Bielorrusia es una
isla comunista en medio de Europa, el último reducto del estalinismo más estricto. Mientras otros totalitarismos de todo el mundo viven bajo el ojo inquisidor de Occidente, Bielorrusia se ha mantenido al margen de las críticas internacionales debido al complejo juego de intereses que giran en torno a este pequeño país eslavo. Los expertos critican a la UE y a sus socios de la OTAN por luchar contra los regímenes totalitarios por todo el mundo, desde Cuba a Irán pasando por Venezuela o Corea del Norte, y no hacer nada con la república eslava.
Cercada por dos formas de hacer política, por dos corrientes de intereses e influencias, Bielorrusia está dirigida por un
dictador anacrónico y nostálgico de los días más gloriosos del estalinismo que la ha arrastrado al aislacionismo internacional. Enclavado entre los límites nororientales de la Unión Europea y justo a las puertas del Kremlin, este país, de poco más de 10 millones de habitantes, se ha convertido en pieza clave en la lucha de poderes en la que se ven inmersos Moscú y Bruselas.

Desde hace más de tres lustros, este país, antaño conocido como la ‘Rusia Blanca’ y fundador de la URSS en 1922, obedece, sin apenas rechistar, los designios de su presidente,
Aleksandr Lukashenko, un mandatario forjado en el ala más dura del comunismo y que ha sido calificado por Estados Unidos y por la Unión Europea como el “último dictador de Europa”.
El presidente bielorruso ha sabido jugar sus bazas y se ha mantenido en el poder promulgando unos ideales comunistas de otro tiempo que han provocado que el país caiga en una profunda crisis económica y padezca un considerable atraso social en comparación con sus vecinos democráticos.
Quizás, el momento clave para Lukashenko llegó en 1999. En marzo de ese año, la OTAN decidió bombardear la antigua Yugoslavia con el fin de presionar al entonces presidente
Slobodan Milosevic. El pretexto esgrimido desde la Alianza Atlántica para llevar a cabo la intervención militar era la de neutralizar al régimen nacionalista de Milosevic, aunque varios expertos señalan en otra dirección.
El líder yugoslavo, viendo la que se le avecinaba, realizó una gira por los países del este entre los que se encontraban
Rusia, Ucrania, Rumanía y Bielorrusia con el objetivo de fraguar una alianza multinacional de corte nacionalista que plantara cara a Occidente. Minsk, ávido por hacerse un hueco en el escenario mundial, vio con buenos ojos esta unión con Moscú y Belgrado, aunque, para desgracia del dictador bielorruso, el proyecto quedó en el olvido y Milosevic, depuesto.
Tras este varapalo, Lukashenko, ferviente seguidor de las
consignas estalinistas, ha logrado perpetuarse en el poder a pesar de la comprometida situación geoestratégica de la que goza su país. Bielorrusia, a mitad de camino entre la Federación Rusa y Europa occidental, se ha convertido en una isla comunista que ha sabido nadar entre dos aguas, acercando su postura a ambos bandos según le convenía en cada momento y, al mismo tiempo, hacer que ambos le dejaran hacer.
El presidente bielorruso ha sido visto siempre como un
reducto aislado de la herencia soviética que navega a la deriva en medio de las dos potencias regionales. Pero, nada más lejos de la realidad, Lukashenko es un político hábil, decidido y de convicciones muy arraigadas.
Salir del nido rusoBajo un férreo proyecto económico basado en el
aislacionismo y el sistema de producción soviético, el dictador ha erigido un régimen sin apenas inversión extranjera y con una alta dependencia de Moscú, de donde proviene el 60 por ciento de sus importaciones.

Minsk ha sido siempre considerado como un incondicional aliado de Rusia en su tira y afloja con Bruselas aunque, en los últimos años, Lukashenko ha querido abandonar el nido proteccionista del Kremlin, sabedor de su papel de relevancia como mediador, y ha ido acercando posturas a la UE con el fin de lograr el apoyo económico que puede obtener de sus arcas.
Bielorrusia es el último pedazo del pastel que aún no se han repartido Rusia y Occidente en la región y donde está en juego no sólo el equilibrio político, sino también un mercado de más de
70.000 millones de euros.
La estrecha relación entre Rusia y Bielorrusia se ha ido forjando en un ideario político, económico y cultural que apunta, en muchos casos, en la misma dirección: la
reivindicación de la herencia soviética y su protagonismo internacional.
Moscú, principal abastecedor energético de Bruselas con 70 millones de toneladas anuales de petróleo a través de la línea
Yamal-Europa, siempre ha mantenido una política paternalista con Minsk que, a su vez, ha permitido que los suministros energéticos rusos con dirección a Occidente se asentaran en su territorio de manera gratuita. A cambio, Rusia vendía a Lukashenko sus recursos a precios hasta un 30 por ciento más baratos.
Lukashenko, sabedor de la gran dependencia que tiene su país de su vecino ruso, no ha querido alejarse mucho del paraguas de Moscú. De este modo, cuando EEUU hizo pública su intención de instalar un escudo antimisiles en Europa oriental, Minsk ofreció su territorio para que Moscú hiciera lo propio, además de promover la creación de un grupo militar común.
Ahora bien, este guiño al Kremlin se ha visto ensombrecido en los últimos años por la guerra energética. Moscú ha acusado a Minsk de inflar los precios de los hidrocarburos que se venden a Europa y ha amenazado con construir otro gaseoducto a través del Báltico que diezmaría los ingresos bielorrusos. Por su parte, Minsk lanzó un órdago al Kremlin al no querer reconocer la independencia de
Osetia del sur y Abjazia, acción aplaudida por Bruselas. Ante este desafío de Lukashenko, las autoridades rusas decidieron cortar en varias ocasiones el suministro al país vecino amparándose en el vencimiento del acuerdo bilateral, convenio que se renovó la semana pasada.
Es, en este continuo tira y afloja entre los dos herederos soviéticos, donde Bruselas está intentando acercar posturas con Minsk para revertir la influencia que ejerce Rusia en las fronteras comunitarias orientales.
Bruselas, cada vez más permisivaDesde su independencia, la UE fijó una serie de condiciones
políticas, económicas y sociales para empezar a acercar posturas con Minsk. Pero, a medida que la influencia rusa se ha ido fortaleciendo en el este de Europa, las exigencias se han ido volviendo cada vez más laxas.
Lukashenko ha ido suavizando su discurso antieuropeísta y la llegada de una nueva generación de dignatarios al régimen ha hecho que se sientan ciertos, aunque todavía menores, aires de renovación.
La oposición bielorrusa critica esta postura cada vez más permisiva de Bruselas hacia Minsk al considerar que las concesiones a la dictadura han ido en aumento con el claro objetivo de reconducir al dirigente comunista hacia intereses más acordes a los planes de la UE. La Unión ha levantado el veto al dictador bielorruso y las sanciones a su régimen impuestas tras los comicios presidenciales de marzo de 2006, donde Lukashenko ganó con un
82 por ciento de los votos bajo graves acusaciones de fraude.
El granjero con mano de hierroPero, ¿cómo un antiguo gestor de una granja colectiva puede tener en jaque a Bruselas y a Moscú?
Licenciado en Economía, Aleksandr Lukashenko suele apelar al patriotismo más populista en sus declaraciones y ha logrado reformar la Constitución hasta en dos ocasiones para perpetuarse en el poder de manera continuada.
Su popularidad como líder del pueblo bielorruso frente a los
“enemigos extranjeros” es alta, razón por la cual la oposición no cuenta con un apoyo social que le ayude a repetir las ‘revoluciones naranjas’ de países ex soviéticos como Ucrania, Georgia o Kirguizistán.
Tras años al frente de una granja estatal, Lukashenko escaló en la Administración hasta alcanzar un puesto en la comisión parlamentaria anticorrupción desde la que se forjó la fama de implacable. Su nostalgia soviética le hace defender la labor de
Iósif Stalin, a pesar de que se estima que unos 25.000 bielorrusos perecieron bajo su régimen de terror y represión.
Al lograr alcanzar el poder en las urnas en 1994, ha logrado mantenerse al frente del país bajo una estricta política de represión y control sobre la sociedad civil, las instituciones políticas y económicas y el Ejército. Es muy significativo que, a lo largo de los quince años de mandato de Lukashenko, la oposición jamás ha conseguido representación parlamentaria. Además, Bielorrusia es el único país de Europa en donde se aplica la
pena de muerte, refrendada en consulta popular en 1996.

Por otro lado, las reticencias de Washington hacia Minsk vienen de lejos. La Administración norteamericana no ve con buenos ojos su creciente relación con Irán, China o, sobretodo, Venezuela. Bielorrusia ha firmado varios acuerdos con
Hugo Chávez entre los que se incluyen un derecho preferencial de explotación del yacimiento petrolífero del Orinoco, el más grande del planeta.
De este modo, Lukashenko sabe que su futuro pasa por salir de su
burbuja comunista y seguir tensando la cuerda de la diplomacia con el objetivo, quién sabe, de lograr situar a la isla bielorrusa en el mapa de nuevo.