Cuando uno observa la armónica disposición con que se coloca el cuerpo del arquero un segundo antes de soltar la flecha y, con ella, la carga intangible de su inteligencia y destreza, se diría que el arco, compañero del hombre en los últimos 35.000 años – período del nostrático según los estudios lingüísticos del genial Cuny – forma parte de la anatomía humana, como un símbolo acabado de la imagen humana, y que incluso la completa y embellece.
Y cuando vemos las preciosas imágenes de los arqueros en los bajos relieves del templo de Ramsés III en Medinet Habu, conmemorando su victoria sobre los “Pueblos del Mar”, comprobamos que la figura armónica y disciplinada del arquero no ha cambiado nada. Sólo el hombre montado en un caballo puede compararse a esa comunión tan perfecta que se da entre la figura humana y el arco. Por eso los aficionados al arco mantienen con el ejercicio de su deporte una definición del hombre que atraviesas todas las civilizaciones y que une el “homo sapiens” con el “homo instruens”. Es así que mediante la disciplina física y mental que impone el ejercicio del arco el hombre se construye por dentro – que eso es lo que significa instruir – y se civiliza. Pocos instrumentos de caza y combate han civilizado tanto a la especie humana como el arco, que desde el noble linaje de Paris a la pobre prosapia de Tersites pueden usar. Los aristócratas griegos de la época micénica llegaron a despreciar el arco, en cuanto que el buen uso de la espada y la lanza garantizaban la división de las clases sociales en la guerra, y el arco subvertía la estructura social. Es así que en la Ilíada, el héroe Diomedes expresa la actitud general de la nobleza cuando Paris le hiere en el pie con una flecha: “¡Arquero, sucio luchador, encantador con tus cabellos rizados, que miras a las doncellas!/ Si frente a frente hubieras medido conmigo las armas de tu arco / no hubieran servido de nada ni tus flechas…/ es el arma inútil de un hombre vil y cobarde”. Vemos que en la época de Cervantes será el arma de fuego quien rompa la rígida estructura social de la guerra.
Pues bien, hace quince días se desarrolló durante tres jornadas el
XXXVI Campeonato Nacional de Arco en la ciudad manchega de Valdepeñas, de hospitalario vino y corazón, y en el que han vuelto a brillar esos soberbios arqueros nacionales que son
Daniel Morillo y Magalí Foulón, que parecen encarnar los espíritus de Teucro e Hipólita. El Campeonato estuvo organizado por el
Club de Arco “Aljaba”, presidido por esa gran arquera y magnífica persona de tesón indesmayable que es la burgalesa
Mª Carmen Esteban Revenga. A este club pertenece
Almudena Patón, que quedó en un 6º Puesto a nivel nacional. Cabe también destacar la actuación del manchego
José Jerez, y en junior femenino resplandecieron
Irene Prieto y Ana Mª Simarro, así como en el junior masculino
Jesús Sevilla. Finalmente, es justo señalar en la categoría de senior la gran actuación de la arquera
Eloísa García.
La Concejalía de Deportes de Valdepeñas, encarnada en
Nicolás Medina Pérez, uno de los más innovadores y adelantados gestores de la Educación Física en la región de Castilla-La Mancha, brindó la gran armazón organizativa de su Concejalía en este evento de interés nacional.

Esperemos que con estos hermosos actos los amigos del arco sigan reproduciendo los eternos helenos, pandaros, teucros o meriones. Sólo indicar que la tecnología del arco nos ha privado de algunas imágenes preciosas que los relieves clásicos y la poesía épica nos brindan: la imagen del arquero y de la arquera que tienen que agacharse con el arco colocado en el muslo y bajo la otra rodilla para poder tensar la cuerda de su arco compuesto, invención asiática y que fue introducido en Creta en la Edad del Bronce como resultado de los contactos de la isla con Siria y Egipto. ¡Comodidades antiestéticas de la tecnología deportiva!