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Necesitamos un De Gaulle

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 19 de febrero de 2010, 21:53h
Exceptuando la anécdota de “Argelia”, diríase que la España de Zapatero se parece demasiado a la Francia de 1957, con René Coty en la Presidencia de la República. Si bien quizás sería mejor, por aquello de las funciones institucionales, comparar a Coty con Don Juan Carlos I, y a Zapatero con el joven radicalsocialista Félix Gaillard, primer ministro, probablemente el mejor primer ministro de la IVª República. Ese año la crisis económica en Francia adquirió caracteres de una gravedad trágica. Gaillard se vio obligado a desarrollar un programa de austeridad gubernamental, que le hizo eliminar el 30% de los altos cargos de la Administración Pública, realizó una investigación sobre los funcionarios públicos que no se considerasen indispensables, e intentó por todos los medios incentivar el consumo y los mercados interiores, devaluando el franco para aumentar también las exportaciones. Pero Francia siguió hundiéndose en la crisis económica y multiplicando sus parados, como si un destino fatal se cebase contra ella, a pesar de las sensatas medidas contra la crisis llevadas por su primer ministro. ¿Por qué? No cabe duda de que la política económica del joven primer ministro parecía la más adecuada para salir de la crisis, pero es que Francia había perdido la ilusión con respecto al futuro colectivo de la Nación por asuntos ajenos a la economía ( la provocación de Túnez, la traición de los EEUU, la humillación de Francia ante Eisenhower, la traumática salida de Indochina ) y el abatido pueblo francés, habiendo perdido la esperanza de volver a llevar a cabo grandes metas colectivas en un futuro común, se encontraba hebetado e imposibilitado para hacer un gran sacrificio colectivo que lo sacara de la crisis económica. Era la falta de ánimo del pueblo francés y su honda desconfianza a la IVª República, en la que el interés mezquino de los partidos predominaba claramente sobre el interés general y el de Francia, las dos razones que explicaban el abatimiento moral de los franceses para sacar adelante el país. Aquel régimen de los partidos que no miraban por encima de su propio interés llenaba a Francia de impotencia, adornada con una larga randa de vejaciones. Las circunscripciones electorales representadas por listas de partidos con múltiples candidatos convertían a la Democracia en un colector mítico de sufragios, en donde desaparecía la responsabilidad de cada candidato con su circunscripción y con todos y cada uno de los electores de ésta. El espíritu partidista deformaba el sentido de la democracia. Entonces los franceses comenzaron a leer un libro del gran líder socialista Léon Blum, A la escala humana, escrito en una oscura celda de la Alemania nazi, pero que se publicó aquel año, en el que se decía: “El Gobierno parlamentario no es la forma única, ni si quiera la forma pura de la democracia. Me inclino por mi parte hacia un sistema de tipo americano fundado en la separación y el equilibrio de los poderes. Me inclino por una democracia presidencialista, en la que el presidente sea elegido por toda la nación, y en la que los legisladores sean elegidos por circunscripciones electorales uninominales”. Es así que Francia, una vez más, necesitaba ser representada por alguien elegido entre todos y que estuviera por encima de los partidos. Alguien que, como Juana de Arco, volviera a decir a Francia: “¡Mirad! Más allá de las penas y de las brumas del presente, ¡un magnífico porvenir se nos ofrece!”. El tesoro de la soberanía francesa era indivisible, como la libertad, y no admitía ser espoliado por partes entre los partidos. Por ello, la sublevación de los militares en Argelia el 13 de mayo de 1958 ( Jacques Massu, Raoul Salan ) no fue más que el pretexto para que el pueblo francés votase la Constitución de la Vª República por un 79´2 por 100 en la metrópoli, y un 93´5 en las colonias, y posteriormente eligiese a Charles De Gaulle por un 79´5 por ciento. De Gaulle tenía la autoridad de pedir al país un impuesto excepcional de solidaridad nacional, y el país se lo brindó ilusionado con el nuevo régimen. La crisis económica terminaba.

Hoy nuestro país tiene ciertas semejanzas con la Francia de 1957. Zapatero, lejos de desarrollar un programa gubernamental de austeridad económica, crea y mantiene instituciones ( v. gr. Ministerio de Igualdad ) que no responden a una necesidad social objetiva, sino que son máquinas de catequesis y propaganda ideológica, que chocan frontalmente contra la espontaneidad de una sociedad abierta, y que a través de ella se quema y se quema la pólvora del rey. La deuda pública hipotecará nuestro futuro y, por tanto, la sufrirán de forma despiadada nuestros hijos. Un naciente desprecio y una creciente desconfianza hacia España empiezan a tener los países importantes del mundo. Cuando no se sabe resolver un problema se hace una Comisión para que le enseñe al Presidente lo que tiene que hacer. Como nunca ha sido guía de nada en la realidad nacional – sólo en el viento, poseedor de la tierra -, encomienda a otros que tracen los caminos. Zapatero hace comisiones cuando su incapacidad esencial y definitoria le impone quitarse el medio. Mezcla peligrosamente las medidas de política electoral con las medidas de política económica, más pendiente siempre de los intereses del partido que de los de la Nación española. Las crisis miden la talla de los líderes. La estatura política de Zapatero es baja. La expectativa nacional bajo Zapatero es mala. Nunca tendrá la grandeza de aquel joven primer ministro radicalsocialista, Félix Gaillard, para dejar paso a otro de su propio partido que concite nuevas ilusiones nacionales, porque es mucho más mediocre. De hecho es uno de los mayores casos de mediocridad política en Europa aupados al poder, caso digno de estudio para la psicología social.

Por si fuera poco, a los partidos les parece mal que el Rey, que no puede encuadrarse en ningún partido ni tendencia política, ejerza – incluso tímidamente – sus funciones constitucionales más esenciales ( “arbitrar y moderar”, según el Artículo 56 de la Constitución ), con lo que lo incapacitan para representar los intereses permanentes de la Nación.

España necesita un De Gaulle. Hay que llamar a Aznar.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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