Nuestro Zapatero
domingo 07 de febrero de 2010, 17:12h
Después de darle tantas vueltas, resulta que los estadounidenses apenas sí se han enterado de que Zapatero, nuestro Zapatero, asistió al desayuno de The Fellowship (la Familia), el grupo católico ultraconservador, ultrasecreto y ultroscuro, que por no tener, no tiene ni telefóno, ni –¡Oh, Dios mío!- correo electrónico. Y, sin embargo, a pesar de carecer de lo más elemental de entre lo elemental, la organización –sobre la que Dan Brown pronto escribirá un libro, seguro- tiene un manejo del marketing, que ni Ferrán Adriá –más famoso y con más influencia que nuestro presi, visto lo visto- y su Bulli intermitente.
Quizás todos los jefes de estrategia, comunicación y campaña del Gobierno recibieron en su momento un seminario de Ferrán Adriá que, sin menoscabo de su arte como cocinero, restaurador, perdón, –algo que aún no he podido comprobar pero que no pongo en duda-, ha hecho de la expectación y el marketing el sazonador indispensable, el aliño mágico, de un fenómeno que atrae más portadas internacionales que cualquier otra noticia que pueda generar nuestro país. Con permiso de Pe, también nuestra, que a pesar de, o gracias a, su pasado de niña alcobentense -¿se dice así?- se mueve entre alfombras rojas y diseños de alta costura como si realmente hubiera nacido embutida en un versace rosa palo, jugando entre tules y sedas salvajes. Si se puede decir que el glamour se tiene o no se tiene, sin importar las firmas o los asesores que nos acompañen, la triplenominada al óscar, es un claro ejemplo de que el don es arbitrario y caprichoso y lo mismo le da por posarse en la cabeza de un bebé de Alcobendas que se resiste a acompañar las cualidades de una dama del Upper East Side neoyorquino.
Igual que el carisma, que se tiene o no se tiene. Un político acompañado de un buen equipo de asesores y acomodado en una coyuntura beneficiosa, puede jugar a poseer don de gentes, saber hacer y capacidad de atracción de los demás, de liderazgo y de influencia, y lograr incluso que todos nos lo creamos. Sin embargo, como un helado en manos de un niño caprichoso, la bola se acaba deshaciendo tarde o temprano, víctima de las inclemencias de una temperatura ambiente que, como la actual, no tiene piedad con un trozo de masa blando y voluble, que sólo es capaz de resistir firme y cohesionado bajo el abrigo de una nevera fría y estable.
Y así Zapatero, nuestro pobre Zapatero, se está deshaciendo, dejando un rastro de chocolate pringoso en la mano de quien sujeta el helado, que no es otra sino la nuestra. La de todo un país que se mancha de paro, de miedo y de mal rollo ante el futuro. Tarde nos hemos dado cuenta de que el rey está desnudo, de que ZP nunca fue más que un espejismo y de que aunque la mona se vista de asesores, de circunstancias favorables y equipos de consejeros con muchos masters en camarillas de partido y obediencia ciega pero pocos fundamentos en las materias sobre las que les toca ‘aconsejar’, mona se queda.
Y como monos nos quedamos todos, colgados y con cara de susto, mientras volvemos la mirada a ése que en su día se reía y tachaba de agorero a quien señalaba con dedo tembloroso a la gran nube negra que se cernía sobre nosotros. A ése que gracias a ese marketing, a esos fuegos de artificios y a esas ganas de creerle y no mirar a la nube que tenían muchos, se aupó con un poder que no ha sabido gestionar, que ha tratado de administrar a golpe de titular y encuesta. Las palabras, los gestos que tanto celebran los expertos en comunicación política y las poses sirven de mucho cuando los circunscribe una realidad benévola que actúa de paisaje de fondo. Sin embargo, cuando la realidad decide tomar el papel protagonista y las cifras dejan de ser tales para convertirse en casos reales y cercanos, a pie de calle y lágrima, toda la magia de los golpes de efecto y las frases geniales se desvanecen y sólo queda el triste cartón que se esconde detrás del glamour impostado y las verdades que no lo son tanto.
Por más marketing y demás circos mediáticos que rodeen a uno, siempre llega la hora de la verdad. La hora en la que el juicio implacable de la realidad le pone el examen final a todo el mundo. Por más expectación y misterio que cree Ferrán Adriá con la práctica imposibilidad de reservar mesa en su restaurante y otras zarandajas, cuando llega el momento de probar bocado y sus creaciones culinarias bajan por el esófago de quienes han pagado una pasta por ellas, no valen de nada las estrategias de marketing. O está bueno o no lo está. Por más morbo que despierte la española más universal, si Penélope Cruz no fuera capaz de transmitir emociones, de despertar tristeza o alegría o empatía con sus personajes, nunca hubiera recibido un oscar y tres nominaciones. Por más que nos hayan vendido a un líder serio y responsable, con capacidad de gobernar al que hasta hace pocos años era un país próspero y con buenas perspectivas, la realidad implacable ha acabado mostrando el truco barato que se esconde en la chistera del presdigitador. Y todos, nosotros incluidos, nos hemos quedado en bragas.
|
Periodista
Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset
|
|