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El tono de la voz

martes 09 de febrero de 2010, 16:41h
Estoy en un café de la avenida Insurgentes, en Ciudad de México. Presto atención a las conversaciones, no por curiosidad alguna de su contenido, sino por seguir su ritmo peculiar, por atender al léxico. Siempre nos hace sonreír el acento inhabitual de nuestra propia lengua. Los mexicanos, como los demás hispanoamericanos, hacen burla de la crudeza de las consonantes del español europeo y, sobre todo, del elevado tono de voz de nuestras conversaciones.

Una novelita de Max Aub donde narra un posible asesinato del general Franco se ríe de lo alto que hablan los españoles, precisamente, en un café mexicano. El camarero busca cómo librarse de clientes tan ruidosos y planea el magnicidio para facilitar el regreso a España de tanto exiliado como va a parar a su establecimiento. Que el lector curioso busque la novelita (de la que la Fundación Max Aub de Segorbe publicó en su día una bonita edición, que incluye un disco en el que al novelista lee su historia) si quisiera saber el resto. Esta mañana, en un agradable café mexicano recuerdo a Max Aub, exiliado él también en esta ciudad, y aquella inteligente narración. Comprendo cómo se alteraría todo si, en lugar de estar yo solo, en una mesa, escuchando con disimulo y escribiendo, aprendiendo también léxico, fuésemos un grupo de connacionales.

Hace tiempo, unos alumnos mexicanos me preguntaron, al terminar la clase, si estaba enfadado con ellos. Ante mi sorpresa se justificaron explicándome que lo habían pensado ante el tono de mi voz. Esta tarde, cuando comience mi seminario en la Universidad Nacional Autónoma de México, cuidaré tono y ritmo, como ya he aprendido a hacer desde hace años.

Cabría pensar si los conquistadores daban un golpe con la espada y otro con la consonante. Zas, jota; zas, erre; zas, zeta… Entonces la pronunciación dulce, cadenciosa y baja en decibelios pertenecería a un sustrato prehispánico. O tal vez el español ha ido aumentando el nivel y la dureza de su pronunciación a la vez que perdía importancia política en el mundo. Me temo que los fonetistas no van a solucionarnos mucho porque precisaríamos de registros de conversaciones de las distintas épocas.

¿Cómo hablaría Isabel la Católica? ¿Tendría Hernán Cortés una voz bronca? ¿Y Larra, expresaría timidez al hablar? ¿Espronceda atolondramiento? ¿Cánovas abofetearía con cada sílaba? En cualquier caso, no nos vendría mal, a los españoles de hoy, bajar un poquito la voz.
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