peculiar cruzada política en un programa – La Noria- que es el mejor ejemplo de lo “políticamente correcto” en estos momentos: burla sistemática de valores, elogio de la pillería moral y de las “avanzadas” medidas del gobierno en materia aborto, homosexualismo y burla de la Iglesia, y veladamente de la Monarquía y por supuesto azote permanente a la oposición. Estoy muy orgulloso de hasta por dos veces haberme negado a compartir ese plató con motivo de su pretensión de que debatiera la figura de un personaje sobre el que había publicado una biografía.

Ambos programas definen un auténtico sentido de la función social que la Constitución concede a los medios de comunicación, ejercida por quienes como Kirk Douglas “Chuck” Tatum se burlan del cartel que el modesto, pero honrado, director del periódico local ha colocado en su pobre y desvencijado despacho: “Tell the truth” (Cuenta la verdad).

Carlos Abella

Licenciado en Ciencias Económicas y escritor

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