El viaje a ninguna parte de Elena Salgado
martes 09 de febrero de 2010, 03:40h
José Luis Rodríguez Zapatero no debe saber muy bien quién es Adam Smith y su teoría de la economía de mercado. En opinión del Presidente, dichos mercados se mueven más en función de titulares y opiniones dirigidas; de ahí que haya enviado a su vicepresidenta económica, Elena Salgado, a una gira destinada a glosar las “bondades” de la economía española y desmontar lo que considera una “conspiración” anglosajona contra la zona euro. Su primera parada fue ayer, en Londres, donde se reunió con los editores del diario británico Financial Times, que en las últimas semanas se había mostrado muy críticos con la política económica del Ejecutivo español.
¡Cómo si los inversores se guiasen por editoriales de prensa a la hora de confiar en un determinado valor! Semejante viaje a ninguna parte, amen del ridículo que supone, únicamente generará aún más dudas en los mercados internacionales. Desde luego, si ésta es la forma que tiene el Gobierno de España de revertir las críticas generalizadas y los últimos batacazos bursátiles, más le vale al señor Zapatero disolver las Cámaras a la mayor brevedad posible y convocar elecciones generales inmediatas por el bien del país.
La labor de todo gobierno, amen de gobernar, es llevar a cabo la política económica más adecuada a cada momento, por desagradable que resulte. Y de paso, arbitrar los mecanismos necesarios para que los inversores confíen en la economía nacional y la dinamicen. Pero si nada de esto sucede, el dinero huye en desbandada, como ocurrió con la Bolsa la pasada semana. Y no, no se trata de oscuras conspiraciones judeomasónicas que nos retrotraen a otros tiempos, sino de una reacción lógica. Naturalmente, que los mercados especulan: especulan para maximizar beneficios. Caiga quien caiga. Para invertir se precisa un horizonte de confianza y seguridad. No es siquiera requisito suficiente pero desde luego es condición necesaria. Y, a día de hoy, el Gobierno de España no está en situación de garantizar nada de lo anterior.
Que se puede salir de esta situación es evidente; España tiene el potencial para ello. Pero antes es preciso, en primer lugar, que los que tienen la responsabilidad de gobernar presente un plan detallado, fiable y verosímil. En segundo lugar, que transmitan una impresión solida que están dispuestos a llevarlo a cabo, que tienen el coraje de hacerlo y la capacidad de lograrlo. Y, en su defecto, que existe una oposición dispuesta a realizar lo que el Gobierno parece incapaz de hacer, empezando por tener los arrestos suficientes como para verbalizarlo abierta y descarnadamente. Pero lo cierto es que ninguna de esas premisas se cumplen hoy en España. Así las cosas, ¿es lo ocurrido una conspiración o una reacción lógica, por más que implacable, ante una realidad incierta, cuando no negativa?
Se podrán hacer las contorsiones propagandísticas que se quieran, proyectar cuantas imágenes se inventen, planear viajes y dar explicaciones retóricas pero, a la postre, será inútil huir o escamotear la realidad. Habrá que enfrentarse a los hechos. Y, cuanto más se demore la operación, más duro será el ajuste, más oneroso el costo y más traumático el proceso.