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Albert Camus, el malentendido

martes 26 de enero de 2010, 21:35h

Volver a Albert Camus es muy gratificante. Su escritura tensa y nítida, de una gran armonía y ajustada retórica, tiene los rasgos propios del filósofo literato cuya voluntad dicente no recurre a un cauce previo sino que lo va conformando en su mismo fluir verbal. Artículo, obra dramática, novela o ensayo dan cuenta de una sola y única reflexión acerca del hombre y la confusión circundante en medio de la cual hay, por fuerza, que arrojar luz y reemprender el camino.

La peculiaridad de su francés se debe al ambiente más que austero de su infancia y adolescencia en donde se forja una moral sin otros modelos que los encarnados en las personas cercanas. Después, provisto ya de una sólida formación filosófica, se sentirá responsable de quienes no pueden hacer oír su voz y les prestará la suya. “A ti, que nunca podrás leer este libro” es la dedicatoria a su madre de El primer hombre.

No le fue fácil, sin embargo, hacerse entender en vida. Jean-Paul Sartre pasó de proclamar su primacía en las letras francesas tras la liberación, en 1945, a retirarle el saludo al publicar, diez años después, El hombre rebelde. Y con Sartre le sobrevino la hostilidad de toda la izquierda; la de la derecha la tenía desde el principio. Luego, el tiempo y la caída del comunismo hicieron patente lo que a Camus le granjeó tanta animadversión: su verdad.

Solitaire et solidaire, son las notas características de la personalidad del filósofo según Catherine, su hija.

Un episodio famoso muestra a las claras cuánto y con qué saña se manipularon sus declaraciones.

En Suecia, con motivo de la entrega del Nobel e increpado de forma grosera por un estudiante argelino del FLN le respondió: “Yo nunca he hablado a ningún árabe ni a ninguno de los suyos como usted acaba de hacerlo públicamente. Usted está por la democracia; sea entonces demócrata ahora mismo y déjeme hablar”.

No lo hace, y sigue interrumpiendo las razones de Camus quien añade que lleva un tiempo callado pero no sin actuar. Expone, acto seguido, que es partidario de una Argelia justa donde ambas poblaciones vivan en paz e igualdad; hacer justicia a Argelia, piensa, es procurarle una democracia. No obstante, los odios de uno y otro bando entorpecen la tarea e impiden una solución adecuada.

Aclara, por último, su repudio del terror; siempre estuvo contra un terrorismo ciego que podría, un día, golpear a su madre o a alguien de su familia. “Creo en la justicia, pero defendería a mi madre antes que la justicia”, fue el colofón de su razonamiento. También la causa de las mayores tergiversaciones.
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