De la vejez
sábado 06 de febrero de 2010, 16:53h
Llegada cierta edad resulta prácticamente inevitable preguntarse cómo es posible que nuestro aspecto haya evolucionado de la forma en que lo ha hecho. Observamos con sombría inquietud la imagen que nos devuelve el espejo, esa figura desvaída levemente familiar, y por más que nos esforzamos en ser razonables somos incapaces de reconocer en ella nuestro verdadero yo. Pero lo es, vaya si lo es, y aunque a uno le entren ganas de llorar de rabia ante el deprimente espectáculo, no hay otro remedio que volverse filósofo y resignarse. Vivo, luego envejezco.
Goya, que de esto sabía, dijo que el Tiempo también pinta. Lo que no dijo es que su especialidad fuera la caricatura. Su arte, como el de la vanguardia, estriba en destruir las apariencias. Haberlo comprendido es lo que llevó a Platón a declarar que la filosofía proporciona lo mismo que el Tiempo, sólo que antes.
Las personas fuertemente aferradas al mundo de las apariencias suelen confundir vejez con envejecimiento. No se dan cuenta de que envejecer es un fenómeno gradual e imperceptible, que arranca en la juventud, mientras que la vejez irrumpe de golpe el día que descubrimos que los placeres también encierran algo amargo.
Los jóvenes son conscientes de que el placer es traicionero, pero esa conciencia no impide su búsqueda y cultivo. Los viejos, en cambio, prefieren renunciar al presente antes que poner en peligro su porvenir. Para ellos, alargar la vida resulta más perentorio que gozarla y, por eso, los placeres les parecen siempre vicios reprensibles e insensatos. Los viejos son moralistas por naturaleza. Salvar el alma, conservar la salud, son para el hombre que ha llegado al borde de la muerte preocupaciones de primera categoría. En cuanto a los jóvenes, vale todavía lo que dijo Casanova al recomendarles no agobiarse demasiado con unos vicios que también terminarán cualquier día muriendo de viejos.
Hoy está de moda hacer grandes acopios de salud a fin de afrontar holgadamente la vejez, periodo de la vida que se ha democratizado sobremanera en los últimos años. Así como el avaro, temeroso de lo que pueda sucederle en el futuro, limita sus gastos en previsión de tiempos peores, la esperanza en una larga vida induce a muchas personas a escatimar las fuerzas, renunciando a los placeres que virtualmente la acortan. Soñamos con alcanzar la más extrema vejez y hacerlo de forma que la muerte nos sorprenda aún llenos de vida. Pero que soñemos con ello no significa que una larga vida sea nuestro destino natural ni tampoco la posibilidad más deseable. Ya lo dijo el clásico: “Menor pena es sufrir súbita ruina que vivir mucho tiempo en el temor”. Y es que a felicidad del hombre tiene enemigos en abundancia, no sólo la enfermedad y la decrepitud, enemigos tan despiadados a veces que es preferible estar muerto antes que enfrentarse a ellos.
Si una vida desordenada puede acortar la vida, una vida demasiado ordenada puede alargarla en exceso. En esto no parece haber a priori ningún inconveniente, pero como el alargamiento no se produce en la infancia, la juventud o la madurez, sino en la época en que el hombre se deteriora, la cosa deja de ser tan clara. Desde luego, no basta con abandonar el tabaco, las ostras escabechadas y el tintorro para frenar los efectos de la decrepitud y convertir la amarga vejez en una época llevadera. Si existen mil maneras de protegerse contra la adversidad, hay al menos un millón de que ésta nos desbarate. Uno asegura su casa contra incendios y luego se hunde por culpa de una explosión de gas.
Renunciar a los placeres de la vida como si esto fuera un modo de plantarse ante el tiempo evidencia hasta qué punto hemos perdido la capacidad de autocrítica. Igual les ocurre a esas señoras recauchutadas que suponen ser más jóvenes porque han suprimido de su rostro algunas arrugas. Pero contra las arrugas subcutáneas, esas arrugas invisibles que corroen las ganas de vivir, no hay quiroplastia que valga. Vidas tan dilatadas como las que se auguran acrecientan las posibilidades de que en el futuro una generación de hombres se convierta en una parodia de sí mismos, viejos obtusos, incapaces de dar con la taza del water o de distinguirla de la bañera.
En fin, mientras no exista un remedio contra la senilidad y el infortunio, alargar la vida será siempre una apuesta arriesgada. Yo no digo que no sea preferible no darse por enterado y seguir adelante con privaciones y abstinencias, pero no me gustaría que me ocurriera lo que a aquel anciano que acababa de asistir a un entierro en el cementerio de Londres cuando alguien le preguntó si a su edad valía realmente la pena regresar a casa.